Samuel había llegado hasta el Estado Libre del Congo (un territorio que después se convertiría en el Congo Belga y más tarde en la República Democrática del Congo). Su misión era exclusivamente encontrar “fenómenos” para exponer en la conocida feria de St. Louis, en Estados Unidos.
Ota Benga 11.jpg
Ota Benga fue comprado como esclavo por un kilo de sal y un rollo de seda.
Samuel era un hombre de negocios norteamericano enviado a África por la Exposición Universal de St. Louis para recoger pigmeos y exhibirlos en los Antrophological Days. Cuando vio a Ota Benga, el hombre no lo pensó más. Lo vio demasiado negro, bajo y excesivamente flaco que se convirtió en su candidato perfecto.
Lo que más acaparó su atención era que Ota Benga tenía los dientes recortados en forma de punta. De inmediato, el empresario supo que ya había encontrado y había que detener la búsqueda.
Ota Benga fue comprado como esclavo por un kilo de sal y un rollo de seda. Ota había sido esclavizado por la tribu Baschile. En principio, su precio era de cinco dólares. De todos modos, la transacción no fue en efectivo y hubo intercambio de productos para “adquirir” a Ota, que tenía 12 años aproximadamente. Para él significó una verdadera liberación, pero también resultó ser su propia destrucción.
El traslado a Estados Unidos de Ota Benga
Ota Benga fue trasladado a Estados Unidos en compañía de otros 12 africanos que también fueron llevados como esclavos. De Ota se supo que fue expuesto en los Antrophological Days de San Luis. La locura por ver a Ota Benga fue especial. Se transformó en un espectáculo en sí mismo. Sus afilados dientes era parte de la atracción y los espectadores incluso pagaban un plus de cinco centavos por que él los mostrara.
En 1904 se realizaron los Juegos Olímpicos de San Luis y cuando finalizaron esos Juegos, Ota Benga fue trasladado de la mano de Samuel Phillips Verner al Museo Americano de Historia Natural, donde debía hacer las delicias de los visitantes fingiendo ser una especie de hombre-mono. De ahí pasó al zoo del Bronx, que tenía la intención de ampliar su exhibición de monos. Para sorpresa de los turistas, a Oto Benga se le permitía andar libremente por el zoológico. Pero tenía una condición especial: debía debía dormir en la misma jaula que los monos.
Ota Benga 4.jpg
Ota Benga es fotografiado en 1904 en la Feria Mundial, junto a otros jóvenes africanos.
"Pigmeo Africano Ota Benga, 23 años, altura de 4 pies y 11 pulgadas, peso de 103 libras. Traído desde la ribera del río Kasai, Estado Libre del Congo, Centro Sur de África por el Dr. Samuel Phillips Verner. Exhibido cada tarde durante septiembre", informaba el letrero que estaba ubicado frente a su jaula. Era el 10 de septiembre de 1906.
Acosado por los visitantes, la conducta de Ota Benga se volvió demasiado violenta. Y motivos le sobraban. Incluso gracias a esas actitudes provocó que en 1907 fuera liberado y puesto bajo la tutela del clérigo de la Iglesia afroamericana baptista James H. Gordon, quien había declarado: "No nos gusta esta exhibición de uno de nuestra raza con los monos. Creemos que somos dignos de ser considerados seres humanos, con alma”.
Ahí cambió de nuevo de manera drástica la vida de Ota Benga. Fue llevado a un orfanato, le enseñaron cómo comer, a leer y escribir también le enseñaron a hablar inglés. Se devolvieron sus dientes a la forma originaria y encontró un trabajo en una fábrica de tabaco. Allí se ganó rápido la simpatía de sus compañeros, que comenzaron a llamarle 'Bingo'. Luego fue llevado a Lynchburg, Virginia, donde fue cuidado por una familia.
El doloroso final
Nada era perfecto. Ota Benga no sentía esa vida con esa nueva familia. Estaba atrapado en un mundo oscuro que lejos estaba de pertenecerle y no tenía la posibilidad de regresar a casa. El Congo era víctima de uno de los colonialismos más crueles de la época de las manos del monarca belga Leopoldo II. Por eso, en 1916, y con 32 años, Ota Benga decidió que había llegado la hora final: se disparó un tiro en el corazón con una pistola que había robado. Fue enterrado en una tumba sin nombre en Lynchburg. Era su manera de ponerle punto final a su triste historia.
Ota Benga 5.jpg
Los espectadores pagaban un plus de cinco centavos por que Ota Benga mostrara sus dientes.
Según se relata en "Espectáculo: la asombrosa vida de Ota Benga", el libro de la periodista estadounidense Pamela Newkirk, el hombre encendió un fuego ritual, bailó una danza tradicional, se arrancó las piezas dentales que le habían colocado, y recién después se disparó un tiro certero en el corazón.