Alberto llevó a todo su virtual gabinete: Santiago Cafiero en el palco principal y sus asesores en comunicación; también estaba Eduardo “Wado” de Pedro. Abajo Felipe Solá, Agustín Rossi y Daniel Scioli. Alberto lo usó para mostrar que “el que dijo la verdad (en el debate 2015) está sentado en primera fila”. Un golpe de efecto planteado a último momento y que complicó a la organización del debate.
En el medio, los otros candidatos funcionaron como actores de reparto en una pelea con dos marcados protagonistas. Lavagna estuvo claro en sus propuestas pero no brilló. Fiel a su estilo, no dialogaba con el resto y se limitaba a plantear sus lineamientos de gobierno, sin propuestas concretas ni presentaciones extravagantes.
Lavagna por momentos perdía el hilo. Tanto, que en un momento se le traspapelaron los apuntes, se puso nervioso y no supo cómo seguir. En el bloque de educación y salud cerró 30 segundos antes de lo que le correspondía. Permaneció parado e impasible durante todo el debate.
Gómez Centurión nunca entendió cuánto tiempo tenía que hablar. Siempre le faltaban 15 segundos y era cortado por los moderadores sin poder terminar la idea. “¿No eran 45 segundos?”, preguntó en un momentox|. Eran 30, le respondieron, y hubo que aclararle que tenía que mirar la pantalla gigante que tenía detrás que mostraba la cuenta regresiva y tintineaba en rojo cuando faltaban 5 segundos.
Nicolás del Caño aprovechaba cada intervención para hacer algún homenaje a algún luchador o luchadora de las causas que la izquierda defiende: desde el pueblo de Ecuador hasta el Encuentro de Mujeres de La Plata. A la tercera vez que repitió el tema Ecuador, en el público se escuchó un murmullo fuerte de desaprobación (“¡Qué pesado!”, parecían decirle).
Quizás por falta de conocimiento, Del Caño no obtuvo el efecto esperado al pedir el minuto de silencio por aquella causa: pretendía que las cámaras tomaran las reacciones de los otros candidatos pero el reglamento del debate era claro y solo se lo podía enfocar a él durante su tiempo. Tampoco se lució en TV el pañuelo verde que llevaba en su mano izquierda, que no entraba en el plano de cámara o era tapado por el graph.
Espert, en cambio, fue el más suelto de los candidatos junto a Alberto. Tuvo todos los condimentos: presentó su cosmovisión (liberal) del mundo, atacó a sus contrincantes por igual y propuso medidas concretas: derogar el estatuto docente, arancelar la universidad pública, examen de ingreso a las universidades o sacarle las obras sociales a los sindicatos. En los cortes era el último en llegar, segundos antes de que empezara cada bloque.
Alberto Fernández estuvo casi todo el debate sentado y relajado; Macri, sentado y tenso. A los dos les costó encontrar su vaso de agua y tomaban mucho líquido, aunque Alberto en un momento cambio el agua por una bebida de pomelo. Gómez Centurión sorprendió tomando del pico de la botella.
“Entérese presidente, va a dejar 5 millones de pobres nuevos”; “Presidente, por ahí no se enteró, la economía no funciona”, decía Alberto. Macri seguía con cara de nada. Recién en la segunda mitad empezó a contestar o se reía cuando Alberto criticaba a su gobierno.
En un momento, Macri se acercó a Espert y charlaron un poco; parecía estar quejándose de las sillas. Alberto habló algo con Lavagna.
Cuando el debate terminó se dieron la mano todos y se saludaron amontonados sobre el margen izquierdo del escenario. La tribuna pidió una foto de todos juntos. Pero Macri dio media vuelta y se fue sin saludar.
A la salida en el hall de acceso al Paraninfo todos se mostraban felices e intentaban imponer el relato de su candidato como ganador. Aunque los más entusiasmados eran los asesores de Alberto Fernández que sentían que su candidato le había dado una paliza a Macri. Aunque, como suele suceder en estos debates, una cosa es la percepción de los asesores y otra muy distinta la de los millones de televidentes que lo siguen desde sus casas.