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Cómo surgió la primera copa menstrual fabricada en Argentina

Cómo surgió la primera copa menstrual fabricada en Argentina
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Su historia. Hace más de 10 años, en 2008, Clarisa estaba haciendo un curso de meditación Vipassana. Un día, saliendo de una clase, una compañera le preguntó por qué seguía usando toallitas y tampones. Ella respondió que no sabría que más usar y su compañera insistió en que todos esos productos tenían sustancias químicas nada amigables con el cuerpo. “Ah, ¿entonces lo que dicen las publicidades no es verdad?”. Insistió Clarisa. Ese fue el primer quiebre en su relación con la menstruación. Cuando se iba, la chilena que iba a meditación con ella le gritó a la distancia “¡Usá la copa!”. “Yo me quedé como ‘¿de qué habla? ¿será un término chileno?’”. 

Clarisa Perullini es psicóloga clínica y también es la cofundadora de Maggacup, la primera copa menstrual argentina. La menstruación y lo que pasaba con el mundo adulto le generaron curiosidad desde chica. “Quería menstruar rápido, jugaba a que usaba toallitas y siempre estaba esperando a que eso suceda. Hasta que pasó, y con eso vino esa sensación de poco abrazo. Después no pasó mucho más”.

Unos años antes de arrancar el curso de meditación Clarisa empezó a laburar como psicóloga y docente y a coordinar un equipo de rehabilitación del FLENI con base comunitaria en barrios muy humildes de Escobar. “Trabajábamos con equipos interdisciplinarios sobre discapacidad y cómo hacer para detectarla y abordarla a tiempo en madres con bebés o hijos chicos. En esas rondas el tema que conectaba a muchos casos entre sí era el desconocimiento acerca de la sexualidad, de cómo habían quedado embarazadas, de cómo funcionaban sus cuerpos, cuáles eran sus ciclos, con quién compartían la sexualidad y el embarazo, etc.”, explica. 

Más allá de esos temas, a ella la sexualidad le parecía algo clave. “Todas esas mujeres venían de países limítrofes, no tenían el arraigo de la familia y encima acá se encontraban con un país y un modelo hegemónico que desconocía muchas de las costumbres y tradiciones que tenían, entonces se daban como cruces de culturas que no terminaban de encontrarse”. Esto la llevó a trabajar la sexualidad y el respeto de los ciclos con un grupo de colegas y también, a sus 27 años y por su experiencia en materia del tratamiento de la discapacidad, a desilusionarse muy rápido de los decisores de políticas públicas a nivel mundial.

Esa desilusión fue la que la llevó a meditar, y la meditación fue quien hizo que se encontrara con la copa. Al tiempo le preguntó a una amiga que vivía en Europa si sabía algo del producto y ella le contó que "las alemanas usaban una cosa que se llamaba ‘copa menstrual". A la semana de esa conversación tenía una copa en su casa. Clarisa no sabe si esa primera copa fue canadiense o no y si la consiguió en el 2010 o antes. Sí se acuerda de que se la puso sin leer el instructivo y “fue un horror”.

“La experiencia resultó pésima porque no tenía comunidad de impacto, no tenía con quién charlar, ni antecedentes ni nadie que me modele”. Tiempo después una amiga que vivía en Brasil le dijo que las toallitas no se biodegradaban ni se podían reciclar y le enseñó a usar la copa. “Fue increíble. Me resultó muy práctica y todos mis intereses previos sobre la menstruación empezaron a cobrar sentido. Ahí pensé por primera vez lo fantástico que sería que el producto se fabricase en la Argentina”.

Clarisa empezó a soñar con que esa idea se convirtieran en una fundación en la que mujeres en situación de vulneración social pudieran producir el producto conectando de manera positiva con la sacralidad de la sexualidad y a la vez generando para sí mismas una fuente de ingreso.

Cuando se puso a averiguar quién conocía la copa acá se encontró con Luciana Comes. Ella hacía producción y marketing y venía de haber vivido un tiempo en España, de donde se había traído copas para vender informalmente. Además, como venía del palo emprendedor, la asociación entre las dos no tardó mucho en darse. “Aunque no pudimos armar una fundación, a los 3 meses ya teníamos una S.R.L., dos años antes incluso de tener el producto desarrollado”.

Clarisa empezó a hacerse cargo de todo lo institucional y entre las dos arrancaron el proceso de certificación del producto a la par de su diseño y desarrollo. Empezaron a investigar potenciales mercados y participar de certámenes de emprendedores. Así ganaron una mención especial en el marco de los premios a las empresas con mayor impacto ambiental y social positivo durante el BiD Challenge Argentina 2012 y los Premios Mayma.

 “Hoy es un poco más mainstream, pero en ese momento de la menstruación no hablaba nadie más que los que vendían productos convencionales, que te mostraban sangre azul en sus publicidades. Porque cuanto más se negaba, más se vendía”. 

Ella y Luciana consiguieron que un matricero frenara su producción para inyectar un lote de aprox 200 copas y probar si su proyecto podía funcionar. “Nadie nos quería tomar porque esos son costos altísimos y nos tenían que cobrar el producto carísimo. Y nosotras lo hicimos todo muy a pulmón, con inversiones personales y sin ningún subsidio de ningún lado. Todo lo que ganamos fueron distinciones que nos premiaban con consultorías gratuitas más que nada. Fue una movida de mucha puesta de tiempo personal”.

En el 2013 -a los dos años de armar la S.R.L.- Clarisa y su socia quedaron embarazadas; y a los dos meses de parir a sus bebés “parieron” el primer lote de Maggacup, su copa. “Lo financió una mujer que conocimos de casualidad y sacó plata de un plazo fijo suyo para que produzcamos la primera tanda de copas. Después nos pidió que le devolvamos la inversión con stock del producto; fue una genia”. 

A su empresa le pusieron Cíclica porque su intención era comprobar si se podía remixar eso de la ciclicidad femenina en la construcción de una empresa y sus lógicas. Al poco tiempo las certificaron como Empresa B; o sea, como una compañía que además de ser sostenible financieramente genera un impacto ecológico y social positivo. A esa primera tanda de copas la vendieron al toque. Además hicieron un acuerdo con Banco de Bosques y por cada copa vendida preservan un metro cuadrado de selva nativa, que la ONG se encarga de restituir y conservar. “Eso se convierte en un parque nacional y no se puede vender a ningún particular. También trabajamos con la lógica One for One, por la que hay mujeres que compran copas para donar”, suma la psicóloga. 

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Luciana Comes y Clarisa Perullini, cofundadoras de Maggacup.

Hace poco, Clarisa empezó a trabajar con Yonofui, una organización que busca ayudar a que mujeres que están en situación de encierro puedan gestionar su menstruación. “Son mujeres que no tienen casi recursos, entonces o no usan nada o usan trapos o diarios; es muy denigrante lo que pasa en las cárceles”.

Las cofundadoras de Maggacup pasaron de vender 200 copas en cerca de un mes por venta directa, su Facebook y su tienda online a competir con un montón de alternativas. “Los movimientos feministas y ecologistas empezaron a abrazar esta movida y todo eso pasó en muy pocos años. Hoy hay una sensibilidad y una apertura que hace 5 años no existía”, dice una de las cofundadoras.

Según la psicóloga, a su producto lo ayudaron a crecer tanto faltantes sorpresivos de tampones en verano como la subida del dólar y el consecuente encarecimiento de las copas importadas. Sin embargo, después de casi 5 años de estar al frente de la empresa, en 2017 las dos decidieron en conjunto dar un paso al costado. “Mi socia llevaba las áreas de comunicación y comercial y yo llevaba más la institucional y de recursos humanos, estaba en la trama más interna. En un momento, como pasa en todo emprendimiento, tocó decidir si queríamos saltar o no a la categoría de empresa; algo que ya éramos en parte, pero yo veía que se venía un escenario mucho más competitivo”, cuenta Clarisa.

Además, dice, las empresas tradicionales empezaron a ver que las más jóvenes ya no estaban eligiendo la toallita y el tampón y “empezaron a jugar campañas muy sucias. Hubo espionaje y bichaje”, porque las mujeres de su edad (ella tiene 40) dicen que la copa es un asco, pero ellas van a dejar de menstruar en breve. “Nuestro mercado son las que van llegando, las que todavía no menstruan, y ellas ya vienen siguiendo el movimiento de la copa. Eso las empresas tradicionales no lo vieron venir”.

Al tiempo empezaron a llegar copas importadas de distintas partes del mundo. “Fue un momento bisagra, porque con mi ex socia sabíamos que si queríamos jugar en esa liga teníamos que saltar a otra dimensión del mundo empresarial y jugar con otros códigos y otra formación incluso. Había que profesionalizarse en el ámbito empresario y yo no tenía ganas, porque además a mí no me interesaba vender la copa, siempre me interesó donarla”, dice Clarisa. Cuando tomó distancia y se dio cuenta de a dónde había llegado su emprendimiento terminó de convencerse de que no quería seguir sosteniéndolo todo desde ese  otro lugar. Ahí decidieron en conjunto que era tiempo de que nuevas fuerzas y otras lógicas abrazaran a la empresa desde una dimensión más comercial y empresaria, “lo que le faltó desde un principio”.

Entre fines de 2017 y principios de 2018 su matricero -casi un socio más para ellas- las contactó con un contador que también producía sacaleches y en 3 meses le terminaron vendiendo su empresa. “Fue un visionario, porque hace dos años todavía no estaba claro si lo de las copitas iba a ser un boom o no, seguía siendo una incógnita”, cuenta Clarisa. Dos meses después él la llamó. “Me dijo que él había hecho la compra por su mirada empresaria pero que yo era el ADN de ese lugar y que quería que siga siendo la esencia, como una suerte de influencer interna. Por eso hoy sigo llevando el área institucional, laburando con la generación de contenidos y el sesgo y tamizando el olfato profundo”.

Además de encargarse de todo lo anterior, la cofundadora de Maggacup hoy asesora a su ex empresa en todo lo relacionado al management y trabaja en la creación de su primer sueño: una fundación, Cyclique, que busca visibilizar la vulneración del derecho a la dignidad menstrual de las mujeres por la falta de agua potable y recursos tecnológicos para su gestión, así como la caída de la mujer en el sistema educativo y todo el sistema en general por no tener recursos. “El objetivo es poner el tema en agenda y a través de varias actividades donar todo lo recaudado a Yonofui, que representa a mujeres en situaciones de encierro".

“La copa que se dona entra en un lugar en el que comulga y entrama con el otro y restaura el proceso comunitario que a mí me interesa sanar, ese quiebre”. Aunque Clarisa no lleva los números de la empresa asegura que ya hay una comunidad de entre 60 mil y 70 mil usuarixs que hoy por hoy usan la copa.‍

El dato. “Magga quiere decir camino del medio en un idioma de la India, que tiene que ver con el lugar que ocupa la copa. Porque al final es una alternativa. Hay mujeres que quieren conservar la toallita de tela o la esponja marina y otras que hacen free bleeding. Otras se suprimen la menstruación directamente. Y bueno, la copa entra justo en el medio. Hay mujeres que la usan porque ritualizan con la sangre, otras porque es barata y práctica. Se creó con ese ADN, el de buscar en esa diversidad un equilibrio sin fanatismos y respetando mucho a las mujeres; siempre viendo cómo se puede llegar a esos sectores más vulnerados”. 

por Caro Potocar @caropotocar
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