Suponía que no era necesario tener buenos argumentos para atraer a esos votantes que deciden su voto en los días previos a la elección porque esos votantes no piensan, simplemente imitan a sus amigos. “No se necesitan argumentos. No es necesario dar explicaciones”, decía Macri vía Twitter. Suponía que sería contagioso que una legión de trolls compartiera la foto del presidente en las redes sociales.
Sin embargo, nada de eso ocurrió. Fallaron todos los cálculos, las especulaciones y los pronósticos, incluso los de nuestra consultora. El sábado 18 de mayo, Cristina Kirchner sorprendió a todos al anunciar por redes sociales que le había pedido a Alberto Fernández que encabezara la formula presidencial. Nadie vio venir semejante movida. Nadie.
El anuncio de Cristina fue un punto de inflexión en la campaña. Una decisión audaz, creativa e inteligente que desorientó por completo a toda la sociedad. La jugada de Cristina puso en jaque la estrategia del gobierno: montarse sobre el miedo de que vuelva un gobierno populista, chavista, autoritario y polarizar con la ex presidente, “la vieja política”, la de “los últimos 70 años”, la que el presidente prometía reemplazar. Marcos Peña afirmó que la decisión de Cristina no alteraba su estrategia de campaña. Suponía que la imagen de Cristina, su estilo de liderazgo, opacarían la candidatura de Alberto Fernández y ellos podrían seguir con su estrategia de contraste.
Macri había ensayado los argumentos de campaña durante el discurso de inauguración de las sesiones ordinarias en marzo. Según la encuesta nacional de Reyes-Filadoro, sólo el 27% de la población estaba de acuerdo con el principal argumento del presidente: “Estamos mal, pero vamos bien porque el gobierno está haciendo los cambios necesarios para resolver problemas acumulados desde hace muchos años”. Sólo el 15% de los encuestados creía que estábamos mejor que en 2015.
El argumento tenía poco sentido, excepto para una minoría de argentinos inmune a la crisis económica, un segmento de la población que no superaba el 25% del electorado. Marzo fue el peor mes para el gobierno de Macri. El equipo de campaña hizo cuentas y evaluó que si inyectaba un poco de plata en el bolsillo de los argentinos podría comprar el tiempo que necesitaba para llegar a octubre sin sobresaltos. El Fondo Monetario Internacional aprobó el plan. Suponía que Alberto no podría despegarse de Cristina. Y el rechazo hacia la ex presidente era demasiado grande.
La fórmula Fernández-Fernández sorprendió a propios y ajenos superando al oficialismo por más de 15 puntos. Nadie esperaba tanta diferencia. Enojado, Macri descargó su frustración en los votantes cuando al día siguiente los responsabilizó por la reacción de los mercados y la abrupta devaluación del peso.
Macri estaba convencido de que los votantes le darían una nueva oportunidad, aunque él no ofreciera razones concretas para que lo hicieran. No creyó necesario explicar al electorado como sacaría al país de la crisis. No creyó necesario modificar la política económica. No creyó necesario escuchar a un sector del radicalismo que le advertía sobre la necesidad de hacer cambios y el riesgo de polarizar con Cristina. No creyó necesario ponerse en el lugar de millones de argentinos que se iban a dormir con hambre. Por eso, tampoco creyó necesario ajustar la estrategia electoral.
Nadie supo leer esta elección mejor que Alberto Fernández quien trabajó durante los últimos dos años en la unificación del peronismo. A pesar de la resistencia que enfrentó de algunos sectores, Alberto Fernández perseveró, sumando uno por uno a los dirigentes más importantes de la oposición, incluso a Cristina.
La contundente victoria de Alberto Fernández expresa el triunfo de la política por encima del marketing. Alberto Fernández supo aprovechar una oportunidad que él mismo creó posicionándose como la respuesta lógica al problema que presentaba la candidatura de Cristina, ocupando rápidamente el centro del tablero. Alberto Fernández suponía que con Cristina no alcanzaba, pero sin ella tampoco. No tuvo miedo de decirlo y no se equivocó. Supuso bien.
En un seminario organizado por el grupo Clarín, el presidente Macri exhortó a la ex presidente a “que abandone su estrategia de bajo perfil”. El silencio de Cristina lo desorienta, lo deja sin argumentos. “Es raro que el vicepresidente ponga al presidente” sugirió Macri. Es verdad, es raro, pero pareciera estar funcionando.
(*) El autor es director de la consultora Reyes-Filadoro