India: La historia de las mujeres sin rostro

Una crónica en primera persona que muestra la brutal situación de las mujeres quemadas con ácido en la India.
Kristel Freire
por Kristel Freire |
India: La historia de las mujeres sin rostro

Un amigo me dijo que tenía que escapar a un lugar donde no conociera el idioma. Sin pensarlo compré un ticket al sur de India. Escapaba de una tía que quería internarme en un manicomio en Nueva York. Pero esa es otra historia que algún día, cuando escriba sobre sexo, rock, cine y drogas, les contaré.

Llegué a Kochi, en el estado de Kerala, al sur de India. Planeaba encontrar el equilibrio en el Ashram de Amma, una gurú famosa que predica el perdón y los abrazos. Me di cuenta, al día siguiente, que el lugar estaba lleno de europeos hippies que buscaban tener una experiencia cercana al nirvana con pantalones holgados y camisetas de Punk is not dead. Traté, pero no pude conectarme con nada, así que me fui.

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No había planeado recorrer India, mucho menos hacerlo sola. Es decir, el país no tiene una gran reputación en temas de seguridad para mujeres, pero ya estaba allí y, ¿qué podía hacer?, ¿regresarme? Tomé un tren y empecé a recorrer las ciudades que tenían nombres que podía recordar.

Me saltaré casi todo el viaje, fueron varias semanas, un desmayo, una persecución, días sin rumbo en el Himalaya y un secuestro, para llegar a lo más importante: las chicas. En Mumbai, un conocido me contó sobre una fundación que atendía a mujeres quemadas con ácido. Yo quería ver, quería saber cómo ayudar, quería entrevistar y contar su historia.

¿Qué harías tú si mañana te despertaras sin cara? ¿Sobrevivirías a perder tu identidad? ¿Cómo llevas a cuestas un rostro nuevo que no te pertenece, que te impusieron los que se creyeron dueños de tu vida? Con la idea de reconstruirse empiezan una nueva vida las mujeres que han sido atacadas con ácido en India.

A Ritu le queda un ojo. Tres cuartas partes de una nariz pequeña. La carne de sus mejillas es blanquecina y arrugada, la textura podría confundirse con un papel de aluminio usado hasta el cansancio. La carne de sus brazos es igual a la de su cara, rugosa. Es huesuda y no tan alta. La tez morena de sus piernas contrasta con la franja amarillenta que nace en la planta de su pie. ¿Qué te pasó, Ritu? ¿Quién te hizo esto? Ritu sonríe con lo que le queda de labios. Se le pueden ver sus encías, sus dientes amarillos, su lengua un poco blanca.

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Sheroes Hangout café es una iniciativa de la fundación Chhanv para que las mujeres que han sufrido ataques con ácido puedan reintegrarse a la sociedad desde el trabajo

Sheroes Hangout café es una iniciativa de la fundación Chhanv para que las mujeres que han sufrido ataques con ácido puedan reintegrarse a la sociedad desde el trabajo

"El dolor fue extremo, yo gritaba y gritaba y la piel se me salía", dice Ritu con la voz quebrada, llevando sus manos a la cara, moviendo la cabeza de un lado a otro mientras recordaba el horror. Lo de Ritu fue un ajustes de cuentas por una propiedad en disputa. Su primo le echó ácido en la cara y brazos, le reclamó por la tierra que su familia supuestamente le debía a su padre, le dijo que ella no valía nada, la dejó moribunda y se fue sin mayores consecuencias.

El hermano de Ritu horrorizado la llevó al hospital, ella gritaba y lloraba, “¿por qué a mí?”. El dolor que uno siente cuando la piel está reventando y desprendiéndose es como de diez mil agujas calientes pinchando al tiempo. La cara se pone negra y luego los doctores tienen que raspar para quitar esa piel quemada y dejar en carne viva el rostro para que le crezca nueva piel.

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Yo giraba, como Cioran, en torno a la muerte. Y ellas exhalaban vida. "Ser mujer en India es jodido", me dijo Neetu. "Más jodido que en tu país. A mi padre no le gustaba tener que pagar por casarnos, así que una noche trató de matarnos a mi madre, a mi hermana y a mí. Mi madre tiene casi toda su cara. Mi hermana no sobrevivió, era más pequeña. Yo, en la mitad". Se rió.

¿Tu padre, preso?, pregunté, más como un deseo. "No. Está en casa, con mi madre", me dijo, como normalizando la situación.

Cuando terminó de hablar, volvió a reírse. ¿Cómo podía? ¿De qué corazón, de qué entraña saca esa fuerza para estar ligera?

Estaba viva, y para ella, eso no era un desgarro, era una celebración.

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