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En el barro

Gran Hermano 2022: un presidente al que se le anima cualquiera con cualquier barbaridad

Alberto Fernández tiene razón, pero la reacción de la Casa Rosada exhibe una debilidad extrema. Por qué un reality-show puede tener el peso de un Waterloo.
por Edi Zunino | 20 de octubre de 2022 - 15:10
Gran Hermano 2022: un presidente al que se le anima cualquiera con cualquier barbaridad

"El alfa", ¿puede ser el "Waterloo" de Alberto Fernández?

La escena tiene un contexto divertido, relajado, casi de ficción. El trasfondo va a ser escandaloso. Un hombre ya mayor -vinculado a las periferias del peronismo porteño- le explica con aires de superioridad a una mujer joven y bonita -exdiputada nacional por el kirchnerismo conurbano- de qué se trata el gobierno al que ella apoya:

-Yo sé bien quién es Alberto Fernández, me coimeó varias veces…

Era cantado que la nueva versión de Gran Hermano, el reality show de Telefe, iba a tener algún voltaje político. Y parecía escrito que mucha de esa clase de tensión la iba a aportar Romina Uhrig, la legisladora mandato cumplido en cuestión, aunque no como protagonista pasiva.

Ella escuchó, medio como quien oye llover, la supuesta confesión de este presunto coimero sesentón llamado Walter Santiago, aunque prefiere hacerse llamar “Alfa”.

Fue sorpresiva la cara de carta documento con que el conductor del programa, Santiago Del Moro, debió cerrar el ciclo aclarando que, por contrato, cada participante se hizo judicialmente responsable de lo que pudiese decir al aire. Era la respuesta a lo que dos millones de telespectadores sabrían después: el inusual tuit nocturno de la vocera presidencial, Gabriela Cerruti, desmintiendo cualquier relación del Presidente de la Nación con el personaje que compite por 15 millones de pesos y una casa prefabricada.

El escandalete promete apuntalar el rating de por sí excepcional del ciclo. También puede tener costos para la emisora, la productora y el participante. La Casa Rosada puso al mediático abogado Gregorio Dalbón a solicitar una retractación, bajo advertencia de avanzar en una demanda civil multimillonaria contra los “culpables solidarios del delito de calumnias e injurias”.

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El affaire GH movió también las aguas del PJ porteño. El legislador Claudio Ferreño, titular del bloque del Frente de Todos, es un conocido operador albertista en la Ciudad de Buenos Aires y fue señalado por el tal “Alfa” como su “amigo desde la infancia”, relación que lo habría llevado -según su relato en el show- a conocer al primer mandatario. Consultado por este medio, desde la presidencia del bloque señalaron que “en realidad, el amigo de Walter Santiago es el hermano de Claudio” y que el origen del asunto sería una especie de venganza por ciertos “negocios frustrados con autos de alta gama en Miami”. Cualquier otra consideración en off o en on es derivada a la vocera Cerruti, que “centraliza la comunicación por este tema”.

La oposición se tomó el tema a la chacota, cuestionó al Presidente por “ocuparse más de cómo aparece en la tele que de los graves problemas del país” y se ocupó de exhibir a un Fernández “confundido sobre las prioridades”. La postura oficial se basó en reivindicar “la decencia” del jefe del Estado.

El asunto se presta para las contradicciones y la polémica. La acusación de “coimear varias veces” -¿algún fiscal le pedirá a “Alfa” mayores especificaciones?- es grave, pero surge de un ámbito trivial, digamos estúpido por naturaleza.

Por fuera de lo mediático, el contexto político del episodio está dado por un Presidente al que se le anima cualquiera con cualquier barbaridad. Y también, o ante todo, por un caldo de violencia política que llegó a su mayor ebullición con el intento de matar a Cristina Kirchner. Ya se sabe que las redes sociales y ciertos medios fueron vehículos para ir articulando el clímax del atentado.

Hay circunstancias en las cuales la frontera entre la autoridad y el despoder suele ser demasiado finita. En la era de la tele-política, donde todo es espectáculo, puede bastar un candidato recurrente a famoso para dinamitar la reputación del más pintado. Claro que, en tal caso, el más pintado también debe haber hecho lo suyo para quedar a tiro de descrédito.

Por fuera de las macanas propias, Alberto Fernández consagró como sus grandes enemigos a una pandemia mundial y a una guerra geográficamente distante. Aunque parezca mentira, en esta Argentina desquiciada es posible que un programa de entretenimiento con audiencia millonaria tenga el peso de un Waterloo.

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