Emocionante

Argentina, el país que se muerde la cola una y otra vez

Esteban Talpone
por Esteban Talpone |
Argentina, el país que se muerde la cola una y otra vez

Durante la década del 80, tras el fin de la dictadura militar, peronistas y radicales se detenían en plena calle Florida, cada media cuadra, para discutir de política. Eran otros tiempos, claro está. Los que tienen más de 50, son testigos.

En las manos de los argentinos había muchos sueños y nada de celulares; las computadoras personales eran cosa de ciencia ficción y las noticias se anunciaban en las pizarras del edificio del diario La Nación o se vociferaban desde la tapa de Crónica. El resto, era radio y televisión (abierta, el cable no existía). De redes sociales, obvio, ni hablar.

“Compramos ‘El Página’, leemos a Galeano, cantamos con La Negra, escuchamos Víctor Jara”, decía León Gieco.  Y tenía razón. Estaba la política, pero también estaba la cultura. El estallido en el mejor de los sentidos. Para muchos, el país podía ser un deseo colectivo.

El debate callejero había renacido con la democracia y casi nadie eludía la confrontación, que generalmente transcurría con más gritos que incidentes. Los desbordes eran inofensivos daños colaterales. Pura pasión.

Las discusiones, casi siempre, giraban en torno a la política económica del flamante gobierno de Raúl Alfonsín, que había desembarcado en la Casa Rosada con Bernardo Grinspun, quien confrontó durante casi dos años con el Fondo Monetario Internacional por la abultada deuda externa que había dejado la administración de los comandantes.

Sin poder contener la inflación, Grinspun resultó sustituido por Juan Vital Sourrouille, que implementó un duro plan de ajuste e impuso una nueva moneda, el Austral, en reemplazo del Peso.

De a poco, el debate político en las calles se fue apagando y dejó su lugar a la frustración social. La hiperinflación pegaba duro en las familias argentinas, en una nación que aún estaba lejos, muy lejos, de los actuales índices de pobreza.

Hoy pocos lo recuerdan, porque la memoria debe tener un instinto piadoso, pero los alimentos de la canasta básica presentaban un precio por la mañana y otro bastante superior por la noche. Y los salarios, cuyo pago todavía no estaba bancarizado, se disolvían en el bolsillo.

Acorralado por los alzamientos carapintadas, Alfonsín impulsó las leyes de Obediencia Debida y Punto Final, que beneficiaron a militares genocidas. El presidente que había recitado el preámbulo de la Constitución Nacional a lo largo de todo el país, arriaba su última bandera. Además, el sistema energético estaba en crisis y los apagones era cotidianos. Y así las cosas… 

El radicalismo perdió frente al “nuevo” peronismo las elecciones legislativas de 1987 por cuatro puntos de diferencia. El  patilludo Carlos Menem, que venía galopando como gobernador de La Rioja, asomó en el horizonte. Y el peronismo, que se había quedado afuera del poder en 1983, renació de las cenizas del féretro que Herminio Iglesias había quemado en la Avenida 9 de Julio, durante el acto de cierre de la campaña de Italo Luder.

Finalmente, Alfonsín anunció la “resignación” del poder (no habló de renuncia) a partir del 30 de Junio de 1989, cinco meses antes de lo previsto. Y Menem, que había ganado las elecciones del 14 de mayo, concedió inmediatamente una entrevista a Radio Mitre para comunicar: “Estamos dispuestos, totalmente dispuestos, a asumir la conducción de la República”. Hoy, 30 años después, al desempolvar aquel testimonio, llama la atención el énfasis puesto a la afirmación: “Totalmente dispuestos”.

Y así se fue Alfonsín, insultado en las calles por la gente que no le perdonaba el fracaso económico. Se retiró a su cuartel de invierno, un departamento de la avenida Santa Fe, casi Rodríguez Peña. Allí lo visitaban algunos viejos correligionarios, para despuntar el vicio de la tertulia, y lo frecuentaban algunos periodistas. Gustavo Sylvestre, el actual conductor de C5N, era uno de los más asiduos. Yo mismo lo visité un par de veces.

De aquel refugio, Alfonsín no volvería a emerger políticamente hasta que Cristina Kirchner le concedió un tardío homenaje en la Casa Rosada, muchos años después. El presidente de la primavera democrática, ya casi moribundo, lo aceptaba con resignación. De la misma manera que había resignado el poder, estaba resignando la vida. Era un país ya conectado por internet y desconectado por la grieta.

Finalmente Alfonsín murió en el otoño de 2009, hace ya más de 10 años. El cortejo fúnebre fue desde el Congreso al cementerio de la Recoleta en medio de vítores: “Alfonsín, Alfonsín, Alfonsín”. El mismo grito de aquella campaña a la presidencia de la nación. Algunos de los que lo habían insultado, también habían decidido perdonarlo post mortem.

Recordé esta historia recientemente, luego de las elecciones primarias que vieron derrotado a Mauricio Macri. No por comparar a Macri con Alfonsín, sino por reflexionar sobre la dramática combinación entre fracaso y frustración que los argentinos arrastramos a lo largo de nuestra historia democrática.

También por nuestra incapacidad para modelar un país más normal, en el cual el éxito político de unos no se construya sobre el gobierno malogrado de otros, sino sobre proyectos de crecimiento, desarrollo e inclusión. El ejemplo de la alternancia democrática sin traumas tal vez no esté tan lejos, apenas cruzando la cordillera.

Aquellos que hoy avizoran en la capitulación de Macri la revancha propia, deberían repasar la historia. Su fracaso es también el de todos nosotros, lo hayamos votado o no. Y quienes intuyen en el probable triunfo de Alberto Fernández el despertar de un fantasma con acento venezolano también deberían dejar de lado las mezquindades.  Tal vez así, los unos y los otros, puedan retomar el espíritu de una democracia con la cual, alguna vez creímos, “se come, se educa y se cura”.

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