El área del cerebro implicada es la corteza fusiforme facial, que se activa tanto en humanos como en otras especies. Este mecanismo tiene un valor evolutivo: ayuda a distinguir rostros familiares de posibles amenazas en fracciones de segundo, contribuyendo a la supervivencia.
Aunque la pareidolia facial ha sido estudiada durante mucho tiempo, sus bases neurales aún no se comprenden del todo. Investigaciones (Liu et al., 2014) muestran que durante la detección ilusoria de rostros, el área fusiforme del rostro y el giro frontal inferior presentan respuestas aumentadas, relacionadas con el reconocimiento facial y la interpretación de lo que vemos.
En un experimento, se pidió a los participantes observar imágenes de ruido, haciéndoles creer que algunas contenían rostros o letras. Informaron ver rostros o letras en cerca de un tercio de las imágenes. El análisis cerebral reveló que el área fusiforme derecha se activaba específicamente al percibir rostros, reales o ilusorios, lo que sugiere que esta región no solo procesa rostros verdaderos, sino también los creados por la mente.
Factores que influyen en la pareidolia
Aunque es común en casi todos los seres humanos, la intensidad y frecuencia con que ocurre puede variar. Estudios como la revisión de Zhou y Meng (2020) señalan que influyen factores como:
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Sexo-género: las mujeres suelen tener una ventaja en la percepción y reconocimiento facial, detectando con mayor precisión rostros en estímulos ambiguos.
Desarrollo: la capacidad de detectar rostros aparece hacia los 8 meses de edad y se fortalece en la infancia.
Personalidad: personas con creencias paranormales o religiosas tienden a ver rostros con más frecuencia en objetos.
Lejos de ser un signo de enfermedad, la pareidolia indica que las conexiones cerebrales funcionan correctamente. Kang Lee, profesor de la Universidad de Toronto, afirma que quienes perciben con frecuencia caras en objetos muestran un cerebro activo y bien desarrollado.