En la escena hay gritos, llantos y mucha angustia. Era el 25 de octubre de 2012 cuando la vida de Marina y Kevin Krim se apagó para siempre. Una historia cargada de dolor.

Yoselyn Ortega nunca negó haberlos matado, aunque tiempo después aseguró que había seguido órdenes del Diablo.
En la escena hay gritos, llantos y mucha angustia. Era el 25 de octubre de 2012 cuando la vida de Marina y Kevin Krim se apagó para siempre. Una historia cargada de dolor.
Los dos vivían en un lindo departamento en el centro de Nueva York. Marina, de 36 años en ese momento, y Kevin Krim, de 37, tenían una niñera que los acompañaba y ayudaba con el cuidado de sus tres hijos. Lulu tenía seis años e iba a primer grado; Nessie, tres; y Leo, dos.
El fatídico día, Marina llevó a Nessie a natación. Cuando terminó la clase, la llevó a danza. En ese lugar, se encontrarían con la niñera Yoselyn Ortega y sus otros hijos. Pero cuando llegaron a danza no estaban ni Lulu, ni Leo, ni Yoselyn. De inmediato, Marina le mandó un mensaje de texto a su empleada: "¿Dónde está Lulu?, ¿Dónde estás vos?". Nadie respondió.
La mamá sorprendida, fue hasta su departamento de Manhattan. Eran las 17.30 y parecía que no había nadie. Con Nessie en sus brazos, entró a los dormitorios.
Ingresó al baño, prendió la luz y en ese momento se encontró con lo peor. Lulu y Leo estaban dentro de la bañera cubiertos de sangre, con los ojos abiertos. Yoselyn, la niñera de sus hijos, estaba mirando todo. Mientras Marina gritaba, la niñera se clavó un cuchillo de cocina. Lo hizo dos veces en su propio cuello. Lulu y Leo fueron trasladados con urgencia al hospital pero finalmente fallecieron.
Sobre esa experiencia, la madre recuerda: "Yo estaba con Nessie colgando de mis brazos y pensaba, ¿cómo voy a seguir adelante?, ¿qué vamos a hacer?".
Marina era graduada en educación en la Universidad de California del Sur y daba clases en el Museo Americano de Historia Natural. Kevin Krim había egresado de la Universidad de Harvard, era ex jugador de fútbol americano. Era exitoso en el mundo laboral. Después de pasar por las compañías Bloomberg y Yahoo, era gerente general de la división de Medios Digitales de la cadena de televisión CNBC. Cuando ocurrió la pesadilla de su vida, solo pensó en estar más tiempo con su familia.
Yoselyn Ortega mató a puñaladas a los dos niños que estaban bajo cuidado una tarde de octubre de 2012 en Nueva York. Ella nunca negó haberlos matado, aunque tiempo después aseguró que había seguido órdenes del Diablo.
Su defensa trató de mostrarla como una enferma mental que no sabía lo que hacía, pero el jurado concluyó que ella sabía las consecuencias de sus actos y fue declarada culpable de asesinato.
El caso estremeció a la opinión pública. Ese 25 de octubre a la tarde Marina ingresó al apartamento ubicado a una cuadra del Central Park. Todo estaba completamente a oscuras.
Las crónicas de ese día señalan que Marina llegó hasta el lobby del edificio a preguntarle al encargado si había visto a la niñera y salir a sus hijos. Cuando el hombre le aseguró que no habían salido del edificio, ella fue hasta su departamento y recorrió las habitaciones, sin ver a nadie. Pero cuando llegó al baño y encendió las luces, vio a sus dos pequeños en la bañera cubiertos de sangre. Yoselyn Ortega estaba parada allí, y cuando Marina la vio, ella se cortó su propia garganta con el cuchillo.
Gritos, llantos y llamadas al 911 por parte de vecinos y personal del edificio. Marina no podía entender lo que estaba mirando. Tampoco podía hablar y fue sacada en ambulancia de la temida escena. Kevin Krim, el papá de los chicos, estaba en un viaje de trabajo y fue llamado para que volviera de urgencia. Recién se enteró del horror cuando la policía lo recibió en el aeropuerto.
Cuando aterrizó en el aeropuerto John Fitzgerald Kennedy de Nueva York, prendió su celular. El piloto del avión habló por el altoparlante y dijo que, en la puerta del avión, estaba la policía que venía a buscar a alguien. Un asistente de vuelo lo tomó del brazo y le pidió que lo siguiera por el pasillo. El teléfono celular de Kevin comenzó a sonar. Lo llevaron directo al hospital St Luke’s Roosevelt. Apenas llegó lo recibió un médico que le informó que dos de sus tres hijos habían sido asesinados. “¿Qué pasó?”, se preguntaba a los gritos Kevin.
Mientras que la niñera fue hospitalizada y en unos días se recuperó de sus heridas.
Las autopsias de los pequeños revelaron que Lucia fue la primera en morir y trató de defenderse del ataque. Ambos niños murieron por efecto de numerosas puñaladas. Este caso golpeó impactó en todos los vecinos, no solo por la brutalidad sino porque es precisamente un sitio en donde abundaban las niñeras de jornada completa.
La zona de Upper West Side está poblada de familias en las que las niñeras se convierten en una parte fundamental de la familia. Llevan y traen a los chicos de la escuela, los duermen, les cocinan e incluso acompañan a las familias en sus vacaciones.
De hecho, Marina Krim llevaba un blog en donde contaba su vida familiar y describió un viaje que habían realizado a República Dominicana, país de origen de Ortega, y que habían pasado algunos días en contacto con la familia de la niñera.
Meses después de la masacre, Yoselyn Ortega hizo una declaración en la que aseguraba que "el Diablo" la había impulsado a matar a los niños. Pero en un interrogatorio de julio de 2016, ella declaró en video que no había escuchado voces y dijo que no "recordaba" haber sido poseída. Por estas contradicciones, el caso giró en torno a la salud mental de Ortega.
Tras cinco años de audiencias, debates y decenas de testimonios sobre sobre su estado mental, Ortega fue juzgada y hallada culpable por la masacre de los hermanos Krim.
El 14 de mayo de 2018, a Yoselyn Ortega la declararon culpable por los crímenes de Lulu y Leo Krim. Tras un juicio que se extendió por dos meses, la condenaron a prisión perpetua sin posibilidad de libertad condicional. Los fiscales argumentaron que la niñera tenía la intención de matar a los niños y luego suicidarse, porque estaba deprimida y enojada con la madre de los pequeños por temas laborales.
También mostraron evidencia que sugiere que Ortega había planeado el crimen y su posterior suicidio porque ella había dejado un bolso con cosas de valor y sobres con documentos para sus familiares y le había pedido a su hermana Delci que cuidara de su hijo.
El psicólogo forense Ali Khadivi testificó por la parte acusadora que efectivamente Ortega sufría de ansiedad y depresión, pero no era psicótica y que no sufría delirios cuando mató a los niños.
Kevin y Marina, padres de los niños, también declararon y dijeron que la mujer les había mentido sobre sus calificaciones y antecedentes, y que semanas antes de la masacre habían notado que la niñera estaba molesta, pero no notaron signos de locura. Sin embargo, la abogada de Ortega intentó mostrarla como una enferma mental, incluso dos psiquiatras de la defensa dijeron que la mujer oía voces y no entendía lo que hacía.
La defensa también mostró pruebas de que la niñera había sufrido delirios cuando era joven y que nunca fue tratada. Familiares de Ortega testificaron y, a falta de antecedentes de registros médicos de enfermedades mentales pasadas, ellos declararon que en 1978 y en 2008 había recibido tratamiento médico por depresiones severas luego de dos muertes cercanas.
Su hermana Delci dijo que días antes del crimen se despertó y comenzó a arrojar cosas, y luego no recordaba.
Tras escuchar todos esos argumentos, el jurado por unanimidad, tras debatir por 48 horas, rechazó el argumento de que ella estaba demasiado enferma mentalmente para entender la gravedad de lo que había hecho.
En el juicio, Kevin, el padre de los chicos asesinados, dijo: “Queríamos que Yoselyn estuviera feliz trabajando con nosotros. Era una empleada confiable y no queríamos perderla para no interrumpir la vida que tenían armada nuestros hijos. Ella hacía su trabajo bien”.
Pero el verdadero relato de Kevin fue desgarrador sobre el día que pidió ver a sus hijos en la morgue: “Los dos estaban limpios y tapados hasta el mentón con sábanas blancas. Estaban bellos, pero raros. Ya no había sangre en sus cuerpos. Estaban azulados. Todavía tenían su piel perfecta, sus largas pestañas y sus ojos cerrados. Tenían el pelo color marrón arena. ¡Se veía que las enfermeras habían trabajado duro para limpiarles toda la sangre! Caí de rodillas y les pedí perdón. Les dije que los amaba, los besé y les dije adiós”.