Con la caída estrepitosa del Barcelona asistimos al fin de una era de un equipo que hace rato extravió el manual de estilo que marcó una era en el fútbol. Pésima política de refuerzos y un técnico que no estuvo a la altura.
En este naufragio, ya lo vimos en el seleccionado argentino, Messi no puede superar las adversidades. Su inspiración reclama de un respaldo colectivo que hace rato perdió el Barcelona. Y que queda grotescamente en evidencia cuando enfrenta a equipos tan dispuestos a maniatarlos como ocurrió con el fabuloso Bayern.
Ya habían quedado en el camino el Real Madrid con todas sus figuras desperdigadas, o la mismísima Juventus con Cristiano padeciendo a esa roca que son los franceses del Lyon. El PSG ya vimos la dependencia que tiene de Neymar y Mbappé para vencer con agonía al Atalanta.
Esta definición de Lisboa se ha igualado tanto que nos desmiente todo el tiempo. Pierden los que arriesgan y los que defienden. Pierden los cracks y caen los que parecen cracks solo por lo que se paga por ellos. Avanzan los equipos de los jeques y padecen los equipos con historia sagrada. Se subestima a la liga francesa que terminó su temporada en marzo y mete dos semifinalistas. Nos parece tedioso el fútbol alemán pero el Bayern asoma como el gran candidato a llevarse la deseada orejona. Todo a un partido, todo lo que parece no es. El fútbol mismo.