Lo que terminó de hacerlo dar cuenta que ya no tenía nada que hacer en el país tuvo que ver con las excusas que recibió, según sus propias palabras, al "buscar trabajo en dos o tres lugares y todas eran excusas", pero lo peor vino después cuando lo asaltaron. Viviendo en Olivos, a veinte metros de la garita presidencial, "vinieron con dos autos y una camioneta, nos encerraron en el baño y se llevaron todo lo que había en la casa. Nos dejaron sin nada".
Allí es cuando explicó que al llegar la policía, en lugar de perseguir a los ladrones que acababan de huir, le exigieron primero labrar un acta. Ahí fue cuando todo le quedó más claro, se sinceró.
Y "el golpe final vino unos días después, cuando manejando por la Panamericana, me balearon el auto. Cuando llegamos a casa, con mi mujer dijimos: “¿Qué estamos haciendo acá? ¡Vámonos!” Y como tenía un dos ambientes en Punta del Este, nos vinimos acá", cerró su relato.