La fiscalía había solicitado además al tribunal una reparación de 6.600.000 pesos para cada una de las víctimas, por el “daño moral” sufrido.
Según la defensoría, "Yogui" funcionaba “una organización criminal con rasgos de secta religiosa”, con “distribución de roles” y una estructura “jerárquica”, que durante casi cinco décadas se dedicó a “captar a víctimas vulnerables”, para apoderarse de sus bienes y explotarlas sexual y laboralmente.
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Horror en un hotel de Mar del Plata: explotación sexual y laboral en la secta "Yogui". (Foto: archivo)
Su líder y fundador, Eduardo Nicosia, fue encarcelado en 2018 y murió en enero de 2021. Sin embargo hay tres imputados por la causa Silvia Cristina Capossiello, la esposa de Nicosia; Sinecio de Jesús Coronado Acurero y Luis Antonio Fanesi a quienes se los acusa de utilizar la fachada de la organización espiritual para cometer los delitos.
También se conoció la existencia de un cuarto acusado, identificado como el psicólogo Fernando Ezequiel Velázquez, quien falleció en marzo del 2022.
Los relatos del horror de la secta "Yogui"
Esta organización captaba “gente interesada en lo espiritual”, para “luego explotarlas sexual y laboralmente”, pedirles “la entrega de bienes y dinero” y someterlas a “un proceso de despersonalización” que les impedía tomar decisiones propias
Según relevó la fiscalía, las víctimas declararon que eran “entrenados como perros”, que comían “pomada de zapatos con sacarina” o “comida balanceada para conejos”, por el hambre que sufrieron en ocasiones, y que eran golpeadas con un rebenque para caballos.
“Les decían que el dolor no existía, que era una ilusión”, que “para el afuera todo lo que sucedía en la secta debía parecer normal”, que el líder era “un gurú espiritual”, un “ser evolucionado” e incluso la “reencarnación de Jesucristo”, y por ese motivo las palizas eran “una bendición”.
Entre sus tantos métodos de tortura, electrocutaba los genitales de sus víctimas, las ahogaba en el inodoro y las violaba.
Nicosia tuvo 15 hijos con sus discípulas, dos con su mujer y otros más con sus hijas. Se refería a él mismo como “gurú”, el “líder supremo” y el “máximo líder”. A sus víctimas les pegaba con rebenque, les daba de comer comida para conejos balanceada.
La secta operaba en un hotel del centro de Mar del Plata. Las mujeres no podían salir ni siquiera ir al baño. Para evitar que lleguen al sanitario, el hombre compró un puma y lo puso afuera de la puerta para que nadie pudiese ingresar.