Emocionante

Los hijos, el ibuprofeno y la policía del karma

Diego Geddes
por Diego Geddes |
Los hijos, el ibuprofeno y la policía del karma

Lunes 

Benito tiene fiebre. El clima de la casa se vuelve otro, nos aleja de la rutina. La prioridad es que vuelva todo a la normalidad.  

En la esquina de mi trabajo avanza una obra monumental: espío entre los muros que la protegen y me sorprende ver un hueco enorme, que seguro servirá para los cimientos de una torre de 20 o 30 pisos. Me sorprende ver algo que ya sé: cuanto más alto querés llegar, más profundo hay que ir a buscar el sustento.  

Veo el trailer del documental que anoche ganó el Oscar y me transpiran las manos: se llama Free Solo y es la historia de Alex Honnold, un escalador que trepa una pared de piedra de 975, sin arneses ni protección. Me pregunto qué tan adentro hay que ir para llegar a entender a este lunático.


Martes 

Salgo del subte, camino por Carranza escuchando Radiohead y me viene el recuerdo de una noche en particular. Estoy en un bar que se llama El Living –quedaba en Marcelo T, o en Charcas o Güemes o una de esas-. Empiezan a pasar un video en pantalla gigante de Karma Police y un grupo de ingleses empiezan a cantarla a los gritos, abrazadas, eufóricos, igual a cómo estaríamos nosotros si sonara un tema de Charly García en Manchester. Estoy hablando de principios de los 2000, tengo la sensación de que había menos extranjeros en la ciudad, pero quizás esté equivocado.

Me uno a ellos, me siento tan solo como ellos en esa noche. La rutina de la noche post adolescente funcionaba más o menos así con mis amigos: una especie de darwinismo del levante, un saludo de camaradería y a salir de cacería. No creo que alguno de nosotros se sintiera cómodo con esa forma de hacer las cosas, pero las cosas eran así. Yo creo que siempre terminaba solo, mis amigos chapaban por ahí (esa frase la voy a dejar así escrita, como la tiró el inconsciente, para que la agarre Freud un ratito) y por eso yo terminaba con cualquier desconocido, como con estos gringos.

En cinco minutos voy a estar en una redacción, hablando de las noticias del día pero ahora, mientras camino por Carranza, soy el que esa noche canta a los gritos esa línea que dice "I lost myself".

Yo ya había aprendido que cantar a los gritos es una suerte de llamado ancestral a los seres queridos. Me lo había enseñado la Tota Rojo, un compañero de mis primeros años en Buenos Aires. Eramos todos estudiantes del interior, todos muy verdes (quizás ninguno tan verde como yo), nos reuníamos a tomar cerveza y a tocar la guitarra en una plaza de la calle Olleros.

Estoy hablando de la prehistoria del mundo, una cerveza costaba monedas. La Tota Rojo (un buen capítulo del Atlas Universal de los Recuerdos) tenía el cuerpo diseñado para tocar chacarera. Tenía 19 o 20 pero ya parecía de 35 o de 49, la barba de tres o cuatro días, la voz gastada, la panza de tomar cerveza ya formada hace rato, formada de tanta guitarreada y formada para apoyar la guitarra, como si el hombre fuera una continuación del estuche que la contiene. 

A esos rituales me sumaba yo, sin saber ni por asomo las letras de lo que cantaban los otros chicos del interior (casi siempre los del norte, los cordobeses) y en esos rituales me fui a prendiendo las letras, empecé yo también a cantar a los gritos, borracho en esa primera lejanía de la casa de mis padres: ahí aprendí que cantar es como un aullido para avisar que todo estaba bien.

Así cantaba con los ingleses esa noche, Karma Police, hasta el estribillo épico, hasta ese final medio maquinoso que siempre hace Radiohead, como para volverte a decir que no busques afuera, que todo está en vos. Todo está en vos.

Miércoles 

(Uno me dijo que me daba changüí hasta el miércoles como para leer algo interesante, sino lo colgaba ahí; quizás con la historia anterior se desmayó o quizás todavía lo tengo acá)

Muchas noticias, mucho trabajo. Al final del día repaso en los cables de la agencia Télam y encuentro una fascinante.

“El Departamento de Defensa de Estados Unidos destinó cerca de 8 millones de dólares desde el año 2016 para el tratamiento quirúrgico de unos 1.500 militares trans, según datos del Pentágono publicados hoy por la prensa local.

En 2016, el gobierno del presidente Barack Obama autorizó a las personas trans a continuar en las fuerzas armadas una vez iniciada su transición y, además, fijó para 2017 la posibilidad de que pudieran ingresar después de cambiar de género.

El sucesor de Obama, el presidente Donald Trump, bloqueó esta medida, pero dos instancias de la Justicia estadounidense frenaron esta decisión hasta que la Corte Suprema la avaló de manera definitiva hace unas semanas. Por eso, el Pentágono pudo seguir financiando los tratamientos pedidos por personas trans hasta ahora.

Según datos publicados hoy por el diario USA Today, la cifra invertida en la ciurgías sirvió para completar 161 operaciones a miembros del Ejército, la Armada, la Fuerza Aérea, el Cuerpo de Infantería de Marina, la Guardia Costera y personal civil de los Servicios de Salud, tanto activos como en la reserva. Usa Today precisó que entre los militares que se sometieron a este tipo de tratamiento se encuentran 20 oficiales de alto rango, como mayores y capitanes de corbeta”.

Jueves 

Una buena secuencia a la mañana, antes de las 9.30. Benito toma el remedio sin oponer resistencia. Voy al cajero y saco plata sin esperar. Pago una cuenta, tampoco hay nadie. En la calle, unos hombres gigantescos entran unas heladeras a un negocio: “Almacen de Mar”, dice en los costados.
Me cruzo un tipo que es igual a Abelardo Castillo. Miro a los costados para ver si alguien más advierte que hay un muerto que va caminando entre nosotros. 

A la tarde, me junto con un ex compañero de la secundaria, 21 años después. Me pregunta si veo a alguien, le digo que veo a muchos por Facebook, les sigo la vida por ahí. “Pero ver ver, así físicamente, a nadie”, le digo. Nos tomamos una cerveza, me regala su libro de poesía, nos despedimos. 

Mientras hablamos, el destino nos quiere decir algo: un auto atropella a un motociclista y se arma un pequeño escándalo. Cinco minutos después del choque los involucrados se ven obligados a participar de la escena más inverosímil de todas: el que seguramente pensó que había matado al motociclista anota en una libreta los datos del que seguramente pensó que le había llegado la hora. El capitalismo encuentra caminos extraños para arreglar los pedazos rotos que quedan por ahí. 

A la noche tomo el primer ibuprofeno de la semana: es una buena noticia.

Viernes

Salgo a hacer una compras con Benito (hemos vuelto a la rutina) y cruzo miradas cómplices con otro padre. El lleva a dos hijos y creo que me envidia por esto: yo puedo ir con mi hijo en una mano y el celular en la otra.   

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