Hace 106 años nacía una niña llamada Inés, (Agnes), en el seno de una familia de clase media de Albania, hoy Macedonia.
Hace 106 años nacía una niña llamada Inés, (Agnes), en el seno de una familia de clase media de Albania, hoy Macedonia.
La llamaron Inés hasta que a los 18 años ingresó a la Orden de las Hermanas de Nuestra Señora de Loreto, en Irlanda, donde adoptó el nombre de Teresa, en honor a Santa Teresita del Niño Jesús.
Años más tarde, la trasladaron a Calcuta, en la India, y fue en esa ciudad donde, siendo profesora de geografía en un colegio privado y durante un retiro espiritual, sintió el "llamado para estar al lado de los pobres".
En una tienda, compró un sari blanco con rayas azules, y comenzó a recorrer las calles donde estaban "los más pobres de entre los pobres".
La madre Teresa entendió que su religión era "acompañar a los moribundos hasta su muerte" y en 1950 fundó la Orden de las Misioneras de la Caridad.
En 1979, le concedieron el Premio Nobel de la Paz, el máximo galardón por su intensa entrega a los más pobres y desclasados.
Su imagen pública crecía a pasos agigantados. Líderes mundiales de todas las ideologías aportaron a su causa y tuvo encuentros con figuras como Lady Di o el presidente Ronald Reagan.
Sin embargo, hubo un día en la vida de la madre Teresa en que sintió haber recibido la gracia de Dios en la tierra, un día en que una amplia sonrisa se dibujó en su rostro. Corría el año 1986, y el papa Juan Pablo II llegaba al corazón de Calcuta, a la casona de las Misioneras de la Caridad.
Ante cientos de fotógrafos, el papa y la madre de los pobres, cumplieron con el saludo que era como un ritual entre ellos: "Ella besó el anillo del pescador y él besó su frente". Entonces, la madre Teresa lo tomó de la mano y lo llevó a recorrer el hospicio, mientras se detenía a bendecir y saludar a cada uno de los indigentes y moribundos. Visiblemente emocionado, el Santo Padre no pudo más que guardar silencio ante lo real, humano y doloroso que veían sus ojos.
Puertas adentro, nadie sospechaba de su sufrimiento interior, de los pensamientos oscuros que la torturaban. En la soledad de su habitación, la madre Teresa dudaba de su propia fe. En su diario íntimo, escribió la frase "tengo anhelo de Dios, pero no hay Dios en mí", y al contrario de lo que todos creían, se sentía rechazada, abandonada por el creador.
Pero en medio de sus vacilaciones existenciales y religiosas, a su muerte se encontró escrito en su diario un párrafo esperanzador, luminoso y de un enorme amor genuino: la noche de la visita de Juan Pablo II a Calcuta, la madre Teresa escribió en su diario, que "había sido el día más feliz de su vida".