A Claudio y Claudia, Macri les muestra a Pichetto… como símbolo de orden y como símbolo de que tendrá en su equipo a un peronista que conseguirá sacar del Congreso las leyes difíciles. Le muestra el acuerdo con la Unión Europea y hasta le ofrece la posibilidad de un acuerdo de Libre Comercio con los Estados Unidos. Claudio no puede viajar seguido a Miami (quizás no viajó nunca) y le gustaría comprar los productos que se consiguen allá a ese precio.
A diferencia de 2015 donde prometía “gradualismo” y “mantener lo bueno”, ahora Macri se muestra tal cual es. Simplemente necesita reenamorar a Claudio y a Claudia. Pichetto no es la derechización de Macri sino la supuesta garantía de que podrá cumplir sus promesas.
Los baches de la grieta
El problema es que ambos discursos tienen una fisura. Siguen siendo promesas de campaña vacías cuyo cumplimiento está lejos de ser automático. Claudio, más o menos informado, lo sabe. Y su decepción puede ser doble cuando el 11 de diciembre se encuentre con un gobierno -el que sea- atado de pies y manos.
Pichetto es la garantía de la gobernabilidad. Pero la fortaleza de Pichetto estaba en ser un mediador entre intereses ajenos. Nunca trabajó sobre los intereses propios. Su rol era contener las demandas de sus senadores cuando era el jefe del bloque del oficialismo y disciplinarlos a la hora de la votación; su rol fue el de coordinar las expectativas de los gobernadores (y sus senadores) siendo oposición para poder llegar a un resultado conjunto.
Pichetto trae peronismo pero también trae a la vieja política. No gustó en el PRO la reunión que tuvo con los exsenadores peronistas implicados en las coimas del Senado en 2001, adelantada por A24.com. Varios de ellos se habían anotado para ir al encuentro de Juntos por el Cambio en Parque Norte este miércoles. Les tuvieron que pedir que devolvieran las pulseritas, no vaya a ser que espanten a Claudio y a Claudia.
Las promesas de Dujovne en el exterior (“Ahora sí se vienen las grandes reformas”) que coinciden con algunas demandas de Claudio, difícilmente puedan ser cumplidas: Juntos por el Cambio se va a enfrentar a un Congreso mucho más duro que el que tuvo Cambiemos. No solo empeorarán sus números totales sino que tendrán enfrente a una oposición mucho más radicalizada.
En Diputados, ya no van a contar con su principal articulador, Emilio Monzó. Nota al pie: Monzó mandó a constituir estos días la Comisión Bicameral del Defensor del Pueblo, que estuvo vacante todo el año. ¿Monzó querrá ser defensor del pueblo en el próximo gobierno? El rol le corresponde a la oposición.
Por el lado del kirchnerismo, las promesas de moderación también aparecen como difusas. Alberto tiene dificultades para coordinar la campaña o para trazar un discurso unificado. Cuando habla de los “errores del pasado” es castigado por los sectores más duros de La Cámpora; cuando se cristiniza pierde a los independientes para el fastidio de ciertos consultores que le dicen que deje el discurso del “vamos a volver”. Aunque también en el espacio están preocupados por cuestiones un poco más básicas que la elipsis discursiva: en el bunker de Alberto esta semana no anduvo la calefacción y no se sabe quién es el responsable de arreglarla. Todo tiene que ver con todo.
Si estos problemas aparecen en la campaña, ¿qué va a pasar cuando lleguen al poder y tengan que decidir sobre cuestiones reales? ¿Va a tener que pedirle permiso Alberto a Cristina para tomar las medidas que considere? Domingo Peppo (gobernador de Chaco) habló a solas a Alberto después del almuerzo con todos los mandatarios provinciales de la semana pasada. Le pidió que lo ayude a poder pegar su candidatura a senador a la boleta de los Fernández. Alberto le prometió “hacer una gestión”. Tiene que consultar.
Estos problemas prácticos que se observan en los dos principales partidos con chances de llegar a la presidencia, también se replican en partidos menores.
Roberto Lavagna todavía no logra resolver la interna entre quienes le financian la campaña y sus necesidades familiares: Techint, Luis Barrionuevo, el sindicalista Daniel Amoroso y Matías Tombolini (funcionario del gobierno de Larreta) pujaron por lugares en las listas porteñas que debían ser lideradas sí o sí por Marco Lavagna. No se logró acuerdo y todavía hay impugnaciones cruzadas en torno a esa interna.
A José Luis Espert le está costando caro aprender. No solo se quedó sin partido 24 horas antes del cierre de listas. La semana pasada se le bajó su candidata a jefa de gobierno de la Ciudad, Mariquita Delvecchio, esposa de Carlos Maslatón un referente ultraliberal que supo ser dirigente de la Ucede de Alvaro Alsogaray. Dijo que se bajaba para cuidar su empleo.
Y recién esta semana se sabe si podrán mantener a su candidato a gobernador en la provincia, el excoalición Cívica Guillermo Castello. Siguen en las batallas jurídicas con el partido de Assef. Por si fuera poco, el periodista Roberto Cachanosky salió a denunciar que los lugares en las listas se compraban poniendo plata para la campaña. Gesto coherente en un candidato que sostiene –filosóficamente- que el mercado regula todo.
La izquierda, que esta vez logró la mayor unidad posible, tuvo un tropezón ideológico: el histórico líder del PO, Jorge Altamira, salió a denunciar que lo querían echar del partido por diferencias conceptuales: él quería militar en la campaña con la consigna “Fuera Macri” y los candidatos dicen que eso es funcional al kirchnerismo.
Trump, Bolsonaro, el Brexit, los caídos acuerdos de paz en Colombia… El discurso antipolítica excede a la Argentina. Y no necesariamente es un discurso de derecha. En España, por ejemplo, el fenómeno de los indignados derivó en el partido Podemos, más cercano el kirchnerismo.
En todos los casos lo que se observa es lo mismo. Cierre de fronteras y protección de intereses individuales. En la Argentina tendría otros matices. Los electores, los Claudios y Claudias, tienen que votar así a ciegas. Entendiendo que ambos espacios les proponen un cambio pero sabiendo, en el fondo, que todos le mienten.
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