En ese sentido, Endi volvió a subrayar: “Si a vos te contratan, tenés que entrar a esa casa y cavar un pozo, es ocultamiento de cadáveres. No tiene nada que ver con la muerte. Entonces acá hay que ver bien los roles, bien los tiempos, y eso lo va a decir la tecnología, los teléfonos”. La repetición de sus palabras no fue casual: buscó instalar con firmeza la idea de que no todos los detenidos son autores materiales de los asesinatos, sino eslabones secundarios en una cadena de tareas perfectamente orquestada.
El abogado también reveló detalles de cómo se habría concretado el crimen aquella noche fatídica. Según su hipótesis, las jóvenes habrían sido utilizadas como “anzuelo” para atraer a un hombre vinculado con Lara, presuntamente ligado a un cargamento de droga de altísimo valor económico. “Las chicas como anzuelo para poder traer a la persona que estaba vinculada con Lara. Se ve que en ese momento, creo que las chicas entraron a las 11 de la noche, supongo que fue el momento que todo el mundo sabe, que han intentado decir a tu noviecito que traiga la plata o la droga porque vas a tener problemas, que sí, que no, que no, que sí, habrán empezado las torturas, el famoso video y las mataron”, relató Endi.
De acuerdo con esta versión, el asesinato no fue un acto impulsivo, sino un plan frío y calculado para enviar un mensaje dentro de las redes narco locales. La tortura habría sido el mecanismo de presión para obtener información o recuperar la droga perdida, mientras que la filmación —de la que ya se habló en la investigación— serviría como prueba interna para otros miembros de la organización, reforzando la lógica criminal de castigo y control territorial.
El momento más inquietante de sus declaraciones llegó cuando Endi lanzó una advertencia que heló la sangre de los presentes: “Y les voy a adelantar algo más. Va a haber más muertes. No queda otro camino. Así se maneja el narcotráfico. 400 kilos de drogas son 6 millones de dólares. Por eso tanta saña con la chica Lara”, sentenció. Su pronóstico no es producto de la especulación, sino de su interpretación de las reglas que rigen dentro de los mercados ilegales de droga: cuando hay un cargamento perdido de semejante magnitud, las represalias y ajustes de cuentas se vuelven inevitables.
Los dichos de Endi, más allá de su rol como defensor, ponen en evidencia que el triple crimen de Florencio Varela podría ser solo la punta del iceberg de una trama mayor, en la que convergen narcotráfico, traiciones internas, estrategias de ocultamiento y una violencia desbordada. La cifra de “400 kilos de droga” equivale a más de 6 millones de dólares, un monto que explica tanto la brutalidad de los asesinatos como la persistencia de amenazas en el entorno del caso.
En los pasillos judiciales, sus declaraciones encendieron un debate sobre hasta qué punto se trata de una defensa técnica o de un mensaje en clave dirigido a ciertos sectores del crimen organizado. Algunos investigadores interpretan sus palabras como una advertencia real, casi operativa; otros las leen como una estrategia para preparar el terreno de cara a eventuales cambios en la imputación de algunos de sus defendidos. Lo cierto es que su discurso coincidió con un clima enrarecido en el barrio, donde vecinos y allegados a las víctimas aseguran que la presencia policial se ha intensificado por miedo a nuevos ataques.
Otro aspecto que no pasó desapercibido fue su referencia al uso de tecnología y teléfonos celulares como piezas clave para reconstruir la secuencia de los hechos. Endi insistió en que la línea temporal —quién estuvo, a qué hora, y qué rol cumplió cada uno— será determinante para separar autores de cómplices. En la causa, los peritajes de antenas, mensajes y llamadas son actualmente uno de los pilares de la investigación, y podrían ser decisivos para determinar las responsabilidades individuales.
Mientras tanto, las familias de las víctimas siguen reclamando justicia y temen que la amenaza de “más muertes” no sea solo retórica. La crudeza con la que el abogado describió la lógica del narcotráfico dejó expuesta la fragilidad de la situación: si realmente hay un cargamento millonario perdido, la violencia podría escalar incluso fuera del alcance de la justicia formal.
Dentro de este complejo entramado, Víctor Sotacuro y Florencia Ibáñez, defendidos por Endi, son dos figuras clave. Sotacuro aparece mencionado en varios testimonios como uno de los supuestos nexos logísticos entre los autores materiales y los encargados de las tareas de ocultamiento. Ibáñez, en cambio, habría tenido un rol más periférico, aunque aún no se descarta su participación activa. La estrategia de Endi apunta claramente a desligarlos de la autoría directa, marcando diferencias entre matar y colaborar después del hecho.
El impacto de sus palabras fue tal que incluso fuentes de la fiscalía reconocieron que la advertencia sobre futuras muertes no puede ser desestimada, aunque aclararon que por el momento no hay elementos objetivos que indiquen amenazas concretas a testigos o familiares. Sin embargo, en el contexto del narcotráfico, donde las represalias suelen ser rápidas y brutales, cualquier pronóstico de ese tipo es tomado con extrema seriedad.
La investigación, por ahora, continúa con la reconstrucción de la secuencia de la noche del crimen, el análisis de los teléfonos y la búsqueda de vínculos entre los distintos detenidos. Pero lo que era un triple femicidio atroz, ahora aparece enmarcado dentro de una red criminal compleja, con ramificaciones que podrían ir mucho más allá de Florencio Varela.
La frase final del abogado, “va a haber más muertes”, resuena como un eco inquietante que atraviesa todo el expediente. No se trata solo de esclarecer quién mató a Brenda, Lara y Morena, sino de entender qué fuerzas operan detrás de ese acto, qué mensajes se intentaron enviar y, sobre todo, qué otros hechos podrían desencadenarse en los próximos meses si las autoridades no logran desarticular a fondo la estructura criminal que se esconde detrás de la masacre.