La primera lectura del fallo parece antipática, pero en el fondo reivindica algo que nunca debemos perder de vista: el estado de inocencia tiene que ser destruido mediante un juicio justo.
Nuestro país lo hizo de manera casi ejemplar en los juicios por violaciones a los derechos humanos. Por más tentadores que nos parezcan los arrepentimientos, es preciso no perder de vista que deben ser corroboradas siempre y por más grave que sea el crimen, porque una condena injusta no solo afecta a la víctima, sino que nos afecta a todos.
La justicia, como tantas otras veces, tiene la gran oportunidad de enfrentar el escándalo de los cuadernos con el arma más importante de la democracia: la ley.