La Jungla del Poder

La gobernabilidad de Alberto y el timing de Larreta: cómo enfrentar la segunda ola sin nuevas vacunas a la vista

No está programada la llegada de más dosis. Alberto sufre el fuego amigo. Larreta intenta retomar el liderazgo opositor.
por Pablo Winokur | 01 de mayo de 2021 - 02:38
Alberto Fernández

Alberto Fernández, al recibir en Ezeiza el último cargamento de un millón de vacunas de Sinopharm (Foto: Télam).

La Argentina enfrenta ahora el peor momento desde que empezó la pandemia. Es cierto que la curva de casos se “amesetó”, pero la cantidad de contagios diarios sigue siendo demasiado alta para estar tranquilos. La ocupación de camas de terapia intensiva supera el 80% en el AMBA, el tiempo de permanencia en esas camas es cada vez más alto y no hay chance de aumentar la capacidad porque no se forman intensivistas en dos meses.

Pero el verdadero drama es que el país se quedó sin las dos principales herramientas para hacer control de daños: no puede aplicar restricciones por la larga cuarentena de 2020 y se quedó sin vacunas. A todo esto se le suma una inédita crisis política.

¿Por qué nos quedamos sin vacunas?

  • Esta semana llegó el último millón de China. No van a mandar más hasta que ellos inmunicen a toda su población, en julio. La buena noticia es que se va a producir la Sinopharm en la Argentina (otra vez, laboratorios de Hugo Sigman) pero no va a ser en el cortísimo plazo.
  • Las 900 mil dosis prometidas para abril de la vacuna de AstraZeneca están en un limbo, estancadas entre México y la Argentina. Ahora dicen que van a estar en junio. Falta una vida.
  • Las 580.000 de AstraZeneca-Covishield (de la India) también se frenaron por la crisis sanitaria de ese país.
  • Las negociaciones con Pfizer y Jenssen avanzan a paso lento.

La única esperanza es la Sputnik V y que los rusos sigan mandando. Está la promesa de los laboratorios Richmond de que a partir de junio van a estar produciendo un millón por mes. Pero todavía está verde. Fuentes del sector dicen que la empresa no tiene todavía la capacidad instalada para hacerlo.

Sin vacunas a la vista, solo quedan las restricciones para bajar la circulación y bajar los contagios. Pero esas medidas hay que dictarlas con muy poca autoridad política y sin plata. Alberto optó por la opción más barata: mantener abierta la economía y cerrar las escuelas. En el medio, quedó metido en un conflicto político que se sabe cómo empieza, pero no cómo termina.

Y sin querer, levantó el peso específico de quien hoy aparece como su máximo rival: Horacio Rodríguez Larreta, que en las últimas semanas elevó su perfil “presidenciable”…

Larreta mide los tiempos

Horacio Rodríguez Larreta –dicen- está convencido de la importancia de defender la bandera de la educación. No es una especulación política, sino una convicción profunda. Así lo describen en su entorno, cuando defienden la posición de su jefe en torno a las clases presenciales. Y aclaran que cuando toma la decisión de seguir adelante con este tema, no la consensua con nadie: ni con Macri ni, mucho menos, con Patricia Bullrich.

Horacio está otra vez en un buen momento con Macri. Quedaron atrás algunas viejas peleas de la época de Macri presidente. En esta etapa se entienden mejor porque se ven reflejados: Macri también tuvo que enfrentarse al kirchnerismo siendo jefe de gobierno porteño.

Se ven o hablan cada dos semanas y Horacio lo reconoce como el fundador del espacio. No va “a hacer parricidio”. Eso sí, cree que a los expresidentes hay que buscarles un rol para que no terminen todos en Comodoro Py: “Sea Macri o sea Cristina”, repite. La frase es una muestra de reconocimiento y de institucionalidad. Aunque también es la explicitación de que Macri es como el viejo jarrón chino de la abuela: todos dicen que es importante, pero nadie sabe dónde meterlo.

“Al hombre que hizo de la gestión un culto, lo metieron en la pelea política”, describe la situación actual un integrante de su entorno. Horacio va a seguir con el perfil de no confrontar e insiste en que el peor problema que tiene este país es la grieta. Nada nuevo: lo mismo dijeron Macri y Alberto, y los dos terminaron usándola para subsistir.

“Es distinto, basta ver quiénes integran hoy la coalición de gobierno de la Ciudad”, dicen los que creen en Horacio. Señalan que el gran error de Macri fue no haber sido más amplio en su coalición de gobierno a la hora de gestionar. Por eso, Larreta integró a las reuniones de gabinete a los líderes de los espacios que integran su frente porteño: Lousteau; Coalición Cívica; UCR; Confianza Pública, de Graciela Ocaña; Roy Cortina, del socialismo… Todos fueron opositores en algún momento y él logró unificarlos.

A Larreta no le queda otra que estar bien con Macri. Quiere ser presidente y necesita que Mauricio por lo menos no le dé un apoyo explícito a Patricia Bullrich, que aparece en el horizonte como la otra precandidata potable dentro del espacio del PRO. Bullrich tiene una ventaja: no tiene nada que perder ni se va a hacer cargo de ninguna de las tragedias que pueda dejar la pandemia. Hasta se dio el lujo de criticar el viernes a Larreta por pasar a las secundarias a la virtualidad, algo que cayó muy mal puertas adentro.

Entre ellos, según Horacio, no están mal. Patricia no dice lo mismo. Igual, se juntan y hablan más seguido de lo que se piensa. Por supuesto, no está la confianza que hay con María Eugenia Vidal, la tercera presidenciable del espacio. Y las miradas estratégicas son siempre distintas.

Según funcionarios del gobierno porteño, Horacio tiene una ventaja con respecto a Alberto. Manda en la Ciudad y no le tiene que pedir permiso a nadie. En La Rosada, en cambio, están más complicados.

Cortocircuito amigo

Hacia el fin de semana se dio en el Gobierno una situación de lo más extraña. Desde el verano existía un consenso hacia adentro del Ejecutivo de que era importante actualizar las tarifas de electricidad que venían congeladas durante todo el gobierno de Alberto y el tramo final de Macri. Con una inflación promedio del 40% anual, difícil sostener las mismas tarifas.

Hubo intentos de actualizarlas hacia fin de año pasado, pero el ministro de Economía, Martín Guzmán, decidió que no era bueno pisar la incipiente reactivación económica. Lo pasó para marzo. Pero en marzo se topó con la mirada política: no se pueden aumentar tarifas en años electorales. La orden bajó desde el Instituto Patria.

Guzmán se dispuso a avanzar igual. Contaba en su equipo con el secretario de Energía, Darío Martínez, también alineado con su estrategia de aumentos. Pero tenía la traba del subsecretario de Energía, Federico Basualdo, hombre de Cristina Kirchner.

En distintas reuniones del gabinete económico se planteó la necesidad de removerlo. Además, había problemas que no tenían que ver con la mirada ideológica: “Parece que lo de ‘funcionarios que no funcionan’ es solamente cuando es en nuestro campamento”, se quejaba un funcionario harto de la metodología del Instituto Patria.

La gota que rebalsó el vaso llegó hace unos días, cuando Basualdo desautorizó el aumento de tarifas que habían planteado Guzmán y Martínez. Había que desplazarlo. Guzmán lo habló con el jefe de gabinete, Santiago Cafiero; Cafiero lo habló con el Presidente y obtuvo el aval para tomar la decisión. El llamado final quedó en manos de Darío Martínez.

Hasta acá nada raro: un subsecretario echado por un secretario con aval de sus jefes. El problema fue que unas horas después, desde el Instituto Patria salió un extraño comunicado explicando que nadie le había pedido formalmente la renuncia a Basualdo y que el funcionario seguía en funciones.

En el entorno íntimo de Cristina Kirchner y Máximo Kirchner dejaron trascender no solamente que Basualdo no iba a ser desplazado, sino que el aumento de tarifas no iba a superar el 8% y que solo iba a ser uno en el año. Economía había anunciado un aumento del 9% en mayo y uno más –probablemente otro 9%- en la segunda mitad del año.

¿Cómo terminó la historia? El viernes por la tarde, jefatura de gabinete avisó que Basualdo se quedaba. A la noche se publicó en el Boletín Oficial el aumento del 9% que quería Guzmán.

Como sea, está claro que Guzmán dejó de ser el ministro favorito de Cristina Kirchner. En el entorno de la vice lo acusan de “tibio” y lo cruzan por ser un obstáculo a la hora de poner incentivos económicos (léase, IFE y ATP) para que la gente se “quede en casa”. También le critican la tibieza en las negociaciones con el FMI.

Recientemente, el bloque de senadores del Frente de Todos –que no mueve un dedo si no lo pide Cristina- presentó un proyecto de declaración para pedirle a Guzmán que use para gasto Covid unos fondos que liberaría el FMI para países emergentes. Son pedidos que usualmente hace la oposición y no el oficialismo.

En el medio, otra vez se pone en duda la autoridad presidencial. Si no puede echar a un subsecretario, ¿qué le queda para las decisiones realmente difíciles?

La autoridad en jaque

Alberto decretó que algunas zonas de “alarma” del país van a tener que aplicar restricciones especiales, entre ellos el cierre de clases presenciales. Ciudad no lo aplica y Mendoza tampoco. Santa Fe (que tiene a Rosario como zona de alarma) por ahora duda: decide el domingo a la noche. Córdoba, con 2000 casos diarios, ya avisó que no se suma.

El kirchnerismo lo presiona para que no ceda. Igual, lo critican porque quieren que cierre más actividades. En su gabinete nadie defiende la decisión de las clases puertas adentro. Hay desconcierto por el "no-decreto" del viernes pasado: una prórroga de las medidas anteriores que en la práctica no cambia nada.

Alberto mandó el proyecto al Congreso para que le deleguen facultades en materia sanitaria. No quiere que nadie desafíe su autoridad y siente que la crisis del “chat de mamis y papis” lo pone en jaque.

En el Senado el Frente de Todos tiene mayoría absoluta. ¿En Diputados puede decir lo mismo? ¿O se enfrentará a una nueva 125?

Otra vez, el peor de los escenarios: segunda ola, sin vacunas, sin cuarentena posible, sin plata y sin autoridad política. Un combo explosivo del que nada bueno puede salir.