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En primera persona: el regreso a casa tras estar varado en Brasil, entre el miedo, las dudas y los héroes anónimos

En primera persona: el regreso a casa tras estar varado en Brasil, entre el miedo, las dudas y los héroes anónimos
La frontera entre Uruguayana y Paso de los Libres, el único acceso habilitado para regresar a la Argentina desde Brasil (Foto: archivo).

Un ruido distinto, inaudito, viene desde la calle. De repente, el sonido se detiene y se empieza a escuchar el himno nacional. Recién ahí caigo en la cuenta de que se trata de un “aplausazo”. Esa manifestación que vi en la televisión brasileña repetidas veces durante los dos últimos meses estaba ahí, delante de mis ojos. Y comienzo a llorar, mientras en mi cabeza repaso lo que acaba de concluir hace instantes: un viaje de más de 1.500 kilómetros por tierra en apenas 24 horas, que comenzó en Arvorezinha, un pueblo próximo a Porto Alegre, y finalmente nos trajo de vuelta a casa. Y, de la mano, una historia en donde primero aprendimos a abrazarnos al miedo y a la incertidumbre y luego a la esperanza. Todo, generado por una pandemia.

Miedo

Fue la primera sensación, la que activaba cada capilar cuando desde el “jornal” de Globo o Band daban las cifras de infectados y de los muertos, mientras las noticias que llegaban desde Argentina hablaban de una cuarentena lógicamente inflexible por el temor a copiar ese modelo que nosotros teníamos allí, muy cerca, aunque nos separaran kilométricos estados de distancia. De nada servía explicarles a familiares y a amigos que con mi esposa y mi hijo estábamos bien, que nos cuidábamos y tomábamos todos los recaudos; que esta suerte de desgracia planetaria nos sorprendió cuando visitábamos a mi suegro -mi mujer es brasileña- y que, en ese marco, lo mejor era permanecer allí a la espera de que el panorama se calmara. El miedo se traslucía en nuestras caras y flotaba implícitamente en cada pregunta o respuesta.

Solo la vital ingenuidad de Joaco, que veía en esa prolongada estadía en la casa del abuelo una oportunidad para hacer casi todo lo que se le antojara, nos sacaba de ese lugar sórdido. Hasta que por alguna puta razón se me ocurría pensar en qué podía pasar con él si mi mujer o yo nos enfermábamos, y que el seguro médico que nos cubría tenía una fecha de validez que inexorablemente iba a vencerse. Entonces, solo atinaba a buscarlo, abrazarlo y decirle “te amo”, mientras él se zafaba de los brazos para volver a jugar en la tierra.

Incertidumbre

Conscientes de que el momento y las circunstancias ideales -léase reapertura de aeropuertos- quedaban demasiado lejanos o difícilmente iban a cumplirse, finalmente tomamos la decisión de intentar el retorno a Buenos Aires, empujados también por ahorros que ya comenzaban a flaquear pese a la ayuda familiar. No obstante, ese paso nos metió de lleno en otro escenario: un océano de tantos interrogantes que disiparon rápidamente la sensación inicial de temor.

El deseo, el aura de gesta que envolvía buscar el camino de salida, comenzó a chocar con la falta de información, un personaje casi siempre presente en los momentos de emergencia. Así, mientras una respuesta automática de un correo de Cancillería parecía desbaratar cualquier esperanza de ayuda con una lista de recomendaciones que rozaban el ridículo (“sea prudente con el uso de los recursos económicos con que cuente para sobrellevar la emergencia”), desde distintos organismos oficiales chocaban opiniones sobre permisos, formularios a llenar y autorizaciones o resolvían quitar -de un día para otro- el servicio de micros que trasladaba a la Capital a aquellos argentinos o residentes que cruzaban a pie la frontera. La única certeza, a esa altura, era que el retorno solo podía concretarse vía terrestre a través del paso Uruguaiana-Paso de los Libres. Nada más.

Esperanza

Los rezos al viejo, a mi suegra que hasta hace unos meses habitaba esa misma casa que ya llevaba casi dos meses abrigándonos, se replicaban noche a noche. Pero estaba claro que para poder volver a poner un pie en ese entonces lejano departamento de Monte Castro que habíamos dejado hace tiempo necesitábamos algo más que fe.

Y de repente, el milagro (fueron dos, en realidad) ocurrió. Por un lado, la voz de una funcionaria, quien con apenas unos mensajes indicó con precisión y simpleza el único trámite a cumplir para circular desde el momento en que llegáramos a Argentina; por otro, la voz de un amigo, tal vez el personaje principal de esta historia; aquel con el que nos conocimos allá por 1996, como pasantes del diario Olé, y al que no veía desde hacía un puñado de años; el que tomó la decisión casi sin que se lo propusiera de recorrer más de 700 kilómetros de ida y 700 kilómetros de vuelta solo para irnos a buscar a la frontera; el que durante todo el viaje me remarcó que “cómo no voy a hacer esto por vos, Negro”; el mismo al que después de semejante travesía tuve que despedir con un saludo a lo lejos y no con un abrazo infinito para demostrarle que me faltarán años para reconocerle lo que acababa de hacer.

por Rubén Giedrys
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