El pequeño tiene excelentes notas y, además, hizo cursos de programación. Incluso, con lo aprendido, pudo enseñarles cosas a profesores de la escuela. Pero, a su corta edad ya vio cómo muchos de sus conocidos abandonaron la educación y se vieron tentados por la droga o la delincuencia.
Sin embargo, Ángelo busca contenerlos, les enseña a soldar y se esperanza con darles una mano en el futuro: “A los chicos de la villa me gusta ayudarlos porque mi papá era uno de ellos. Él sabe lo que es pasar hambre. Ojalá Dios me dé mucha plata para ayudar a los chicos pobres y que a ninguno le falte comida ni ropa”.
Pese a su buena voluntad, hay cosas que dificultan su proceso de aprendizaje. En su casa, por ejemplo, no tiene Wi-Fi y le resulta muy complejo tomar las clases virtuales, porque en la familia tienen un solo celular y no siempre hay dinero para cargarle crédito y comprar pack de datos.
“No es lo mismo cuando es virtual. Cuesta… Por ahí se te entrecorta, no sabés lo que dijo la profesora”, lamentó Ángelo. Sin embargo, sus ganas de salir adelante son más grandes que las dificultades. “En la cuarentena me di cuenta de que tenía que saber valorar a los profesores. Son lo mejor que hay en la vida porque te dan lo que más adelante será tu trabajo, tu laburo. ¿Cómo no voy a valorar eso?”, describió el joven.
Ángelo sabe que su situación es un tanto complicada y, por eso, pidió ayuda para poder continuar con sus estudios. Según explica, necesita conseguir un celular, una computadora y aportes para poder ir a la universidad dentro de algunos años, ya que ese es su sueño.
“Tengo un propósito. Aprecio el esfuerzo de mi papá y de mi mamá. Mi sueño es ser el mejor del mundo en lo que haga y, cuando sea grande, no tener que pasar hambre y a mis hijos poder llenarlos de estudio”, cerró el pequeño.
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