Su salida dejaba un bache importante: no había nadie que pudiera hacerse cargo políticamente de este conflicto porque se necesita alguien con cierta espalda que ningún otro funcionario tiene. Ahí entra a jugar Diego Santilli, vicejefe de Gobierno que ya actuó como bombero en otras situaciones tanto de este gobierno porteño como del nacional: fue nexo con Moyano, nexo con los radicales, negociador con gremios, negociador con movimientos sociales, actuó frente al conflicto del Buenos Aires Design, maneja algunos temas de espacio público… todos asuntos en los que tiene poco para ganar y mucho para perder.
Al asumir esta bomba de tiempo (como es la seguridad en cualquier distrito de la Argentina) se adquiere un problema institucional adicional: cuando algo falla en un área, el ministro responsable renuncia. ¿Qué pasa si falla el vicejefe de gabinete? ¿Quién actuará como fusible? ¿Estaría obligado a renunciar como pasó con Ocampo?
Lo que está en el fondo de la cuestión es cómo trabaja la
gestión de un jefe de gobierno excesivamente personalista (una topadora, por
cierto) pero que tiene serias dificultades a la hora de hacer crecer a sus
propios funcionarios.