Por el lado de Mauricio Macri, su innegable posición de liderazgo no pareciera ser proporcional a los despropósitos de su gobierno. Se lo sigue percibiendo, aun así, como el más capaz de aglutinar apoyos para lograr que el justicialismo oficial deje el poder el año que viene. En los equipos de análisis político de todos los referentes opositores, se le asignan innegables condiciones de “jefe”. Curiosamente, comparte tan tentadora condición más con Patricia Bullrich que con Horacio Rodríguez Larreta.
La divisoria entre “halcones” y “palomas” puede tentar a concluir que Macri prefiere a Bullrich, pero no es así. Le desconfía. Cree que, si llegara a ser la candidata, lo primero que desarrollaría es un proyecto propio. Con Larreta, en cambio, trabajó codo a codo en la gestión porteña, lo considera un hombre de particular confianza, sometido siempre al cumplimiento de los acuerdos. Se pueden entender guiñando un ojo.
En espejo con el cristinismo, los “halcones” macristas cumplen hoy la función de evitar fugas mayores por derecha y tener a Javier Milei lo más cerca posible, influyendo, incluso, en su marcado proceso actual de recálculo hacia una más conveniente moderación.
La batalla por el centro
Todos saben que las elecciones se ganan con los votos más bien ubicados en el centro. El drama es que los frentes armados sólo para ganar elecciones parecieran ir demostrando que, de tantas tensiones internas y en virtual empate con la vereda de enfrente, resultan inconvenientes para gobernar con un mínimo de cierta calma.
En esa conclusión se basan quienes, enfrentados de un lado y del otro con Cristina y con Macri, pretenden constrtuir un espacio de “gran diálogo nacional” que permita recrear el sistema político hacia una mayor flexibilidad de posiciones y una agenda encabezada por un puñado de políticas de mediano y largo plazo.
Larreta y el radical jujeño Gerardo Morales tienen esa idea desde la oposición (podríamos sumar también a Facundo Manes, aunque carece de aparato). Desde el FdT, Alberto Fernández y Sergio Massa son quienes buscan tender puentes múltiples, en busca de un equilibrio duradero que los incluya con expectativas considerables de detentar la banda y el bastón. Sin embargo, por hache o por be, cualquier iniciativa de “Moncloa criolla” o evocación de la Generación del 80 siempre se posterga, se enrieda en día a día y, así, la “unidad nacional” que casi todos pregonan queda más como utopía de orfebres para imprimir monedas sin valor.
Los jefes
Cristina Kirchner y Mauricio Macri, aparte de ser percibidos como “jefes”, ocupan el lugar del anti-diálogo por excelencia. Son confrontación pura. Terminales de un régimen bipolar donde todo se resuelve con movimientos de péndulo que no resuelven nada, sólo la esencia cultural-futbolera de la rivalidad como causa existencial. Paradoja nacional: mientras más se abre paso la idea del “diálogo” institucionalizado, más se revitalizan ambos polos de la grieta.
Lo más lógico, en nuestro querido país, suele ser lo que a nadie se le ocurre. Cristina y Macri deberían actuar como garantes de esa conversación urgente. Saben de qué se trata: gobernaron. Son gente grande. La Argentina necesita ya mismo una misión imposible. El tema es si todo el resto toleraría que en la charla se ponga en juego intercambiar algunas impunidades. Porque, al fin y al cabo, pactos son pactos. Y ninguno es gratis.