Tenía 18 años y adoptó el nombre religioso de María Teresa de la Eucaristía. Comenzó entonces una vida marcada por la clausura, la oración y el trabajo. En 2004 realizó sus votos solemnes de obediencia, castidad y pobreza.
Tres años después, en 2007, Luisa Ester Toledo asumió como priora del monasterio. Según el relato que Silvia brindó durante el juicio, fue a partir de entonces cuando comenzaron a profundizarse los conflictos y las situaciones que ella describió como castigos y sometimiento.
Entre las prácticas que denunció aparecieron la mordaza, los azotes con un látigo, el uso del cilicio y períodos de encierro.
Uno de los castigos que más recordó fue el de la mordaza. Según declaró, se utilizaba un tubo de vitaminas perforado que era colocado en la boca y sujetado detrás de la cabeza con un elástico. Podía permanecer con ese elemento durante varios días y se lo retiraban únicamente para comer, de acuerdo con su testimonio.
También relató que en distintas ocasiones era encerrada durante tres días o más en su celda, con puertas y ventanas cerradas, y que durante esos períodos recibía solamente pan y agua y quedaba apartada de las actividades comunitarias.
En una entrevista con TN en 2021, Silvia explicó cómo, según su experiencia, se justificaban esas prácticas dentro del convento. "La verdad es que extralimitó todo para fomentar miedo, manejarnos, dominarnos y someternos", sostuvo.
El voto de obediencia también ocupó un lugar central en su relato. Según Silvia, terminó funcionando como una herramienta que le impedía tomar decisiones sobre su propia vida, incluso cuando comenzó a manifestar su intención de abandonar el monasterio.
Durante años pidió autorización para irse, tanto verbalmente como por escrito. Sus pedidos, según declaró, eran rechazados. En pequeños papeles que encontraba dentro del convento llegó a escribir una frase que resumía su desesperación: “Madre nuestra, me quiero ir”.
Su situación llegó a un punto crítico cuando su estado físico y emocional se deterioró. Según consta en la sentencia judicial, en distintas oportunidades manifestó desesperación y llegó a tener pensamientos suicidas.
Finalmente, el 1 de abril de 2013, su madre, María Luisa Rausch, pudo retirarla del convento. Silvia llevaba casi 14 años viviendo bajo régimen de clausura.
La salida tampoco significó el final del conflicto. Después de tantos años de aislamiento, tuvo que volver a adaptarse a situaciones cotidianas y reconstruir sus vínculos familiares y su autonomía.
En una entrevista posterior con Infobae, explicó el impacto que había tenido ese aislamiento en su vida: “Yo estuve privada de mi libertad, al igual que una presa pero sin garantías jurídicas”.
Incluso contó que durante esos años había quedado desconectada de acontecimientos importantes del país, como la crisis de 2001.
Pero el caso recién tomó dimensión pública varios años después de su salida. En agosto de 2016, una investigación del periodista Daniel Enz, publicada en la revista Análisis, reveló los testimonios de Silvia y de Roxana Peña, otra exreligiosa que también denunció restricciones a su libertad y distintos castigos dentro del monasterio.
A partir de esa investigación, la Justicia de Entre Ríos abrió una causa y ordenó un allanamiento en el convento de Nogoyá.
La investigación se concentró en las acusaciones contra Luisa Ester Toledo, quien había estado al frente de la institución. El eje de la causa fue la privación ilegítima de la libertad de Silvia Albarenque y Roxana Peña, quienes, según la acusación, habían manifestado su voluntad de abandonar el monasterio y encontraron obstáculos para hacerlo.
El proceso judicial terminó en junio de 2019, cuando el Tribunal de Juicio y Apelaciones de Gualeguay condenó a Toledo a tres años de prisión efectiva por dos hechos de privación ilegítima de la libertad agravada.
Toledo apeló la decisión. Sin embargo, en diciembre de 2020, la Sala I de la Cámara de Casación Penal de Entre Ríos confirmó la condena.
Para Silvia, el fallo significó mucho más que una resolución judicial. En enero de 2021, después de conocerse la confirmación de la pena, habló sobre lo que había significado para ella.
"Puede parecer poco en cuanto al tiempo de condena, porque el daño que esta mujer hizo fue muy grande. Y lo hizo con varias, no lo hizo solo conmigo. Pero para mí es muy sanador", expresó.
Después de abandonar el convento, Silvia comenzó una nueva etapa. Retomó sus estudios, recuperó progresivamente su autonomía y reconstruyó su vida lejos de la institución religiosa. En 2022 se recibió de profesora de Literatura y también revisó su relación con la Iglesia y con la fe a partir de todo lo que había atravesado.
Ahora, su historia vuelve a quedar bajo los reflectores a través de Cautiva. Carolina Kopelioff interpreta a Clara, un personaje inspirado en Silvia, mientras que Lorena Vega interpreta a la madre superiora.
La serie, sin embargo, no reproduce literalmente cada episodio ocurrido en el convento: combina elementos de las experiencias de distintas religiosas que denunciaron situaciones dentro del monasterio.
Así, detrás de la ficción aparece una historia real que durante años permaneció en silencio: la de una joven que entró a un convento a los 18 años buscando una vida religiosa y que, 14 años después, salió de allí para comenzar a reconstruir su propia libertad.