Profundo dolor

"Mi hija ha muerto": el poema de la mamá de la esposa del golfista Domínguez

María Victoria De La Mota Claverie, esposa del golfista argentino Emilio Domínguez, murió de dengue en San Luis. Su madre le dedicó un emotivo poema para despedirse.

Mi hija ha muerto: el desgarrador poema de la mamá de la esposa del Puma Domínguez
"Mi hija ha muerto": el desgarrador poema de la mamá de la esposa del Puma Domínguez, que murió de dengue

La muerte por dengue de María Victoria De La Mota Claverie, esposa del golfista argentino Emilio Domínguez, generó una gran conmoción en el mundo del golf. La joven tenía 33 años, y su madre le dedicó un emotivo poema en sus redes sociales.

El "Puma" se encontraba en plena disputa del torneo cuando tuvo que regresar por las complicaciones en el cuadro de su esposa, quien finalmente murió el sábado. Era diseñadora de indumentaria y tenía dos hijos.

El certamen continuó, pero los organizadores y el resto de los jugadores utilizaron una cinta negra en sus gorros e indumentaria a raíz el fallecimiento de la mujer. De La Mota Claverie y Domínguez estaban casados desde el 17 de diciembre de 2016.

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El poema de la mamá de María Victoria De La Mota Claverie

“Mi hija pequeña ha muerto.

Yo quiero ser llorando el hortelano de la tierra que ocupas y estercolas, compañera del alma, tan temprano.

Alimentando lluvias, caracolas y órganos, mi dolor sin instrumento, a las desalentadas amapolas daré tu corazón por alimento.

Tanto dolor se agrupa en mi costado, que por doler me duele hasta el aliento.

Un manotazo duro, un golpe helado, un hachazo invisible y homicida, un empujón brutal te ha derribado.

No hay extensión más grande que mi herida, lloro mi desventura y sus conjuntos y siento más tu muerte que mi vida.

Ando sobre rastrojos de difuntos, y sin calor de nadie y sin consuelo voy de mi corazón a mis asuntos.

Temprano levantó la muerte, el vuelo, temprano madrugó la madrugada, temprano estás rodando por el suelo.

No perdono a la muerte enamorada, no perdono a la vida desatenta, no perdono a la tierra ni a la nada.

En mis manos levanto una tormenta de piedras, rayos y hachas estridentes sedienta de catástrofes y hambrienta.

Quiero escarbar la tierra con los dientes, quiero apartar la tierra parte a parte a dentelladas secas y calientes.

Quiero minar la tierra hasta encontrarte y besarte la noble calavera y desamordazarte y regresarte.

Volverás a mi huerto y a mi higuera: por los altos andamios de las flores pajareará tu alma colmenera de angelicales ceras y labores. Volverás al arrullo de las rejas de los enamorados labradores.

Alegrarás la sombra de mis cejas, y tu sangre se irá a cada lado disputando tu novia y las abejas.

Tu corazón, ya terciopelo ajado, llama a un campo de almendras espumosas mi avariciosa voz de enamorado.

A las aladas almas de las rosas del almendro de nata te requiero, que tenemos que hablar de muchas cosas, compañera del alma, compañera...”.

Elegía, Miguel Hernández.

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