Las infecciones urinarias se encuentran entre las afecciones más frecuentes y pueden provocar molestias que repercuten de manera considerable en la vida cotidiana.
El médico Alberto Sanagustín explica cuáles son las principales causas y señales de alerta, además de las recomendaciones que ayudan a prevenir estas infecciones.

Las infecciones urinarias pueden presentar distintos síntomas y requieren un tratamiento adecuado para evitar complicaciones.
Las infecciones urinarias se encuentran entre las afecciones más frecuentes y pueden provocar molestias que repercuten de manera considerable en la vida cotidiana.
El doctor Alberto Sanagustín, especialista en Medicina Familiar, explica cómo se producen, cuáles son sus principales síntomas, qué factores aumentan el riesgo de padecerlas y qué tratamientos cuentan con respaldo médico. También detalla qué medidas pueden ayudar a prevenirlas.
Sanagustín define la infección urinaria como la proliferación de microorganismos en las vías urinarias que desencadena una respuesta inflamatoria y sintomática. Aunque en personas inmunodeprimidas pueden intervenir hongos, como Candida, además de virus o parásitos, señala que en la inmensa mayoría de los casos los responsables son bacterias.
La principal es Escherichia coli, responsable de alrededor del 80% de los casos, según explica el especialista. Se trata de un microorganismo que habita normalmente en el intestino y puede migrar desde la zona anal hacia las vías urinarias. Entre otros patógenos habituales menciona a Klebsiella y Proteus.
La propagación se produce prácticamente siempre por vía ascendente: los microorganismos ingresan a través de la uretra, llegan a la vejiga y, en cuadros más graves, pueden alcanzar los riñones. La llegada por vía sanguínea es excepcional y se observa en casos de extrema gravedad.
La anatomía también influye. Las mujeres presentan estos cuadros con mucha mayor frecuencia porque tienen una uretra más corta y ubicada más cerca del ano, lo que facilita la colonización. En los varones, en tanto, síntomas similares pueden estar relacionados con una inflamación o infección de la próstata.
Las manifestaciones clínicas pueden dividirse entre síntomas locales y sistémicos. Entre las molestias más características se encuentran el ardor o dolor al orinar, el aumento de la frecuencia miccional, la necesidad urgente de ir al baño y la sensación persistente de no haber vaciado completamente la vejiga.
La orina también puede presentar cambios. Puede tornarse turbia, adquirir un olor más fuerte o fétido y, en algunos casos, adoptar una tonalidad rosada, amarronada o roja debido a la presencia de sangre.
A esto pueden sumarse pesadez o presión en la zona suprapúbica, además de febrícula y malestar general.
En las personas de edad avanzada, la presentación puede ser diferente. Sanagustín advierte que el cuadro puede aparecer sin molestias urinarias perceptibles y manifestarse únicamente a través de alteraciones repentinas de la conducta o incluso no presentar síntomas.
Por otra parte, si aparecen secreciones anormales por la uretra fuera del momento de la micción, el especialista señala que debe sospecharse de una uretritis o de una infección de transmisión sexual (ETS), situaciones que requieren un abordaje médico específico.
Entre los factores que pueden favorecer una infección urinaria, Sanagustín diferencia aquellos relacionados con cuestiones fisiológicas y hormonales, los hábitos cotidianos y la presencia de determinadas enfermedades o procedimientos médicos.
El embarazo incrementa el riesgo debido a los cambios hormonales y a la compresión mecánica que el feto ejerce sobre la vejiga. La menopausia, por su parte, se relaciona con la disminución de estrógenos, la sequedad vaginal y las modificaciones de la flora protectora.
También pueden favorecer estos cuadros determinados hábitos. Retener la orina de manera recurrente, limpiarse de atrás hacia adelante después de defecar y utilizar duchas vaginales o jabones agresivos son conductas que, según el médico, pueden facilitar la llegada de bacterias o alterar la microbiota beneficiosa.
La actividad sexual frecuente puede favorecer la entrada mecánica de bacterias. En este sentido, Sanagustín desaconseja omitir la micción después de las relaciones sexuales, dado que orinar ayuda a expulsar microorganismos antes de que puedan fijarse. También señala que los espermicidas y el diafragma pueden alterar el equilibrio de la flora vaginal.
Entre las enfermedades y condiciones que aumentan el riesgo menciona la diabetes no controlada, los estados de inmunosupresión, como el lupus, el VIH o los tratamientos prolongados con corticoides, además de malformaciones como el reflujo vesicoureteral, cálculos renales y el uso de sondas o catéteres vesicales.
Una infección urinaria que no recibe el tratamiento adecuado puede avanzar y generar complicaciones importantes. Una de ellas es la pielonefritis, que aparece cuando los microorganismos ascienden hasta los riñones. Puede manifestarse mediante fiebre alta, escalofríos intensos, náuseas, vómitos y dolor lumbar.
Otra complicación es la sepsis, que Sanagustín describe como una emergencia potencialmente mortal que se produce cuando las bacterias llegan al torrente sanguíneo y requiere hospitalización y medicación intravenosa.
Los episodios recurrentes también merecen especial atención. El especialista considera recurrente la presencia de tres o más cuadros al año y advierte que los casos reiterados y severos pueden generar tejido cicatrizal y derivar en insuficiencia renal crónica.
En los varones, una uretritis o prostatitis mal curada puede provocar un estrechamiento de la uretra. En mujeres embarazadas, el médico señala además posibles riesgos obstétricos, como parto prematuro, bajo peso al nacer o preeclampsia.
Sanagustín diferencia expresamente la cistitis intersticial de una infección urinaria. Aunque ambas pueden producir síntomas como urgencia y ardor al orinar, la primera no es una infección: los cultivos bacterianos son sistemáticamente negativos y se relaciona con un proceso inflamatorio o autoinmune.
El especialista también señala que las infecciones previas y recurrentes pueden dañar la pared vesical y predisponer a esta inflamación crónica.
Ante la sospecha de una infección urinaria, el médico sostiene que el diagnóstico debe confirmarse mediante análisis de orina y cultivo microbiológico con antibiograma, que permite identificar la bacteria responsable y conocer sus sensibilidades farmacológicas.
Las pruebas de diagnóstico por imágenes, como ecografías o tomografías, así como las cistoscopias, quedan reservadas para cuadros complejos o que presentan complicaciones.
Cuando se confirma una infección bacteriana, Sanagustín afirma que requiere tratamiento con antibióticos pautados por un médico. Para cuadros leves menciona la fosfomicina, habitualmente administrada en una o dos dosis, la nitrofurantoína y el cotrimoxazol (trimetoprima-sulfametoxazol), siempre teniendo en cuenta los patrones de resistencia locales.
En las infecciones renales o complicadas, señala el empleo de cefalosporinas o fluoroquinolonas, como ciprofloxacino o levofloxacino.
Para aliviar temporalmente el dolor o la fiebre, contempla el uso de paracetamol o ibuprofeno, mientras que antiespasmódicos como flavoxato o hioscina pueden ayudar a calmar la urgencia miccional.
Uno de los principales puntos de advertencia es la automedicación con antibióticos. Su consumo sin supervisión, o de manera repetitiva e injustificada, puede favorecer resistencias bacterianas y alterar la microbiota. Si la medicación indicada no produce el efecto esperado, Sanagustín recomienda reevaluar la situación mediante un cultivo para descartar resistencias, determinar si existe una infección más profunda que requiera medicación intravenosa o revisar el diagnóstico en busca de una posible cistitis intersticial.
Las medidas naturales y los cambios de hábitos, según el especialista, no reemplazan el tratamiento antibiótico cuando existe una infección bacteriana, sino que pueden utilizarse como complemento para aliviar síntomas, favorecer la recuperación y, especialmente, prevenir nuevos episodios.
Entre las principales recomendaciones se encuentra mantener una hidratación constante, con una ingesta de 2 a 3 litros de agua al día, para favorecer el arrastre mecánico de los microorganismos y dificultar su fijación en la pared de la vejiga.
También destaca la D-manosa, suplemento que, según explica, cuenta con respaldo científico y actúa impidiendo la adherencia de E. coli al urotelio. La considera útil tanto durante la fase aguda como para la prevención de cuadros recurrentes.
Otro complemento mencionado es el arándano rojo o cranberry. Sus proantocianidinas (PAC) dificultan la adhesión bacteriana, aunque Sanagustín aclara que su principal utilidad se encuentra en la prevención de las recurrencias y no en la curación de un cuadro agudo. Recomienda extractos concentrados en cápsulas o jugos 100% puros sin azúcares agregados y diferencia su efecto del de los arándanos azules, que no cumplen esta función. Como alternativas en lugares donde no se consigue cranberry, menciona la granada, el hibisco o flor de Jamaica y la D-manosa.
Los probióticos también forman parte de sus recomendaciones, en particular determinadas cepas como Lactobacillus rhamnosus y Lactobacillus reuteri. Pueden encontrarse en cápsulas orales o vaginales y en alimentos fermentados como kéfir y yogur, con el objetivo de contribuir a la recuperación de la microbiota protectora intestinal y vaginal.
Entre las infusiones medicinales, Sanagustín menciona la gayuba o uva de oso, por su contenido de arbutina y su efecto antibacteriano urinario, además de la cola de caballo, el diente de león y el perejil por sus propiedades diuréticas. En estos casos desaconseja los excesos en personas con daño hepático o renal.
Para aliviar las molestias, recomienda aplicar calor local sobre el bajo vientre durante 15 a 20 minutos, mediante una bolsa térmica y con una toalla entre la fuente de calor y la piel para evitar quemaduras. Esta medida debe evitarse ante fiebre alta o sospecha de afectación renal.
En cuanto a la higiene, aconseja orinar con regularidad sin retener, hacerlo después de las relaciones sexuales, higienizarse siempre de adelante hacia atrás, evitar las duchas vaginales y utilizar ropa interior de algodón y holgada para reducir la humedad y favorecer la transpiración.
También propone limitar determinados alimentos y bebidas que pueden irritar la mucosa vesical en personas sensibles, entre ellos alcohol, café, gaseosas, edulcorantes artificiales y cítricos. Como fuentes alternativas de vitamina C menciona el kiwi, las fresas, el pimiento rojo y el brócoli.
El médico también se refiere a algunas de las creencias más extendidas sobre cómo combatir una infección urinaria.
“Beber abundante agua cura la infección”: aunque considera fundamental mantener una buena hidratación como medida preventiva y complementaria, aclara que el agua por sí sola no erradica una infección establecida ni evita que esta ascienda hacia los riñones.
Vinagre de manzana: Sanagustín lo considera un mito. Explica que su eventual acción antimicrobiana es leve y se produce en el intestino, sin efecto sobre las bacterias instaladas en la vejiga. Además, puede irritarla por la sobreacidificación.
Bicarbonato de sodio: puede alcalinizar momentáneamente la orina y disminuir el ardor, pero no destruye las bacterias ni cura la infección. El consumo excesivo, advierte, puede resultar riesgoso para los riñones y alterar el pH de la sangre.
Ajo: aunque la alicina posee propiedades antioxidantes y antimicrobianas generales, el especialista sostiene que no alcanza concentraciones biológicamente útiles en las vías urinarias como para combatir una infección. Por ese motivo, considera que no existe sustento científico para utilizarlo con ese objetivo.