Terrorismo

A 20 años del 11 de Septiembre: las instituciones en declive y ¿la religión en alza?

Dos décadas luego del atentado que cambió al mundo, el debate entre la fortaleza de las democracias y sus instituciones sigue plenamente vigente.
Corresponsal de IPS
por Corresponsal de IPS |
Con la frase “Unidos contra el odio” estampada en sus camisetas

Con la frase “Unidos contra el odio” estampada en sus camisetas, unos niños participan en un acto a favor de la convivencia. (Foto: Rick Bajornas / ONU)

Descrito como el “peor ataque del terrorismo en la historia de Estados Unidos”, el 11 de septiembre de 2001 es un momento que ha provocado múltiples transformaciones, que se han extendido por todo el mundo.

El entonces presidente de Estados Unidos, George W. Bush, y su administración describieron los ataques a las Torres Gemelas y al Pentágono como un “ataque a la libertad”, un acto “diabólico”, y citó un pasaje bíblico en su primer discurso a una nación conmocionada, y más tarde describió la posición del país como “una cruzada”.

El lenguaje religioso era normal en la narrativa política de algunos líderes de Medio Oriente y de partes de África e incluso de América Latina. Pero se trataba de una demarcación interesante del discurso de los políticos del mundo occidental.

Estados Unidos se veía claramente como una fuerza del bien, y había una demarcación evidente de los atacantes como el mal. La mayoría de las naciones del mundo se solidarizaron con el dolor de una nación que muchos todavía perciben como un faro de libertad y democracia.

Pero una sucesión de decisiones militares y de política exterior por parte de la administración Bush y de las administraciones subsiguientes bajo cuatro presidencias diferentes, acabó efectivamente con esa simpatía, y provocó lo que hoy es una importante crisis de credibilidad para Estados Unidos.

Afganistán, a la que ahora se hace referencia como la “guerra más larga de la historia de Estados Unidos”, comenzó con fuerzas estadounidenses aliadas con señores de la guerra de dudoso historial humano, por no hablar de credibilidad, y terminó con una retirada que fue desgarradora y caótica, aunque bastante amablemente calificada de “sorprendente” por Estados Unidos y sus aliados de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN).

El trasfondo de la serie de decisiones de Estados Unidos es Guantánamo, descrita como “una hermosa isla soleada” por Donald Rumsfeld, el entonces secretario de Defensa. Guantánamo, símbolo de la voluntad de Estados Unidos de utilizar cualquier medio para contrarrestar el mal, ha dañado permanentemente la imagen que tiene de sí mismo Estados Unidos, al igual que sus intervenciones en Afganistán e Iraq, y la ya bastante absurda “guerra contra el terrorismo”.

El desmantelamiento del régimen de Sadam Husein en Iraq fue como un teatro, donde las Autoridades Provisionales de la Coalición tomaron una serie de decisiones catastróficas.

Estas acabaron por alimentar en toda la región árabe una serie de conflictos dentro de sus países y entre ellos, dieron un enorme impulso al sectarismo entre musulmanes suníes y chiíes que reverbera en todo el mundo, reconfiguraron la política de poder regional en el Golfo y crearon gradualmente un terreno fértil para los discursos misóginos y derechistas desenfrenados a nivel mundial.

El hecho es que, a pesar de las protestas civiles mundiales sin precedentes, las guerras continuaron. Estas guerras, y sus numerosas repercusiones en todos los rincones del mundo, incluida la propia legitimidad de la llamada “guerra justa”, narrada por muchos líderes religiosos dentro y fuera de Estados Unidos, acabaron provocando una pérdida de confianza en todas las instituciones políticas.

Ya sea el legislativo Congreso de Estados Unidos o los parlamentos de India, Brasil o Rusia, las instituciones políticas se enfrentan a una crisis de legitimidad y eficacia, y los partidos políticos, a nivel mundial, parecen virar de una fuente a otra de disonancia.

Ahora sabemos que la llamada “prensa libre” de Estados Unidos (y de otros países) participó activamente en la propagación de las mentiras sobre las armas de destrucción masiva de Iraq, entre otras muchas falacias, lo que contribuyó a que el mito de la objetividad de las instituciones mediáticas se fuera desmontando poco a poco.

Un mito que hoy en día se ha roto con la normalidad del fenómeno de las “fake news” o noticias falsas y de su víctima final, la “verdad”.

Las corporaciones empresariales ya son difamadas gracias a un escándalo lucrativo o medioambiental tras otro, y las instituciones financieras recibieron un golpe masivo con la crisis financiera de 2008 y sus consiguientes prodigios de libre mercado.

Los abusos sexuales a menores han sacudido a las instituciones religiosas más grandes y antiguas del mundo, y aunque muchos consideran que el actual Papa es redentor, el hecho es que la Iglesia católica no tiene hoy ni de lejos el mismo poder que tenía hace un par de décadas.

En su lugar, es una Iglesia, o una creencia, que ahora rivaliza fuertemente con los grupos evangélicos en muchos de los mayores países, y continentes, del mundo. El daño colateral de este declive de la legitimidad institucional es la reducción del espacio de la sociedad civil y la casi extinción de una forma de responsabilidad: los derechos humanos.

Mientras tanto, el interés por la “religión” y los llamados “valores” y “discursos basados en valores” está aumentando entre los responsables políticos, en las instituciones multilaterales y en los grupos de reflexión, tanto del Norte como del Sur.

El interés fue ciertamente estimulado por el miedo al “extremismo islámico”, que pareció emerger en la conciencia pública occidental con la indignación musulmana por una novela de Salman Rushdie, las caricaturas danesas y luego por Charlie Hebdo.

Pero luego creció para ser visto a través del prisma de Al Qaeda, que ahora palidece en comparación con el llamado Estado Islámico, Boko Haram, Al Shabab y más. Aunque se presta menos interés a otros actores políticos y militaristas de inspiración religiosa, también existen.

Pero este interés por los valores y el compromiso religioso hace que se preste más atención a los actores religiosos como “pacificadores”, “mediadores”, “constructores de la paz” y como socios humanitarios y de desarrollo.

Sobre todo porque vemos que las organizaciones religiosas atienden a las necesidades desesperadas derivadas de la epidemia del Covid y de las catástrofes naturales en todo el mundo. Este es un interés del que soy partidaria. Pero no debemos dejarnos cegar por él.

Este interés por parte de políticos y responsables políticos supuestamente laicos, si no es deliberadamente multirreligioso por naturaleza, intencionadamente orientado a dinamizar -y rendir cuentas- a una sociedad civil vibrante, y que consolida las plataformas multirreligiosas existentes (en lugar de intentar construir otras nuevas), puede ser una fuente de perturbación, inestabilidad política, una nueva industria de negocios y beneficios, y causar un daño general.

El auge de la “religión” en un mundo que se tambalea por el colapso de múltiples formas de legitimidad institucional es un arma de doble filo.

Algunos argumentos religiosos se utilizaron -y aún se utilizan- para vilipendiar y privar de derechos a los pueblos indígenas, para legitimar todas las formas de violencia -desde el régimen del apartheid, pasando por el nazismo y sus ramificaciones actuales, hasta las formas más atroces de violencia de género- y para justificar las guerras y los conflictos actuales entre los pueblos.

Así pues, la religión no es una panacea.

Pero para evitar un escenario en el que las religiones sirvan de forraje para nuevas ideologías del oportunismo, la injusticia y la violencia, es necesario que nos aseguremos de que se mantengan algunos de los legados del 11 de septiembre de 2001, es decir, la desconfianza en la infalibilidad de las instituciones, mientras se invierte el declive de la observancia de los derechos humanos como norma de justicia.

Nuestra salvación, y la de nuestro planeta, puede estar en la defensa de todos los derechos humanos. Ninguna religión, o institución religiosa, actor o líder, es dueño de este conjunto de derechos, o puede realizarlos por sí solo. Al igual que ningún gobierno puede hacerlo ni lo ha hecho. De hecho, llegamos a los artículos sobre Derechos Humanos precisamente dilucidando los valores comunes a todas las religiones.

Para que podamos defender todos los derechos humanos, debemos responsabilizar a todas las religiones y a sus instituciones y líderes de trabajar juntos, para servir a todos los pueblos.

Por Azza Karam, Secretaria General de Religiones para la Paz, una red multirreligiosa internacional.

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