En el barro

Cristina Kirchner vs. Mauricio Macri: garantes imposibles de un pacto urgente

Los expresidentes figuran como líderes indiscutidos de sus espacios. ¿Por qué son los únicos que podrían dar sustentabilidad a un "diálogo nacional"?
Edi Zunino
por Edi Zunino |
Cristina Kirchner y Mauricio Macri

Cristina Kirchner y Mauricio Macri

En casi todas las últimas encuestas de opinión pública se está registrando un fenómeno sugerente: Cristina Kirchner y Mauricio Macri figuran como los referentes más significativos de sus respectivas coaliciones, tanto en lo que hace a liderazgo como a eventuales candidaturas para 2023. Así, el escenario CFK versus MM para las próximas presidenciales volvió a abrirse paso y no sólo en las percepciones sociales, sino también –o ante todo- en determinados campamentos del Frente de Todos y de Juntos por el Cambio, donde muy pocos aventuran que tal escenario constituya una locura impracticable. Estamos congelados en la foto principal de la grieta.

De hecho, los propios protagonistas de este análisis se han ocupado con fuerza últimamente de preservar su centralidad con expresiones públicas, estruendosos silencios, reuniones sugestivas y agendas para exhibirse por encima de la rutina doméstica. Cuando el presidente Alberto Fernández habla de tácticas y medidas para la coyuntura, la vice moviliza tropas, pronuncia estrategias y cuestiona el mundo. Cuando los presidenciables cambiemitas levantan el perfil, Macri abre los brazos en evidente gesto de patriarca opositor.

Observemos la circunstancia de cada uno, para tratar de entender su reposicionamiento en la cumbre del sistema político:

Macri vs. Cristina

El cristinismo tiene un gran problema: nadie es más que La Jefa dentro de ese espacio, que además está empeñado en un proceso de conurbanización extrema, lo cual pone a Máximo Kirchner y hasta a Axel Kicillof en funciones más de coroneles de infantería que de generales planificadores. El roce territorial desgasta, genera enojos. El barro mancha. En oferta no tienen mucho más que a un “Coqui” Capitanich, sólo por citar al único gobernador más bien ultra K que queda, al margen de la cuñada Alicia. CFK juega, definitivamente –y mal que les pese a sus enemigos-, en otra categoría. Ir al extremo la muestra plantando bandera. Debe consignarse, al respecto, que, al menos por ahora, el único efecto concreto de su manifiesta beligerancia con la Casa Rosada no apunta más –ni menos- que a colocar diques de contención por izquierda, donde los movimientos sociales ajenos al peronismo vienen creciendo en visibilidad y capacidad movilizadora.

Por el lado de Mauricio Macri, su innegable posición de liderazgo no pareciera ser proporcional a los despropósitos de su gobierno. Se lo sigue percibiendo, aun así, como el más capaz de aglutinar apoyos para lograr que el justicialismo oficial deje el poder el año que viene. En los equipos de análisis político de todos los referentes opositores, se le asignan innegables condiciones de “jefe”. Curiosamente, comparte tan tentadora condición más con Patricia Bullrich que con Horacio Rodríguez Larreta.

La divisoria entre “halcones” y “palomas” puede tentar a concluir que Macri prefiere a Bullrich, pero no es así. Le desconfía. Cree que, si llegara a ser la candidata, lo primero que desarrollaría es un proyecto propio. Con Larreta, en cambio, trabajó codo a codo en la gestión porteña, lo considera un hombre de particular confianza, sometido siempre al cumplimiento de los acuerdos. Se pueden entender guiñando un ojo.

En espejo con el cristinismo, los “halcones” macristas cumplen hoy la función de evitar fugas mayores por derecha y tener a Javier Milei lo más cerca posible, influyendo, incluso, en su marcado proceso actual de recálculo hacia una más conveniente moderación.

La batalla por el centro

Todos saben que las elecciones se ganan con los votos más bien ubicados en el centro. El drama es que los frentes armados sólo para ganar elecciones parecieran ir demostrando que, de tantas tensiones internas y en virtual empate con la vereda de enfrente, resultan inconvenientes para gobernar con un mínimo de cierta calma.

En esa conclusión se basan quienes, enfrentados de un lado y del otro con Cristina y con Macri, pretenden constrtuir un espacio de “gran diálogo nacional” que permita recrear el sistema político hacia una mayor flexibilidad de posiciones y una agenda encabezada por un puñado de políticas de mediano y largo plazo.

Larreta y el radical jujeño Gerardo Morales tienen esa idea desde la oposición (podríamos sumar también a Facundo Manes, aunque carece de aparato). Desde el FdT, Alberto Fernández y Sergio Massa son quienes buscan tender puentes múltiples, en busca de un equilibrio duradero que los incluya con expectativas considerables de detentar la banda y el bastón. Sin embargo, por hache o por be, cualquier iniciativa de “Moncloa criolla” o evocación de la Generación del 80 siempre se posterga, se enrieda en día a día y, así, la “unidad nacional” que casi todos pregonan queda más como utopía de orfebres para imprimir monedas sin valor.

Los jefes

Cristina Kirchner y Mauricio Macri, aparte de ser percibidos como “jefes”, ocupan el lugar del anti-diálogo por excelencia. Son confrontación pura. Terminales de un régimen bipolar donde todo se resuelve con movimientos de péndulo que no resuelven nada, sólo la esencia cultural-futbolera de la rivalidad como causa existencial. Paradoja nacional: mientras más se abre paso la idea del “diálogo” institucionalizado, más se revitalizan ambos polos de la grieta.

Lo más lógico, en nuestro querido país, suele ser lo que a nadie se le ocurre. Cristina y Macri deberían actuar como garantes de esa conversación urgente. Saben de qué se trata: gobernaron. Son gente grande. La Argentina necesita ya mismo una misión imposible. El tema es si todo el resto toleraría que en la charla se ponga en juego intercambiar algunas impunidades. Porque, al fin y al cabo, pactos son pactos. Y ninguno es gratis.