Opinión

¿Cómo revertir las secuelas educativas que dejó la pandemia?

Cerca del 60% de los menores de la región perdieron el ciclo lectivo 2020 en América Latina. ¿Se puede recuperar el tiempo perdido?
Darío Álvarez Klar
por Darío Álvarez Klar |
Educación: cómo revertir lo que dejó la pandemia. 

Educación: cómo revertir lo que dejó la pandemia. 

Transcurridos más de 2 años desde que el coronavirus fue declarado oficialmente como pandemia por la OMS, y con algo más de distancia, es tiempo de pensar sobre aquello que sucedió y sobre las intervenciones posibles y necesarias en el ámbito educativo. El impacto personal, social, emocional en términos de salud mental y bienestar será sin dudas duradero, así como también las “secuelas” educativas.

Es momento de analizar qué se puso en juego de nuestros valores, principios y fortalezas, cuáles son las debilidades con las que nos encontró para trabajarlas y superarlas, y en especial para estar preparados en caso de tener que volver a vivir un escenario similar. Al mismo tiempo debemos observar y analizar qué “cenizas” viene a fertilizar nuestro territorio.

Quedó demostrado que nuevas perspectivas, herramientas y procesos son imprescindibles en al ámbito de la educación y que las instituciones deben reformular criterios y lógicas que, de haberse hecho con anterioridad, hubieran preparado a niños, jóvenes y adultos a atravesar mejor un proceso como la “virtualidad”.

También se hizo aún más visible la necesidad de cerrar brechas de acceso tecnológico y de conectividad, de transporte y de recursos profesionales a docentes que eligieron un único modelo homogéneo de enseñanza sin atender las necesidades y requerimientos de un grupo de estudiantes o una comunidad distinta a otras o en condiciones diferentes entre sí.

Según datos de UNICEF, los niños de América Latina y el Caribe, son los que más tiempo han estado fuera de las aulas. Cerca del 60% de los menores de la región perdieron el ciclo lectivo 2020. Asimismo, un estudio publicado por el Banco Interamericano de Desarrollo afirma que la probabilidad de los niños latinoamericanos de terminar la escuela ha caído de un 61% a un 46% regresando a niveles de los años 60.

Todo esto deja en evidencia las falencias del sistema educativo que, con la pandemia, profundizó brechas y fue incapaz de responder a necesidades básicas. Hoy nos toca trabajar fuertemente con este contexto y con las consecuentes afectaciones didácticas, pedagógicas y de aprendizaje: estudiantes que no consolidaron sus conocimientos o no vivieron experiencias escolares necesarias para su desarrollo. No tienen que ver solamente con la información, sino que también con el hecho de participar de una actividad guiada con un maestro que a su vez invite a reflexionar y a aprender.

La vuelta a la presencialidad no suplió ni suplirá la falta de escolaridad (haya sido interrumpida o híbrida). Hoy debemos mirar hacia adelante con herramientas, planificación y datos, no solo para aprender de la “lección” de la pandemia, sino que también para evitar una herida más profunda tanto educativa como generacional, social y económica.

En primer lugar es imprescindible la investigación, el relevamiento de datos certeros que permitan llevar adelante acciones y políticas educativas para dar respuesta y tener una fotografía de la coyuntura. Dentro de la Red Itínere lo implementamos con el objetivo de conocer el estado de situación de aprendizaje a través de procesos de investigación de la mano de equipos del CONICET. A nivel sistémico, es necesario pensar en alianzas con otras entidades como universidades y centros de investigación para relevar información y obtener una línea de base. De esta forma se contará con el contenido adecuado para llevar adelante prácticas y políticas a nivel nacional y al de cada una de las instituciones.

Otra de las grandes áreas que en educación se menciona desde hace años es la diversidad. A modo de ejemplo, la pandemia ha exacerbado las brechas de género. La tasa de participación laboral de las mujeres según los últimos datos de la OIT ha retrocedido a niveles de hace 15 años. Cuando se cierran oportunidades educativas, los clivajes en otros ámbitos se profundizan.

La escuela tradicional históricamente tendió a homogeneizar a los alumnos y aquel que no iba “al mismo ritmo” era un problema. Hoy en día trabajar en la diversidad debe ser un mantra, una filosofía, una actitud en la que se forme e incentive atendiendo a las particularidades de cada niño y a los contextos sociales y económicos. Esto implica alianzas a nivel ministerial con instituciones, profesionales y universidades.

El punto anterior nos obliga a repensar el desarrollo profesional de los docentes y los planes de estudio. Si el contexto cambió y lo seguirá haciendo dinámicamente es necesario enseñar distinto, lo cual implica capacitarse toda la vida. Con la formación y la actualización profesional también se crean herramientas, se cambia la mirada y se incorpora tecnología. Es fundamental dado que los planes de estudio no pueden basarse sólo en información, sino también en habilidades blandas (comprensión, autonomía, trabajo en equipo, hacer con otros). Asimismo, es importante entrenarse para desarrollar y construir una mirada distinta sobre la evaluación que abarque más procesos que resultados, que ponga en el centro al que es evaluado, que mire qué falta por aprender, cómo hacerlo de forma distinta, ponderando fortalezas y debilidades. Esto comprende un plan a largo plazo y se asocia con la innovación en educación, la cual parte de competencias y habilidades. En definitiva, se debe dejar de poner foco en qué se enseña y hacerlo en el para qué y en el cómo se evalúa.

Por último, la dimensión de la educación emocional en todos los ámbitos es un eje central. Este concepto hace hincapié en el conocerse a uno mismo y vincularse con respeto, empatía, afectividad, desarrollando una actitud de resiliencia, de recuperación, de superación, que en definitiva son condiciones que favorecerán el aprendizaje. Son habilidades centradas en que alumnas y alumnos se conozcan y logren ser reflexivos, comprometidos, sensibles, respetuosos de sí mismos, de los demás, del medioambiente, pero sobre todo que pueda superar emocionalmente lo que la vida le pueda presentar.

Lo vivido en el último tiempo nos demuestra que es necesario realizar un diagnóstico hacia atrás, pero no para encontrar culpables, sino para proyectarnos hacia adelante. Esto pone de manifiesto que una vez más la educación es aprender a pensar en contextos inciertos presentando soluciones que involucran a alumnos, a sus familias y al sistema completo.

Es necesario abrir las puertas generando diálogos más sostenidos, mesas más amplias, propendiendo a la observación entre instituciones, con experiencias de otros países y regiones que han encontrado una solución para tratar de conectar a unos con otros en la misma dirección. La mirada compartida y colaborativa de diferentes expertos y ámbitos, la combinación de políticas de “rescate” tras una crisis pero combinándolas con acciones de mediano y largo plazo, son las únicas alternativas que nos llevan a levantarnos de la “catástrofe” para construir el futuro.

(*) DARÍO ÁLVAREZ KLAR es Educador especializado en gestión de la innovación. Fundador de la Red Educativa Itinere, integrada por 8 colegios, @reditinere y Presidente Ejecutivo de Asociación Civil HUB educación & innovación @hubeducacion

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