Había una vez un pueblo donde todos era ladrones. A la noche cada habitante salía con la ganzúa y la linterna. Iba a desvalijar la casa de un vecino. Volvía al alba y encontraba su casa desvalijada.
Había una vez un pueblo donde todos era ladrones. A la noche cada habitante salía con la ganzúa y la linterna. Iba a desvalijar la casa de un vecino. Volvía al alba y encontraba su casa desvalijada.
Y así todos vivían en amistad y sin lastimarse, ya que uno robaba al otro, y este a otro hasta que llegaba a un último que robaba al primero. Era un latrocinio circular.
No se sabe cómo ocurrió pero en este pueblo apareció un hombre honesto. Por la noche en vez de salir con la bolsa y la linterna se quedaba en su casa a fumar y leer novelas. Venían los ladrones, veían la luz encendida y no entraban.
La gente nerviosa le explicaba que no podía hacer eso porque cada noche que él pasaba en su casa, era una familia que no comía al día siguiente.
Frente a estas razones el hombre honesto no pudo oponerse. Decidió salir por las noches a pasear para volver al alba, pero insistía en no robar. Era honesto y no queda nada para hacer. Volvía a su casa y la encontraba desvalijada.
En menos de una semana el hombre honesto se encontró sin dinero, sin comida y con la casa vacía. Aquellos que no habían sido robado por el honesto encontraron que eran más ricos. Y aquellos que iban a robar a la casa, la encontraban siempre vacía. Y así se volvían más pobres.
Paguemos a los pobres para que vayan a robar por nosotros. Había ricos tan ricos que pagaron a aquellos más pobres que los pobres, para defender sus posesiones de los otros pobres, y así instituyeron la policía, y constituyeron las cárceles. Se hicieron contratos, se establecieron salarios y porcentajes.
De esta manera, pocos años después de la aparición del hombre honesto, ya que no se hablaba más de robar o de ser robados, si no de ricos y de pobres. Y sin embargo eran todos ladrones. Honesto había existido uno y había muerto enseguida, de hambre. Fin.
Está es la fábula de la oveja negra del maestro Italo Calvino.
¿Qué pasa si te digo que la sociedad argentina no cree en nadie o en casi nadie? ¿Confías en los sindicatos? No. ¿Confías en los empresarios? No. ¿Confías en los movimientos sociales? No. ¿Confías en los periodistas? No. ¿Confías en la justicia? No. ¿Confías en los políticos? No.
Es una sociedad que ya no confía en nadie de tantas veces que fue defraudada. Es como esa chica o chico que fue humillado, maltratado en varias relaciones.
En las últimas horas se conoció una impresionante encuesta nacional realizada por un grupo de científicos del CONICET con resultados espantosos. Del 1 al 10 nivel de confianza en:
¿Cómo puede ser que solamente las universidades pasen el umbral de los siete puntos de confianza? Todo tiene una explicación.
¿Por qué confiarías en los grupos piqueteros si escuchás a Juan Grabois extorsionar primero al gobierno de Macri y ahora al de Alberto Fernández hablando de 'mecha corta'?
Entonces... en este contexto quedan pocas instituciones en la Argentina que generen una credibilidad absoluta o impoluta. Pero la lógica que prima casi siempre es la desconfianza.
Esto en un contexto regional frágil donde implosionan sociedades como Bolivia, Chile y Ecuador es sumamente peligroso porque van desapareciendo las redes de contención que vuelven viable a un Estado.
La conclusión es alarmante, al mismo tiempo provocadora. Los quiero provocar para que reaccionemos. A todos aquellos que tenemos responsabilidades de poder en la Argentina. Si no generamos confianza, si no hacemos las cosas bien, si no hacemos un periodismo honesto, corremos el riesgo de que la sociedad se harte.