Álzaga tenía una de las fortunas más grandes de Buenos Aires. Por ejemplo, sus extensiones de tierra en la provincia iban desde la altura del río Salado hasta el mar.
Felicitas no quiso saber nada con ese matrimonio por conveniencia. Se lo hizo saber de manera acalorada a su padre, pero no pudo evitarlo.
La boda "convenida" se celebró el 2 de junio de 1864 en la Iglesia de San Ignacio, la más antigua de la ciudad (al lado del Colegio Nacional). En ese momento, la vida de los Guerrero cambiaría para siempre. Como regalo de bodas, Felicitas recibió tres millones de pesos fuertes. Una fortuna para la época.
La diferencia de edad era irreconciliable, pero los rigores del momento continuaron. En 1866, dos años más tarde, nació el primogénito de la forzada pareja. Francisco Solano de Álzaga. Allí también comenzaría parte de la tragedia que acompañó toda su vida a Felicitas.
Tres pérdidas familiares y una fortuna a su disposición
Francisco murió prematuramente, cuando tenía apenas tres años. Algunas historias vinculan su muerte a la epidemia de fiebre amarilla en Buenos Aires.
Además, Martín de Álzaga, considerado un viejo para la época, enfermó cuando ya tenía 53. Felicitas estaba nuevamente embarazada. Sin embargo, la desgracia seguiría ensañándose con ella. Martín de Álzaga Guerrero, su segundo hijo, murió al momento de nacer, en 1870. Su padre, no solo enfermo, cayó en una profunda depresión. Moriría apenas 15 días más tarde de ese triste suceso. Tenía 56 años.
Álzaga había dispuesto que su fortuna pasara a manos de su primogénito. Pero muerto este, modificó el testamento para ceder sus posesiones al segundo hijo (en ese momento, Felicitas estaba embarazada). El testamento también indicaba que si la historia se repetía -como lamentablemente sucedió- todo pasaría a manos de su mujer.
Con solo 23 años, Felicitas se encontró viuda y multimillonaria. Además, era muy bonita: la consideraban la "más bella de la Argentina", como la llamó el poeta Carlos Guido y Spano, y pronto se convirtió en una mujer muy codiciada por aquellos que querían seguir los pasos del finado Álzaga.
Pero los planes de Felicitas eran totalmente diferentes.
Un joven acaudalada y libre
Felicitas vivía en Buenos Aires, en el enorme caserón del barrio de Barracas. Allí, las familias acomodadas tenían sus solares y Carlos Guerrero supo sacar rédito de toda la situación.
Felicitas vistió el luto obligatorio, aunque encontraba la manera de sortear miradas y tener encuentros con hombres sin despertar un escándalo. Entre los caballeros que la cortejaron, uno sacó ventaja: Enrique Ocampo.
No obstante, como ya dijimos, Felicitas era una adelantada a su tiempo. Si bien disfrutaba de la compañía de Enrique, no pensaba en volver a casarse por el momento, más allá del luto obligatorio. En cambio, Ocampo era impetuoso y perseguía a la joven para confirmar la relación ante la sociedad.
Una vez más, los hechos iban a cambiar para siempre la vida de Felicitas.
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Felicitas Guerrero, obligada a casarse con Martín de Álzaga, cuando ella era una adolescente (Foto: gentileza X.com).
Perderse en el campo y el camino al amor verdadero
Las extensiones de tierra de los Guerrero, gracias a la herencia de la joven viuda y acaudalada, se extendieron desde el río Salado hasta el mar. A ella le gustaba pasar temporadas en una de sus estancias: La Postrera, cerca de Chascomús.
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El arma que se usó para matar a Felicitas Guerrero en su casa de Barracas (Foto: gentileza El Ciudadano).
Una noche en que atravesaba el campo, en las inmediaciones de la laguna de Juancho (cerca de la ciudad actual de General Madariaga), la lluvia era tan fuerte que el cochero se perdió. Felicitas hizo detener el carruaje sin saber en dónde estaba. De pronto apareció un jinete -como en un cuento- que se acercó a ella y al verla perdida le dijo: "Es mi estancia, que es la suya desde ahora".
Se llamaba Samuel Sáenz Valiente y también disfrutaba de una vida holgada. El tiempo (la lluvia) hizo que ambos tuvieran la oportunidad de conocerse lejos de las miradas de la sociedad porteña. El joven estanciero tenía la misma edad que Felicitas. Totalmente enamorada, estaba dispuesta abandonar a Ocampo y anunciar que se casaría con su nuevo amor, el único de verdad. Pero la tragedia llegaría nuevamente.
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Puente "La Postrera", con el mismo nombre de la estancia preferida de Felicitas Guerrero, junto al río Salado (Foto: gentileza Wikiloc).
Un amor despechado provoca una tragedia
Para tener mejor comunicación hacia el sur y no tener que esperar a que las aguas del Salado bajaran, Felicitas mandó a construir un puente. Por supuesto, lo pagó con su fortuna, y hoy permanece al oeste del nuevo, sobre la ruta 2.
La obra se ve desde el castillo que los Guerrero levantaron en el lugar, en la "Postrera". Ella estaba pendiente de la obra de 150 metros, que sería además un símbolo del progreso, mientras se preparaba para anunciar su intención de formalizar la relación con Sáenz Valiente. Entre ese lugar y la ciudad, transcurría su vida, libre.
Un día, en Buenos Aires, regresaba a su casa de Barracas tras comprar unas cosas en el centro. Era el 29 de enero de 1872. Apenas dos meses habían pasado desde que conoció al joven Sáenz Valiente. Incluso, mandó a traer de Francia el que sería su vestido de compromiso, y por eso había una fiesta preparada en el barrio del sur porteño.
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Enrique Ocampo, el amor despechado que asesinó a Felicitas Guerrero (Foto: Wikipedia).
Pero su tía, Tránsito Cueto, la atajó para contarle que en la casona de Barracas esperaba ansioso Enrique Ocampo. No podía entender que Felicitas lo rechazara. Cueto logró que Ocampo esperara en una sala del piso superior. Abajo estaban los invitados para celebrar el anuncio del compromiso con Sáenz Valiente.
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El castillo de los Guerrero, al costado de la ruta 2 (foto: Gentileza X.com).
Felicitas se excusó y subió para aclarar definitivamente las cosas con Ocampo. Enrique estaba armado. La discusión entre ambos fue tan acalorada que se escuchaba desde la planta baja. De pronto, Ocampo extrajo su calibre 48 y le dijo: "Si no te casas conmigo, no te casarás con nadie".
Ella lo apartó y comenzó a caminar para dejar la sala. Al llegar a la puerta se escuchó un estruendo: Ocampo le disparó por la espalda y le causó una herida mortal.
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La casa de Barracas de la familia Guerrero y la Iglesia en honor a Felicitas (Foto: gentileza Infocielo).
A la sala llegaron parientes y amigos de Felicitas. Unos la habían seguido hasta la cercanía del estudio, pero no pudieron evitar la tragedia. Hubo un segundo disparo y Ocampo cayó muerto. La historia, según quien la cuente, dice que se suicidó. Otros señalan que el primo de Felicitas, Cristian Demaría, de 22 años, forcejeó con Ocampo y allí ocurrió el segundo disparo que mató al pretendiente despechado.
El arma desapareció del lugar y recién se encontró casi 100 años más tarde. Se asegura que se la dieron a Antonio, su hermano, que tenía solo 13 años, para que se la llevara y no apareciera nunca más.
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La tumba de Felicitas Guerrero en la Recoleta. A pocos metros está enterrado su asesino (Foto: gentileza Isuu).
Felicitas agonizó y murió poco después. Sus padres, en su honor, hicieron levantar en parte del terreno de la casona de Barracas la iglesia de Santa Felicitas, inaugurada en 1875, realizada por el arquitecto Ernesto Bunge. Tiene en su interior una estatua de joven con su primogénito. Enfrente está otra estatua, la de su único marido, Martín de Álzaga.
La Iglesia no tiene un pasillo central, por lo que no pueden celebrarse matrimonios en su interior. En las rejas que la circundan se dice que si se deja un pañuelo atado por la noche, a la mañana aparece húmedo, como si hubiese sido rociado por lágrimas.