¿Cuánto tenemos que ver -con esa realidad- aquellos que tenemos la responsabilidad de estar frente a un micrófono?
¿Cuánto tienen que ver los periodistas que jugaron con fuego al juego siniestro de la “grieta” y ahora alzan sus voces esquivando una responsabilidad ineludible?
¿Cuánto tienen que ver los dirigentes (kirchneristas y macristas), los de un lado y del otro en ese país radicalizado?
Está claro que muchos de esos políticos y muchos de esos comunicadores que curten la grieta ven en esa polarización una oportunidad electoral o un negocio.
Una mezquindad más.
Una de tantas.
No tengo dudas de que hay un caldo de cultivo rancio. No es tiempo de cargar las tintas, ni de seguir generando polémicas, pero la capacidad que tienen algunos de hacerse los distraídos es fenomenal.
Una advertencia importante: ahora la sociedad argentina ya está curtida. De un tiempo a esta parte, y poniendo blanco sobre negro, ya se sabe quién es quién. Está claro (y cada vez más claro) cuáles son los políticos que participan del debate público aportando algunas ideas genuinas y cuáles están simplemente contribuyendo generosamente a este clima enrarecido.
Ese caldo de cultivo se advierte con mucha claridad en varios aspectos.
En los discursos irracionales.
En las expresiones de odio.
En los memes que se viralizan.
En las audiencias que se radicalizan.
Y cuando esto pasa, surge en los medios de comunicación un “status quo del éxito” que está íntimamente relacionado con los discursos de odio. Esa fórmula nefasta supone que cuanto más te radicalizas más audiencia tenés y cuanto más te moderas menos identidad logras. Falso. Ridículo. Inaceptable.
Ojalá todo esto sirva para buscar un debate más sincero que permita abordar la desigualdad que tenemos desde hace varios años.
Sin expresiones de odio, sin discursos irracionales, sin audiencias radicalizadas.