En esa estancia, llamada La Matilde, sucedió un hecho espantoso. Se dice que, hacia 1910, el encargado de cuidar a la pareja de leones tenía una hija, o una nieta, que siempre lo acompañaba en su trabajo.
Un día el hombre se distrajo, la nena asomó la cabeza entre las rejas y la leona de un solo zarpazo la decapitó. Luego de inhumar el cuerpo en las inmediaciones de la capilla, los Salaberry sacrificaron a la leona y enviaron a los demás animales al Zoológico de Buenos Aires, dejando solo las aves raras dentro de la propiedad. Pero, hay algo que también se quedó y que aún ronda el paraje: el fantasma de la niña.
La crisis de 1890 repercutió en el establecimiento y en 1904, Máximo Fernández vendió todo. Luego de eso, se fue a Barcelona donde murió doce años después.
Susana Gioacchini, especialista en pueblos de Buenos Aires, relató una historia que una vez le contaran a ella cuando anduvo por esos parajes: “A principios de este año estuve en San Emilio, un pueblo cerca de la localidad de Los Toldos. Allí conocí la panadería y charlé un montón con el panadero, que resultó que había sido el encargado del tambo de Máximo Fernández. Me contó que una madrugada, mientras estaba trabajando, escuchó gritos de lo que supuso era su hija. Salió corriendo hacia su casa, donde encontró a la nena durmiendo plácidamente. Ahí me dijo que se dio cuenta de que había oído el grito de un fantasma”.
Esa es una de las tantas historias que se cuentan en entre los lugareños que aseguran que no hay que estar cerca de la capilla en ruinas de la estancia después de la caída del sol.