Su primer vuelo, en 1988, marcó un hito histórico. Al año siguiente, transportó al Buran sobre su lomo en exhibiciones aéreas y pruebas internacionales. En una sola misión estableció 110 récords mundiales, consolidándose como el avión más grande y pesado jamás construido.
Para Ucrania, el Mriya era la máxima expresión de su tradición aeronáutica. Para Rusia, representaba la grandeza industrial soviética. En aquel entonces, ambos relatos convivían bajo la bandera roja de la URSS.
Una proeza técnica sin precedentes
El Mriya no era solo grande: era una maravilla de la ingeniería. Equipado con seis motores turbofan Progress D-18T, cada uno capaz de generar 229 kN de empuje, podía alcanzar una velocidad de crucero cercana a los 800 km/h.
Su capacidad de carga era simplemente descomunal: hasta 250 toneladas en su bodega interna, o cargas externas sobre el fuselaje. Su volumen de carga superaba los 1.300 metros cúbicos, permitiendo transportar turbinas industriales, generadores eléctricos gigantes e incluso locomotoras.
Para dimensionarlo en términos cotidianos: podía levantar el equivalente a 20 elefantes africanos adultos. Su peso máximo al despegue alcanzaba las 640 toneladas, y requería pistas de al menos 3.500 metros cuando operaba a plena capacidad.
Durante décadas, cada aterrizaje del Mriya se transformaba en un espectáculo. Multitudes se congregaban en aeropuertos de todo el mundo para observar su aproximación lenta y majestuosa. Su sombra cubría hangares completos. Su presencia imponía silencio.
Del orgullo soviético al activo estratégico ucraniano
Tras la disolución de la Unión Soviética en 1991, el avión quedó bajo control ucraniano y pasó a formar parte de Antonov Airlines. Sin embargo, la dependencia técnica de componentes fabricados en Rusia mantuvo un vínculo industrial inevitable entre ambos países.
Durante los años 2000, el An-225 fue reconvertido en una plataforma de transporte comercial de carga pesada. Transportó turbinas eólicas a Europa, generadores eléctricos a Asia, equipamiento petrolero a Medio Oriente y obras de arte de altísimo valor.
Su rentabilidad ayudó a sostener parte del sector aeronáutico ucraniano. Y su imagen volvió a recorrer el mundo.
En 2020, en plena pandemia de Covid-19, el Mriya adquirió un nuevo significado simbólico: transportó toneladas de suministros médicos y equipos de protección hacia distintos continentes. En medio del colapso logístico global, el avión más grande del planeta volvió a demostrar su utilidad estratégica.
La guerra que convirtió el sueño en cenizas
Las tensiones entre Ucrania y Rusia se intensificaron tras la anexión de Crimea en 2014. La cooperación industrial comenzó a resquebrajarse. Ucrania dejó de suministrar piezas a empresas rusas y buscó alternativas en Occidente. Las sanciones cruzadas afectaron también la logística de mantenimiento del Mriya.
Sin embargo, el avión siguió volando.
Todo cambió el 24 de febrero de 2022. Ese día comenzó la invasión rusa a Ucrania. El Mriya se encontraba en mantenimiento en el aeropuerto de Hostómel, base estratégica de Antonov.
Tres días después, el 27 de febrero, fuerzas rusas atacaron la instalación. El combate por el control del aeropuerto fue feroz. Cuando las imágenes comenzaron a circular, el mundo quedó en shock: el fuselaje del Mriya estaba calcinado, su estructura colapsada, la cabina destruida.
Ucrania confirmó la pérdida total.
El único ejemplar operativo del avión más grande del mundo había sido reducido a escombros.
Para muchos ucranianos, la destrucción del Mriya fue más que un daño material: fue un golpe emocional profundo. Representaba décadas de historia industrial, de orgullo tecnológico, de identidad nacional.
¿Reconstrucción o utopía?
El costo estimado para reconstruir el avión ha sido motivo de debate. Mientras algunos cálculos iniciales hablaban de unos 500 millones de dólares, estimaciones posteriores del conglomerado estatal ucraniano Ukroboronprom elevaron la cifra a 3.000 millones de dólares.
Antonov anunció planes para utilizar piezas recuperables y avanzar en la finalización del segundo prototipo que había quedado incompleto en los años 90. El proyecto, sin embargo, enfrenta enormes desafíos: financiamiento internacional, infraestructura dañada y una guerra aún en curso.
En 2026, los trabajos avanzan lentamente. Para Ucrania, reconstruir el Mriya no sería solo una inversión industrial, sino un acto simbólico de resiliencia nacional.
Comparación con otros gigantes del aire
Aunque el Mriya fue único en capacidad de carga, otros colosos han marcado la historia de la aviación:
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Antonov An-124 Ruslan: Predecesor directo del An-225, con capacidad de hasta 150 toneladas. Continúa operativo en versiones militares y comerciales.
Lockheed C-5 Galaxy: Transporte estratégico de la Fuerza Aérea de Estados Unidos, capaz de mover 122 toneladas y operar con puertas en nariz y cola.
Boeing 747-8F: Versión carguera del icónico jumbo, con capacidad cercana a las 140 toneladas.
Airbus A380: El mayor avión de pasajeros jamás producido, aunque no diseñado para carga pesada extrema.
Ninguno, sin embargo, alcanzó la capacidad pura de 250 toneladas del Mriya.
Un símbolo que trasciende la aviación
El Mriya fue concebido como herramienta estratégica en la Guerra Fría, sobrevivió a la caída de la URSS, se reinventó como gigante comercial y terminó convertido en víctima de un conflicto moderno.
Su historia refleja la trayectoria política de Europa del Este en las últimas cuatro décadas: cooperación forzada, independencia, tensiones crecientes y guerra abierta.
Hoy, los restos del avión siguen siendo recordatorio físico de esa fractura histórica. Pero también alimentan la narrativa de reconstrucción.
Porque si algo definía al Mriya era su capacidad para levantar lo que parecía imposible.