En el barro

Sergio Massa: entre la expectativa por su ministerio, el "quilombo" por Cristina Kirchner y las dudas sobre el presidente

El Formato Massa ya está en movimiento. En principio, necesita más tiempo que dólares. Entre la condena de su garante y la buena onda de Moria Casán. Factor Alberto.
Edi Zunino
por Edi Zunino |
Sergio Massa asume como ministro. El abrazo con Alberto Fernández (Foto: presidencia)

Sergio Massa asume como ministro. El abrazo con Alberto Fernández (Foto: presidencia)

Ya está el acuerdo, está el equipo y están los primeros anuncios… El "Formato Massa" es, ahora, una construcción gubernamental que se debe ir moldeando entre las raspaduras del establishment en todas sus escalas, las urgencias del mundo del trabajo y el desempleo, el escrutinio del Fondo Monetario y los tironeos de la oposición. Todos saben que la operación requiere tiempo. Nadie siente que tenga tanto para darle, aunque la mayoría -por ahora- deja correr la idea de que hay predisposición de no hacer olas hasta fin de año. Ya veremos.

Por lo pronto, no deja de sorprender el nivel de desguace interno que sigue distinguiendo al Frente de Todos:

  • Sergio Massa, en su nueva posición súper poderosa, parece significar un respiro, sobre todo, gracias a la mezcla de pánico y expectativas resumida en el párrafo anterior.
  • Sin embargo, pese a dicho guiño de calma institucional, el kirchnerismo duro promete que “si la tocan a Cristina va a haber quilombo”, cuando quien la está por “tocar” es otro poder de la Nación: el Judicial.
  • En tanto, la escena parece haberse quedado sin el Presidente, al menos en su rol de mando.

Esta especie de parlamentarismo de facto en que ha ingresado la Argentina fue ratificado por el virtual Primer Ministro. Massa prometió que va a regresar al Congreso Nacional todas las veces que haga falta para consensuar un paquete de políticas de Estado que permita pensar el país, al menos, con ciertas ansias de mediano plazo.

Se trata de un plan de aquietamiento, no de estabilización. Digamos que es ortodoxo en la táctica y heterodoxo en la estrategia, lo cual puede ser entendido como un regreso al “estamos mal, pero vamos bien” de los 90. De nuevo: el factor más oneroso, por lo escaso y determinante, pasó a ser el tiempo.

Para nada quiere decir que ya hayamos visto esta película. Las últimas veces que tuvimos súper ministros de Economía, veníamos de estallidos sociales y derrumbes institucionales, a los que sobrevinieron presidentes fuertes. Ahora, la sangre no llegó al río, el encargado del asunto es un político -no un economista- y la fortaleza no vendría a ser la característica esencial de Alberto Fernández.

En principio, la tarea central de todos los secretarios massistas es convertirse en piezas de una aspiradora de dólares, que el propio funcionario va manejar saliendo, incluso, a recorrer el planeta con la mano extendida. Y no sólo, claro, en señal de buena voluntad.

Antes de eso, la apuesta es política. En un clima social donde, de golpe, mandan los escraches a troche y moche -a Ginés González García, a Patricia Bullrich, a Juan Grabois…- lo más difícil es generar buena onda. Eso se hace comunicando no sólo decisiones administrativas, sino, acaso y, sobre todo, los momentos, las situaciones o las circunstancias agradables que a la dirigencia le cuesta tanto transmitir. Digamos que hasta Moria Casán puede formar parte de ese dispositivo. Su presencia en la asunción de su “yernastro” fue la nota de color en la tarde de este miércoles 3 de agosto.

Donde no reina la buena onda es en lado cristinista de la coalición oficial. El alegato del fiscal en el caso de la “asociación ilícita en la obra pública” reabrió el morbo de la oposición y relanzó el discurso amenazante de La Cámpora.

Escapa a este análisis quién tiene la razón. Hay elementos para confirmar las oscuridades del Caso Lázaro Báez y los hay para convencernos de que la Justicia es una zona híper politizada. Sí es notable hasta qué punto de ruptura llegó el vínculo entre los distintos poderes del Estado, superpuestos en sus funciones y mutuamente amenazados como están. En medio de semejante berenjenal, la persona imprescindible para que Massa se vea respaldado y creíble resulta ser la misma que puede terminar condenada en breve. Somos esclavos de las paradojas.

¿Y el Presidente? Por el momento, la única conclusión tajante que se puede sacar de esta verdadera novela de enredos es que el pretendido “albertismo” ya no va a despuntar.

Más víctima de sus propios desatinos que de los demoledores desprecios ultra K, Alberto Ángel Fernández se siente aliviado sólo de pensar que, como mínimo, todo este enroque de funciones le permitiría ser quien entregue la banda celeste y blanca el 10 de diciembre de 2023.

¿Sergio Tomás Massa puede aspirar a esa consagración? Lo único probado es que quiere. Si bien se trata de una misión complicadísima para la cual deberían converger múltiples factores económicos, sociales y políticos.

De mínima, en cambio, sí se podría especular que esta renovación del pacto de convivencia con Cristina y su hijo Máximo tiene un alto componente territorial-electoral, con asiento básico en el Gran Buenos Aires. Supervivencia garantizada, que le dicen.

Aun así, ni siquiera esa minucia es segura. La futurología, los deseos y hasta las expectativas pueden terminar llevándose a las patadas con las verdaderas probabilidades políticas.

Por el momento, Sergio Massa propuso dejar de emitir, buscar unos 8.000 millones de dolares del campo y los organismos internacionales extra FMI y generar mesas de conversación con los sectores productivos y la oposición. Más que un shock de confianza es una invitación a conversar si tenemos ganas de recuperar la Fe. Puede no ser poco.

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