Una familia tratando de sostener lo insostenible
Según relataron fuentes cercanas a la familia, el primer episodio psiquiátrico de Leguizamón ocurrió hace casi dos años. En ese momento se interpretó como un pico de estrés. La medicación la estabilizó, pero la aparente recuperación fue apenas un alivio temporal.
“Leguizamón tomaba medicación para evitar estar en un mundo paralelo. Costaba levantarla de la cama. Bernardo trabajaba desde casa para que no se sintiera sola. Se podría decir que tenía un problema serio de depresión”, relató una persona que habló con Seltzer horas antes del hecho.
Hace apenas dos meses, Laura habría tenido una recaída. Su esposo, que trabajaba como analista en el mercado de granos, se lo confesó a un amigo: “al asumir su enfermedad, se deprimió más”. Buscaron ayuda profesional, y aunque una amiga psiquiatra le recomendó iniciar terapia, aún estaban esperando un turno en un centro de atención interdisciplinaria.
Pero ese turno no llegó.
La masacre: una reconstrucción minuto a minuto
El martes pasado, a las 13:30, la empleada doméstica que trabajaba para la familia ingresó al departamento del sexto piso y encontró una escena de horror. Uno de los hijos, Ian, yacía muerto en la cocina, con signos de haber intentado escapar. Su hermano, Ivo, fue encontrado en su habitación.
Los detalles que los forenses reconstruyen son espeluznantes:
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Ian tenía una herida punzante en el pecho, además de lesiones en la espalda, manos y brazos, signos de lucha desesperada.
Ivo presentaba heridas similares, con múltiples cortes en la espalda y marcas de defensa en los brazos. Se estima que cada uno recibió entre 10 y 12 puñaladas.
En el baño fue hallado el cuerpo de Laura Leguizamón. Estaba sentada sobre el inodoro, con heridas cortopunzantes en el pecho, nariz y rodilla. También presentaba una uña clavada en el cuello y restos de cabellos o pelusas en sus manos.
El cuerpo de Bernardo Seltzer fue hallado en su cama. Tenía múltiples puñaladas en el pecho derecho, y los investigadores creen que fue asesinado mientras dormía.
Una carta ensangrentada: las palabras finales
En medio de la cocina, junto a los restos de medicación, fue hallada una hoja tamaño oficio, escrita con letras de imprenta mayúscula y manchada con sangre. Las frases parecían fragmentadas, como pensamientos sueltos sin hilación lógica:
“Íbamos a la calle”.
“Les arruinaba la vida”.
“Con lo que iban a pasar, todo mal, muy perverso”.
“Fue mucho”.
“Los amo”.
“Lo siento”.
“Mis padres”.
Alrededor de estas frases aparecieron otras oraciones más pequeñas, aparentemente escritas con una caligrafía distinta. La teoría más firme de los forenses indica que Leguizamón, en medio de un brote psicótico, escribió tanto las frases principales como las secundarias, usando incluso su mano no dominante.
Medicamentos que no fueron suficientes
Lo más perturbador de esta historia no son sólo los detalles de la escena del crimen, sino la evidencia de que la familia había intentado contener la situación. Habían medicado a Laura. Habían organizado su vida para acompañarla. Y aun así, no fue suficiente.
La combinación de antidepresivos, ansiolíticos y antipsicóticos hallada en el departamento habla de un tratamiento complejo, posiblemente sin seguimiento profesional cercano. Una bomba a punto de estallar.
Reflexión final: salud mental sin redes
El caso Seltzer-Leguizamón reabre el debate sobre el acceso a la salud mental, el estigma que muchas personas todavía sienten al recibir un diagnóstico y la peligrosidad de convivir con patologías severas sin atención permanente.
Una familia atravesaba el infierno en silencio. Tenían medicación, sí. Pero no tenían redes suficientes. No llegaron a tiempo al consultorio. Y cuando el brote se desató, la mente de Laura Leguizamón fue un abismo del que no pudieron volver.