Esta flora cumple una función esencial, ya que actúa como una barrera protectora frente a agentes externos y ayuda a controlar el crecimiento de bacterias perjudiciales. El roce constante de una esponja puede alterar ese equilibrio y debilitar las defensas naturales de la piel.
Mantener esta barrera intacta resulta especialmente importante en personas con dermatitis atópica u otras alteraciones de la barrera cutánea, ya que la fricción generada por la esponja puede empeorar su condición.
Las esponjas de baño pueden convertirse en un caldo de cultivo
Además del impacto sobre la microbiota cutánea, las esponjas presentan otro problema relacionado con la higiene.
Debido a su estructura y a que suelen permanecer en un ambiente húmedo después de cada uso, pueden convertirse en un caldo de cultivo perfecto para microorganismos, favoreciendo la proliferación de bacterias y otros gérmenes. Al volver a utilizarlas, estos entran nuevamente en contacto con la piel.
Según explica Barrutia, el uso repetido de una esponja que acumula humedad y microorganismos puede favorecer la aparición de problemas dermatológicos como la foliculitis, una inflamación de los folículos pilosos que suele manifestarse con pequeños granos, enrojecimiento o molestias en la piel y que, en muchos casos, está asociada a infecciones bacterianas.
Cómo ducharse correctamente para cuidar la piel
Como alternativa al uso de esponjas, Barrutia recomienda aplicar el jabón con un pH cercano a 5, similar al pH natural de la piel.
Según explica, el jabón no necesita aplicarse en toda la superficie corporal. Su uso es recomendable principalmente en las axilas y la zona genital, conocidas como las "zonas sucias", donde se acumulan más sudor y secreciones. Para el resto del cuerpo, el agua suele ser suficiente, siempre que no exista suciedad visible.