Encierro extremo y una obsesión: la casa del horror en España
La casa, alguna vez propiedad del exfutbolista Markel Susaeta, se había convertido en una prisión: con persianas siempre bajas, máquinas de ozono para purificar el aire, paredes empapeladas con carteles que prohibían gritar y bidones vacíos de agua embotellada por toda la casa. El baño de invitados, según describieron, funcionaba como vertedero de pañales.
Christian Steffen, doctor en Filosofía y con experiencia laboral en el área de recursos humanos, también se encargaba de la educación de sus hijos. Convirtió una habitación en un aula improvisada, con juegos de mesa, libros y muñecos. “Era como una sala de estudios”, describieron los investigadores. A pesar de no ir a la escuela, los chicos sabían leer y escribir correctamente. En casa se comunicaban en inglés.
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El encierro, sostienen las autoridades, habría sido motivado por una obsesión con la salud derivada del COVID-19. “Estaban convencidos de que sus hijos tenían patologías graves y se iban a morir por la pandemia”, explicaron. Incluso llegaron a pedir al colegio que los chicos no volvieran a clases presenciales tras el confinamiento. La negativa institucional podría haber sido el detonante de la mudanza a España y del aislamiento total.
La investigación está en manos del Juzgado de Instrucción N°3 de Oviedo, que junto al Ministerio Fiscal dictó prisión preventiva sin fianza para los padres. Ambos están acusados de maltratos, abandono y detención ilegal. Además, se les retiró la patria potestad y la custodia de los menores, que ahora están bajo protección del Principado de Asturias.
Los niños serán sometidos a una evaluación psicológica para determinar el impacto del prolongado encierro en su salud mental. Según relató uno de los agentes que participó del operativo, al salir por primera vez al jardín y ver un caracol, los nenes “se volvieron locos, fliparon”. Un símbolo más de la brutal desconexión con el mundo exterior que padecieron durante años.