Pero esta vez, esa ayuda no le alcanzó. Si bien obtuvo el 28% de los votos, y gracias al sistema electoral Sánchez se quedó con el 35% de las bancas del Congreso (120 de 350), la caída de cuatro puntos en la participación y el enojo social con su gestión lo hizo perder siete diputados y achicar la distancia con su histórico rival, el conservador Partido Popular, que superó el 20 por ciento.
¿Por qué los comicios han hecho más difícil que España pueda tener gobierno en plenas funciones? Porque los ciudadanos este domingo han votado el Congreso más fragmentado y atomizado desde el fin de la dictadura franquista. Porque las opciones más extremistas o con posiciones más radicales no sólo han mejorado sus resultados con respecto a abril sino que tienen votos récord. Y porque el partido que más ha crecido es la ultraderecha de Vox, un partido nacionalista e islamófobo que reniega de las leyes de género y diversidad y de la descentralización en autonomías.
Los ultras pasaron de 24 a 52 diputados y sumaron 1,1 millón de votos más. España entra en el triste club europeo de los países que deben lidiar con un partidos de discurso populista neofascista con fortaleza electoral.
Para peor, los socios posibles del PSOE han empeorado su performance. Unidas Podemos perdió siete escaños y los liberales de Ciudadanos casi medio centenar, una debacle que ha hecho que su líder, Albert Rivera, anunciara este lunes su renuncia no sólo al partido sino a la política.
Los otros socios que Pedro Sánchez necesita, al menos para abstenerse y lograr una investidura, son los partidos nacionalistas y separatistas catalanes y vascos.
Este tema merece un párrafo aparte. Estas elecciones han marcado un récord histórico de escaños para las fuerzas que anhelan, en diferentes grados, una secesión de España: son 36, que han recibido casi dos millones y medio de votos. Un sector social que se siente o busca un enfrentamiento directo contra el Estado central.
Estas elecciones han hecho que vuelvan al Congreso, por ejemplo, dos escaños para el BNG, los independentistas gallegos, o que el partido más extremista de todo el sistema, la catalana CUP, decida participar de las presidenciales por primera vez y consiga dos diputados.
También hizo crecer a EH Bildu, una coalición que integra al ex Batasuna (otrora brazo político de ETA) y también dio un escaño más a la inflexible JxCat, la marca de Carles Puigdemont, el depuesto presidente catalán fugado actualmente en Bélgica.
Estos detalles hacen un caldo de cultivo mucho más difícil para Sánchez ser investido. Y que además ya no cuenta con la carta de negociación de ir a una repetición electoral (como hizo entre abril y julio) porque ir a unas terceras elecciones no son una opción, por el nivel de castigo político que implicaría por parte del electorado (desde ayer hay un coro de formadores de opinión advirtiendo que si hubiera otra repetición de comicios, acabaría ganando Vox).
El PSOE cuenta con algo a favor: sólo ellos pueden gobernar. Son los únicos que pueden, con mucho esfuerzo, alcanzar la mayoría absoluta. El bloque de las derechas suma menos escaños y, sobre todo, al estar incluido Vox pocos partidos minoritarios siquiera considerarían apoyarlos. Pero Sánchez deberá arremangarse y abrir su gabinete a Unidas Podemos, pedir una abstención de un sector del separatismo (algo que en España implica un gran coste político) y, sino, formar una gran coalición al estilo alemán con su histórico rival, el PP. No sobra ninguna pista en el laberinto español.