Pero lo que más impactó al equipo médico fue la actitud de Diane: no derramó una sola lágrima. Wilhite recordó: “Se quejó de la sangre en su auto y de que el incidente había arruinado sus vacaciones”. Aún más estremecedor fue su pedido: “Quiero que desconecte a mi hija”, dijo al médico refiriéndose a Christie. La respuesta fue contundente: “Ella está luchando por vivir, no voy a desconectarla”.
Al ser interrogada, Diane relató que un hombre con cejas gruesas había hecho señas al costado del camino y luego abrió fuego contra el auto. Según ella, el extraño no le hizo daño a ella, pero sí disparó contra los niños. La policía emitió alertas en busca del supuesto atacante, pero la historia tenía demasiadas inconsistencias.
Uno de los interrogantes clave fue: ¿por qué el atacante habría disparado solo a los niños y dejado viva a la madre? Además, testigos afirmaron haberla visto conduciendo despacio después del ataque, lo cual contradecía su versión de urgencia.
Lejos de demostrar empatía o arrepentimiento, Diane declaró en una entrevista: “Si yo los hubiera matado, me habría asegurado de que estuvieran muertos y luego habría llorado lágrimas de cocodrilo”.
Con el correr de los días, la investigación reveló un dato clave. Diane estaba obsesionada con un hombre casado, Robert “Nick” Knickerbocker, con quien había tenido una relación. El hombre le había dejado en claro que no quería hijos en su vida. “Ella me dijo que haría cualquier cosa para estar conmigo”, declaró Nick más adelante.
La hipótesis tomó fuerza: Diane habría intentado eliminar a sus hijos para poder vivir su romance sin obstáculos. La idea de que una madre atentara contra la vida de sus propios hijos por un hombre resultaba inconcebible, pero todo apuntaba en esa dirección.
El caso dio un giro decisivo cuando, semanas después del ataque, Christie recuperó parcialmente el habla. Los investigadores le preguntaron, con extrema cautela, quién había disparado. La niña, con apenas un hilo de voz, susurró una frase que cambió el curso de la investigación:
“Mi mamá”.
Esa afirmación se convirtió en la piedra angular del juicio.
El juicio comenzó el 8 de mayo de 1984. Diane se presentó embarazada de ocho meses, sin revelar la identidad del padre. Fue acusada de asesinato, intento de homicidio y asalto criminal.
El fiscal Fred Hugi no dejó lugar a dudas en su alegato: “Le disparó fríamente a sus hijos para complacer a su amante”. La defensa, por su parte, intentó sembrar dudas, alegando que no había residuos de pólvora en las manos de Diane y que todo fue obra de un atacante desconocido.
Los peritos evaluaron su estado mental y la catalogaron con trastornos narcisistas y antisociales, además de rasgos sociopáticos. El testimonio de Christie fue definitivo.
El 17 de junio de 1984, Diane fue condenada a cadena perpetua más cincuenta años adicionales. El juez dejó constancia explícita: “Nunca deberá recuperar su libertad”.
Diez días después del veredicto, Diane dio a luz a una niña. La bebé fue entregada en adopción y renombrada Rebecca “Beckie” Babcock. Con los años, Beckie descubrió su origen tras leer el libro “Pequeños Sacrificios” de Ann Rule, basado en el caso.
Beckie, hoy psicóloga conductual de 38 años, contó que ver los ojos de Diane en fotos la perturbaba profundamente. Intentó comunicarse con ella en prisión, pero las cartas de Diane eran incoherentes y paranoides. “Decía que la espiaban y que la querían matar”, reveló Beckie, quien finalmente decidió cortar todo vínculo.
Intento de fuga y libertad condicional negada
En 1987, Diane protagonizó una fuga cinematográfica del penal de Salem, escalando una cerca. Fue recapturada días después y se le sumaron cinco años de condena. Fue trasladada a una prisión en Nueva Jersey.
Pese a las pruebas, Diane nunca reconoció el crimen. Ha solicitado la libertad condicional en múltiples ocasiones: en 2008, 2020 y 2021, todas denegadas. Su próxima audiencia será este año, en 2025.
El fiscal Hugi y su esposa, Joan, adoptaron a Christie y Danny en 1986. Alejados de la atención mediática, ambos lograron reencauzar sus vidas. Christie se casó y llamó a su hija Cheryl, en homenaje a su hermana fallecida. Danny vive en silla de ruedas y trabaja en el área de tecnología.