Si algo quedó en claro en estos días es que el país tiene un liderazgo indubitable: el de Mauricio Macri. Él toma las decisiones y los ministros son apenas poleas de transmisión. ¿Qué piensa realmente Marcos Peña, el jefe de Gabinete, sobre la situación del país? No lo sabemos. Peña es un técnico que embotella o repite el libreto que Macri elabora. Si en campaña Macri es permeable a los consejos de sus asesores, en la gestión el rumbo lo marca él.

Los excesos de confianza que le vemos transmitir a Marcos Peña en cada aparición televisiva no le pertenecen: son los excesos de confianza de Macri. El mismo que creía que, con su sola presencia, haría llegar una “lluvia de inversiones”; el mismo que creyó que con su sola aparición pública anunciando un nuevo acuerdo con el Fondo haría bajar el dólar.

El mismo Macri que cree que con su aura puede dar confianza del nuevo rumbo que tomó la Argentina. Un acuerdo con la oposición no sería necesario entonces. Macri repite una y otra vez que “los argentinos elegimos un nuevo camino”. Aunque luego en la práctica el colectivo “los argentinos” es bastante difuso. Las victorias electorales de Cambiemos se explicaron siempre por la negativa al kirchnerismo más que por la adhesión al ideario macrista.

Ideario, por cierto, que nunca fue del todo explicitado por consejo del pragmático y brillante asesor Jaime Durán Barba. Igual, ningún ciudadano puede sentirse engañado, los objetivos y lineamientos siempre estuvieron claros para quien quisiera ver.

Así como en su momento Macri encontró en Durán Barba a alguien que le agregó pragmatismo para hacer política electoral, hoy necesita un pragmático en política económica. Ni sus recetas ideológicas ni su exceso de entusiasmo parecen estar funcionando.

Creer que se puede crecer a partir del consumo en un circuito cerrado no funcionó en ninguna parte del mundo”, dijo ayer Marcos Peña en el Consejo de las Américas. Uno de los dogmas que parecen incuestionables en el macrismo: es la inversión y no el consumo. Es probable que en el largo plazo sea así; en el corto plazo sin consumo es imposible reactivar la economía.

“Somos el país que más veces ha mentido y engañado al resto”, insistió Peña. El otro dogma: debemos mantener el rumbo a rajatabla para dar previsibilidad. Es probable que a largo plazo sea así; en el corto plazo quizás hay que hacer alguna corrección.

La prioridad del Gobierno en este momento debería ser sostener la gobernabilidad. Por encima de cualquier dogmatismo económico.

Para eso es fundamental un acuerdo mínimo con la oposición. Eso implica ceder en algo las pretensiones programáticas del Gobierno del PRO.

Mientras tanto, el peronismo tiene la oportunidad histórica de demostrar que puede ser una oposición responsable. Hasta ahora demostró poco y nada: convocatoria a paro general, gobernadores charlando con presidenciables, convocatoria a cacerolazos, un expresidente (que nunca ganó en las urnas) saliendo a agitar y Sergio Massa apareciendo por primera vez en meses para dictar lineamientos de política económica: “Argentina no puede seguir con mercados abiertos indiscriminados”, dijo. No habló de un eventual apoyo al Gobierno en este difícil momento institucional.

Mientras el kirchnerismo sigue organizando cacerolazos, no hubo una voz opositora que se pusiera a disposición del Gobierno para colaborar. Pura especulación en el peor momento.

La Argentina necesita que sus dirigentes se pongan de acuerdo para salir de esta crisis. La responsabilidad primaria de esto es del Gobierno. Pero la oposición no puede mirar para el costado. Las consecuencias de esa falta de acuerdo la pagarán muchas generaciones.