Además, con el fiscal Delgado en “La Cara Injusta de la Justicia” describimos cómo, más allá de un juez o del otro, el sistema judicial argentino es “simpático” con el poder de turno y solo persigue a los que ya lo dejaron. Mi compañero de libro va más allá en su texto propio “Injusticia” donde cuenta cómo “el sistema de poder de real” lo persigue por no formar parte y brinda ejemplos concretos de castigos injustos derivados de cumplir con su trabajo.
Por eso, si miramos el cuadro general y no solo fotografías, podemos pensar que, por estos días, los procesos de “transparencia” se parecen más a una “venganza" que a hechos de Justicia... más allá de la culpabilidad, o inocencia, de los acusados, procesados, condenados y detenidos de la corrupción. Parte de ello, se puede ver en que, por ejemplo, la causa de los cuadernos está a cargo del juez Claudio Bonadio que tiene un enfrentamiento manifiesto con la ex presidenta Cristina Kirchner y que, además, fue elegido “a dedo” para ser el juez dado que no hubo sorteo.
Por estos días también podemos ver que los jueces de Comodoro Py mantienen en pausa las causas contra el Gobierno de Macri y sus funcionarios. El ejemplo más fuerte es el del Correo, que involucra a la familia presidencial. El juez Ariel Lijo, “perdonado” por la mayoría oficialista en el Consejo de la Magistratura, hace más de un año que no avanza con la investigación. En la nota “En cinco días, la Justicia le dio tres buenas noticias al ministro Luis Caputo”, publicada en Clarín el 29 de junio, el colega Lucio Fernández Moores hace una descripción de cómo Comodoro Py elige no investigar a Caputo. Son tan solo ejemplos. Solo basta rastrear en google qué pasó con cada causa contra el Gobierno actual para ver que más que un cambio de época, la Justicia argentina va solo contra los que ya dejaron el poder.
Pero para ser justos, no son todos los jueces y fiscales. El problema es que quienes sí quisieron avanzar contra el poder de turno están siendo perseguidos. Tal es el caso de los fiscales de Odebrecht Delgado y Sergio Rodríguez que fueron denunciados por tomarle declaración a un arrepentido del Lava Jato cuya declaración comprometía al jefe de la AFI Gustavo Arribas. O el caso de la fiscal Gabriela Boquín, que fue hostigada en más de una oportunidad solo por hacer su trabajo y avanzar con la causa del Correo cuando estaba en sus manos.
Otra noticia de esta “nueva época” es que el nuevo presidente de la Corte Suprema, Carlos Rosenkrantz, es un juez nombrado por el presidente Mauricio Macri por decreto, aunque luego dio marcha atrás, a dos años de haberlo propuesto, hoy ocupa el lugar de Ricardo Lorenzetti.
Por estos días pasan muchas cosas que no son noticia en el Centro de Información Judicial ni en la tapa de los principales medios. Solo es noticia judicial central lo que pasó durante el kirchnerismo, a pesar de que Macri gobierna desde el 10 de diciembre de 2015.
Los cuatro libros mencionados en esta nota no hablan solo del kirchnerismo sino que describen problemas estructurales del sistema de poder argentino desde la formación del Estado nacional. Estos se repiten una y otra vez, en un ciclo de eterno retorno. Estos libros, de una o de otra manera, depositan la esperanza de que algo cambie en la sociedad civil. Casi todos los autores, que hablan “desde adentro del sistema”, proponen salir de la indiferencia y la anestesia, interesarse, ser ciudadanos responsables, comprometerse, “exigir el fin de la impunidad como hicieron los brasileños en el Lava Jato” para que algo cambie.
¿Por qué esto no pasa o pasa a medias?
Quizás porque todavía no nos lo preguntamos todos juntos como sociedad, entendiendo que un sistema de poder real más justo es una construcción colectiva.
Mientras tanto, después del fallo de Bonadio, a algunos nos queda un sabor “agridulce”.
Como sea, nosotros debemos preguntarnos pero las instituciones tienen que dar el ejemplo. La nueva autoridad de la Corte tiene una inmensa chance de iniciar un cambio nuevo.