Algo similar ocurre en el cuero cabelludo: la retracción de la piel deja más visible la base del cabello, lo que puede generar la sensación de mayor longitud. No se trata de crecimiento real, sino de una modificación en la superficie del cuerpo.
A estos cambios se suman otros fenómenos post mortem, como la pérdida de elasticidad tisular, la acción de la gravedad y los procesos iniciales de descomposición, que alteran progresivamente la apariencia externa.
Durante siglos, la falta de conocimientos en biología celular y medicina forense llevó a interpretar estos signos como evidencia de un crecimiento continuado tras la muerte. Así se consolidó una idea que se transmitió de generación en generación.
Una ilusión del cuerpo
Hoy la medicina forense y la biología coinciden en que no existe crecimiento post mortem. Lo que se percibe no es producción de tejido nuevo, sino una combinación de retracción cutánea y cambios estructurales del cuerpo.
En definitiva, las uñas y el cabello no siguen creciendo tras la muerte: es el cuerpo el que se modifica, generando una ilusión óptica que durante mucho tiempo fue interpretada como un proceso biológico que nunca existió.