Cómo se vive durante meses sin pisar tierra en un portaaviones: cuántas personas duermen en un mismo espacio y qué comen
Con miles de tripulantes a bordo, turnos de 18 horas y camarotes compartidos, un portaaviones funciona como una ciudad flotante que puede permanecer en el mar durante medio año sin tocar puerto. Así es la rutina diaria en una de las máquinas de guerra más grandes del planeta.
En medio del océano, lejos de cualquier costa y rodeado solo de agua, un portaaviones no es solo un buque militar: es una base aérea móvil, un barrio compacto y una fábrica que opera las 24 horas. Algunos de los más grandes, como los de la clase Nimitz de la Armada de los Estados Unidos, superan los 300 metros de largo y pueden transportar a más de 5.000 personas entre marineros, oficiales y personal aéreo.
Durante despliegues que suelen extenderse entre seis y siete meses, la tripulación vive sin pisar tierra firme. Todo lo necesario para sostener esa vida —comida, agua, energía, atención médica y entretenimiento— debe producirse o administrarse a bordo.
Dormir en espacios compartidos
La imagen romántica del camarote privado dista mucho de la realidad de la mayoría de los marineros. En los niveles inferiores del buque se encuentran las áreas de descanso, donde decenas de personas comparten grandes compartimentos con literas metálicas de tres niveles.
Cada tripulante dispone de una cama angosta, una cortina para lograr algo de privacidad y un pequeño espacio para guardar pertenencias. En algunos casos se aplica el sistema conocido como “hot bunking”: cuando un marinero termina su turno, otro ocupa la misma litera para dormir. Así se optimiza cada centímetro disponible.
Los oficiales de mayor rango cuentan con camarotes más reducidos en cantidad de ocupantes, pero incluso allí el espacio es limitado. El ruido constante de motores, sistemas eléctricos y despegues obliga a utilizar tapones para los oídos y a acostumbrarse a un descanso fragmentado.
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Jornadas largas y rutina estricta
La vida a bordo está organizada en turnos que pueden extenderse hasta 12 o 18 horas, dependiendo de la función. El portaaviones nunca se detiene: mientras unos duermen, otros trabajan en la cubierta de vuelo, en la sala de máquinas, en la torre de control o en los sistemas de mantenimiento.
El ritmo es intenso. En cubierta, los equipos que coordinan el despegue y aterrizaje de aeronaves trabajan bajo condiciones extremas, con temperaturas que pueden superar ampliamente los 40 grados o descender bajo cero según la región.
Para sostener el rendimiento físico y mental, la disciplina es clave. Los horarios de comida, descanso y entrenamiento están estrictamente establecidos. También hay controles médicos periódicos para monitorear el estado de la tripulación.
Qué comen miles de personas en alta mar
Alimentar a más de 5.000 personas durante meses es un desafío logístico monumental. Un portaaviones puede servir hasta 15.000 comidas por día. Las cocinas industriales funcionan sin pausa y cuentan con panaderías propias, cámaras frigoríficas gigantes y depósitos de alimentos no perecederos.
El menú suele incluir carnes, pastas, arroz, verduras, ensaladas y opciones rápidas. También se sirven platos tradicionales estadounidenses, pizzas y hamburguesas. En fechas especiales, como Navidad o el Día de Acción de Gracias, se organizan comidas temáticas para reforzar la moral.
El abastecimiento se realiza mediante operaciones de reaprovisionamiento en el mar. Buques logísticos se acercan y transfieren combustible, alimentos y materiales a través de complejos sistemas de cables y grúas, sin necesidad de que el portaaviones atraque.
Para mantener la estabilidad emocional durante el aislamiento, los portaaviones cuentan con espacios de recreación. Hay gimnasios equipados con pesas y cintas de correr, salas de televisión, áreas con videojuegos y, en algunos casos, pequeñas cafeterías.
También disponen de un hospital completamente equipado, con quirófano, laboratorio y capacidad para realizar intervenciones de emergencia. La idea es que la nave pueda operar como una unidad autónoma incluso ante situaciones críticas.
El acceso a internet es limitado y controlado. Las comunicaciones con las familias se realizan principalmente por correo electrónico o en breves llamadas programadas. La conexión lenta y la diferencia horaria refuerzan la sensación de aislamiento.
La convivencia constante genera vínculos intensos, pero también tensiones. Compartir espacios reducidos durante meses exige tolerancia y disciplina. Los reglamentos internos regulan desde el orden en las áreas comunes hasta los horarios de silencio.
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A pesar de las comodidades relativas, la sensación de encierro es real. No hay escapatoria posible hasta que el despliegue termina. La cubierta, donde los aviones despegan y aterrizan, es uno de los pocos espacios abiertos al aire libre.
Los portaaviones nucleares pueden operar durante años sin necesidad de reabastecer combustible para sus reactores. Esa capacidad les permite permanecer en misión durante períodos prolongados, limitados principalmente por la rotación del personal y el suministro de víveres.
La combinación de autonomía energética, capacidad aérea y logística convierte a estos buques en herramientas estratégicas de proyección global.
Durante meses, el portaaviones se transforma en el único mundo posible para quienes lo habitan. Allí se trabaja, se duerme, se come y se entrena sin ver más horizonte que el mar.
La experiencia combina tecnología de punta con condiciones de vida austeras y altamente reglamentadas. Para miles de hombres y mujeres, esa ciudad flotante es hogar, oficina y base militar al mismo tiempo. Y aunque el regreso a tierra firme siempre es esperado, la rutina en alta mar deja una marca difícil de olvidar.