En la simple sala de la casa, cubierta con paneles de madera, sin muebles y con unas pocas fotografías en la pared, se escucha un parloteo y huele a café.

En la simple sala de la casa, cubierta con paneles de madera, sin muebles y con unas pocas fotografías en la pared, se escucha un parloteo y huele a café.
Es una reunión familiar íntima.
“¿Cómo está tu padre?”, pregunta uno de los invitados al huésped. El ánimo cambia repentinamente.
Todas las miradas en el pequeño cuarto se dirigen hacia la esquina, donde un anciano está recostado en una cama colorida.
“Sigue enfermo”, responde con calma su hija, Mamak Lisa.
Sonriendo, Mamak Lisa se levanta, camina hacia el anciano y lo sacude suavemente.
“Padre, tenemos visitas que vienen a verte. Espero que esto no te incomode o te enoje”, le dice ella.
Luego me invita a conocer a Paulo Cirinda.
Miro hacia la cama. Cirinda está acostado completamente inmóvil, ni siquiera parpadea, aunque difícilmente puedo verle los ojos a través de sus lentes cubiertos de polvo.
Su piel se ve áspera y gris, salpicada de innumerables orificios como comida por insectos. El resto de su cuerpo está cubierto con varias capas de ropa.
Lo observo mientras sus nietos corren juguetones en el cuarto y eso me devuelve a la realidad.
“¿Por qué el abuelo siempre está dormido?“, pregunta uno de ellos. “¡Abuelo, despierta y vamos a comer!”, grita otro.
“Shhh… dejen de molestar al abuelo, está durmiendo”, los regaña Mamak Lisa. “Lo van a hacer enojar”.
Bueno, esto es lo sorprendente: este hombre, Cirinda, murió hace más de 12 años, pero su familia piensa que está vivo.
Para los extranjeros, la idea de mantener el cuerpo de un muerto expuesto en una casa parece algo totalmente extraño.
Sin embargo, para más de un millón de personas de esta parte del mundo ésta es una tradición de siglos.
Las creencias animistas de los toraja nublan la línea entre este mundo y el próximo, convirtiendo a los muertos en seres presentes en el mundo de los vivos.
Después de que alguien muere, puede tomar meses, e incluso años, llevar a cabo el funeral.
Mientras tanto, las familias mantienen a los cuerpos en casa y cuidan los restos de sus seres queridos como si éstos estuvieran enfermos.
Les llevan comida, bebidas y cigarros dos veces al día. Los lavan y les cambian la ropa regularmente.
Los muertos incluso tienen un tazón en la esquina de su cuarto para “usar el inodoro”. Los muertos nunca se dejan solos y las luces siempre están encendidas cuando oscurece.
Las familias temen que si no cuidan los cuerpos adecuadamente, los espíritus de los difuntos les crearán problemas.
En el pasado se acostumbraba frotar hojas y hierbas en el cuerpo para preservarlo. Pero ahora se inyecta una solución química conservante, el formaldehído o formol.
Esto deja un poderoso hedor en la habitación.
Mientras acaricia cariñosamente las mejillas de su padre, Mamak Lisa dice que aún siente una fuerte conexión emocional con él.
“Aunque todos somos cristianos”, explica, “los familiares a menudo lo visitan o llaman por teléfono para ver como ésta, porque creen que nos puede escuchar y que todavía está con nosotros”.
A diferencia de lo que vemos usualmente, aquí no existe temor a los muertos.
Mi propio padre murió hace unos años y fue enterrado casi inmediatamente, antes de que yo tuviera tiempo de comprender lo que había ocurrido. Todavía no logro procesar totalmente mi duelo.
Para mi sorpresa, Mamak Lisa me dice que tener a su padre en su casa le ha ayudado en su luto.
Le ha dado tiempo para ajustarse lentamente a la nueva identidad de su padre, la de un hombre muerto.
Fuente www.bbc.com