Contagio por vía aérea: es una de las formas más frecuentes de transmisión. Una persona infectada puede expulsar, al toser o estornudar, pequeñas gotas con el agente infeccioso. Al ser inhaladas, pueden alcanzar las vías respiratorias inferiores y provocar la enfermedad.
Neumonía por aspiración: se produce cuando sustancias como alimentos, líquidos o vómito ingresan a los pulmones en lugar de ir al sistema digestivo. Es más común en personas con dificultades para tragar (disfagia) o alteraciones neurológicas.
Síntomas de la neumonía, factores de riesgo y cuándo consultar
Los síntomas más frecuentes incluyen tos productiva, fiebre, escalofríos, cansancio y dolor en el pecho al respirar profundamente o toser. La disnea (falta de aire) es una de las principales señales de alarma.
En algunos casos, especialmente en personas mayores o con enfermedades de base, la neumonía puede presentarse de forma atípica, sin fiebre alta, pero con confusión, somnolencia o desorientación, lo que puede dificultar el diagnóstico.
Existen además grupos con mayor probabilidad de desarrollar la enfermedad, como personas mayores de 65 años, pacientes con enfermedades crónicas como EPOC, asma o diabetes, personas con el sistema inmunológico debilitado, fumadores y quienes han atravesado internaciones recientes o prolongadas.
Se recomienda consultar a un profesional de salud ante la presencia de dificultad para respirar, fiebre persistente o elevada, dolor en el pecho al respirar o toser, empeoramiento rápido del estado general o cansancio intenso y debilidad marcada.
El diagnóstico se realiza mediante evaluación clínica y estudios complementarios como la auscultación pulmonar, la radiografía de tórax y análisis de sangre, que permiten confirmar la infección y evaluar su gravedad.
Prevención y tratamiento de la neumonía
La prevención se basa en múltiples factores. Las vacunas antineumocócica, antigripal y contra COVID-19 son fundamentales para reducir el riesgo de complicaciones.
Otras medidas importantes incluyen mantener una adecuada higiene bucal, evitar el tabaquismo y reducir el contacto con personas con infecciones respiratorias activas.
En cuanto al tratamiento, depende del origen de la infección: puede incluir antibióticos en casos bacterianos o antivirales cuando se trata de virus. Es fundamental completar el esquema indicado para evitar complicaciones o resistencia bacteriana.
Durante la recuperación, la fisioterapia respiratoria ayuda a eliminar secreciones, mejorar la ventilación pulmonar y recuperar la capacidad física tras la enfermedad.