Pilar Sordo habló sobre el miedo y la importancia de animarse
Uno de los momentos destacados de la entrevista tuvo que ver con la manera en que las personas enfrentan aquellas situaciones que las sacan de su zona conocida. En lugar de plantear al miedo como una señal que necesariamente obliga a detenerse, Sordo propuso observarlo desde otra perspectiva.
“No hay que dejar de hacer algo por miedo”, sostuvo la especialista, antes de explicar cómo entiende esa emoción en relación con los desafíos personales.
Para Sordo, el miedo puede funcionar como un motor y un estimulador. En su propia experiencia, esa sensación estuvo vinculada con la posibilidad de asumir riesgos, acercarse a nuevas personas y desarrollar proyectos que inicialmente podían implicar cierta incertidumbre.
La psicóloga también utilizó conceptos como osadía y arrojo para describir la actitud necesaria para atravesar determinados momentos de la vida. Incluso mencionó la importancia de perder, en determinadas circunstancias, el temor a quedar expuesto frente a los demás.
Desde esa perspectiva, animarse no significa necesariamente dejar de sentir miedo. El desafío estaría en evitar que esa emoción se convierta en una barrera definitiva.
La experiencia personal de Sordo apareció como parte de esa reflexión. Según relató, su disposición a avanzar pese a las dudas le permitió acercarse al mundo hispano y establecer vínculos con una gran cantidad de personas.
El planteo también permite observar una diferencia entre dos formas de relacionarse con el miedo: interpretarlo exclusivamente como una advertencia o entenderlo como una emoción que puede acompañar determinadas decisiones.
Las palabras que usamos y un cambio en la forma de relacionarnos
Otro de los ejes centrales de la entrevista fue la comunicación. Sordo señaló que, desde su perspectiva, las personas utilizan cada vez menos vocabulario para expresar aquello que sienten o piensan.
La consecuencia de esa reducción, según explicó, puede verse especialmente en el terreno de las emociones. Cuando faltan palabras para describir una experiencia interna, se vuelve más difícil transmitirla con precisión a otra persona.
En este punto, la especialista mencionó al psiquiatra español José Luis Marín, a quien recurrió para explicar la relación entre las palabras y el bienestar emocional.
La idea planteada por Sordo es que poner en palabras lo que sucede internamente resulta fundamental para poder procesarlo y compartirlo. Por eso, el reemplazo de determinadas expresiones por imágenes, abreviaturas o emoticones puede modificar la profundidad de algunos intercambios.
Los emoticones forman parte de una comunicación cotidiana que permite transmitir estados de ánimo de manera rápida. Sin embargo, para Sordo, esa inmediatez no siempre alcanza para expresar la complejidad de una emoción.
Una tristeza, una preocupación, una decepción o una angustia pueden necesitar más que una imagen para ser comprendidas. En ese sentido, recuperar la capacidad de describir con palabras aquello que ocurre en el interior aparece como uno de los desafíos que plantea la especialista.
La falta de paciencia también modifica las conversaciones
Sordo también puso el foco en otro aspecto de los vínculos actuales: la paciencia para escuchar.
La especialista planteó que el problema no está solamente en que muchas personas encuentran dificultades para explicar lo que les sucede. También existe, según su análisis, una menor disposición del interlocutor para permanecer atento y escuchar el relato del otro.
“Hemos ido reduciendo la paciencia”, señaló durante la entrevista.
La reflexión apunta a una dificultad doble. Por un lado, una persona puede no encontrar las palabras suficientes para contar qué le ocurre. Por otro, quien recibe ese mensaje puede carecer de tiempo, disposición o paciencia para escuchar hasta el final.
De esta manera, una conversación que podría convertirse en una instancia de encuentro corre el riesgo de transformarse en un intercambio superficial.
Para Sordo, escuchar también requiere un esfuerzo. No alcanza con esperar el momento adecuado para responder. Una conversación verdaderamente significativa implica aceptar que aquello que dice la otra persona puede generar una modificación en quien escucha.
“La conversación” como posibilidad de transformación
En otro momento de la entrevista, Sordo profundizó sobre qué significa realmente conversar con alguien.
Según explicó, un diálogo no debería consistir simplemente en dos personas que alternan monólogos. El verdadero intercambio aparece cuando existe una disposición a escuchar algo que puede cuestionar, ampliar o incluso modificar la propia perspectiva.
“La conversación tiene que tener ese desafío en el que yo me exponga a transformarme con lo que tú me dices”, sostuvo.
La frase concentra una de las principales ideas desarrolladas durante la charla: escuchar implica cierta vulnerabilidad.
Si una persona ingresa a una conversación convencida de que nada de lo que el otro diga puede modificar su pensamiento, el intercambio pierde parte de su sentido. Puede existir comunicación, pero no necesariamente diálogo.
En ese contexto, Sordo describió lo que sucede cuando cada participante solamente espera su turno para hablar. El resultado puede ser, según sus palabras, “una especie de monólogo intermitente”.
La diferencia es significativa: conversar supone aceptar la posibilidad de descubrir algo nuevo a través de la mirada del otro.
El diálogo interno y su relación con el amor propio
Otro de los conceptos que Pilar Sordo desarrolló durante su análisis fue el diálogo interno, es decir, la manera en que cada persona se habla a sí misma.
La especialista aseguró haber investigado esta cuestión durante ocho años y planteó que existe una relación estrecha entre la forma en que alguien se percibe y la manera en que interpreta aquello que ocurre a su alrededor.
Una de las frases centrales de su reflexión fue contundente: “Cómo te hablas define tu amor propio y tu visión del mundo”.
El concepto parte de una idea sencilla: cada individuo mantiene permanentemente un diálogo consigo mismo. Esa conversación interna puede incluir críticas, reconocimientos, dudas, exigencias y expectativas.
Según la mirada de Sordo, la manera en que una persona construye ese diálogo influye sobre la percepción que tiene de sí misma y, a partir de allí, sobre la forma en que observa a los demás.
Si alguien se considera confiable, noble o capaz de afrontar determinadas situaciones, esa autopercepción puede influir en la manera en que establece vínculos con quienes lo rodean.
Por el contrario, una mirada interna permanentemente negativa puede condicionar la interpretación de las experiencias cotidianas.
Cómo la autopercepción influye en los momentos difíciles
La reflexión de Sordo no se limita al amor propio. La psicóloga también vinculó el diálogo interno con diferentes procesos que forman parte de la vida.
Entre ellos mencionó los duelos, el propósito personal y la expresión de las emociones.
La manera en que una persona se habla a sí misma puede influir, desde esta perspectiva, sobre la forma en que interpreta una pérdida, enfrenta una modificación importante o intenta encontrar un nuevo sentido después de una experiencia difícil.
Sordo sostuvo que la autopercepción contribuye a definir la visión del mundo y, por esa vía, también interviene en la manera en que cada individuo se relaciona con ese entorno.
Esto no significa que las circunstancias externas dependan exclusivamente de la mirada personal. Los acontecimientos tienen su propia dimensión. Sin embargo, la interpretación de esos acontecimientos puede estar atravesada por el modo en que cada persona se percibe.
El diálogo interno aparece entonces como una especie de filtro mediante el cual se procesan diferentes experiencias.
La incomodidad como parte del crecimiento personal
La tercera gran cuestión abordada por Sordo fue el crecimiento personal. En este caso, la psicóloga puso el foco en una sensación que muchas personas intentan evitar: la incomodidad.
En una sociedad donde existe una fuerte expectativa de bienestar permanente, atravesar momentos incómodos puede interpretarse como una señal de que algo está funcionando mal.
Sin embargo, para Sordo ocurre precisamente lo contrario.
“La incomodidad es la única invitación al crecimiento”, afirmó.
La frase plantea una mirada diferente sobre aquellas etapas en las que una persona siente que algo dejó de funcionar como antes.
La incomodidad puede aparecer frente a una decisión, un cambio de prioridades, un vínculo, un trabajo o una situación personal que ya no genera el mismo bienestar. Evitarla puede brindar alivio inmediato, pero también puede postergar una transformación necesaria.
Desde la perspectiva planteada por Sordo, crecer no siempre implica sentirse bien durante todo el proceso.
El derecho a cambiar de opinión y abandonar lo que ya no hace bien
La especialista también cuestionó la presión social que muchas veces existe alrededor de la idea de mantener determinadas decisiones a cualquier costo.
Cambiar de opinión puede ser interpretado como una contradicción. Reconocer un error puede generar vergüenza. Alejarse de un lugar o una situación que ya no produce bienestar puede ser visto como una señal de fracaso.
Sordo propuso otra interpretación.
La posibilidad de equivocarse, cambiar de opinión y retirarse de aquellos espacios en los que una persona ya no se siente bien forma parte, según su planteo, del proceso de crecimiento.
Esto conecta directamente con su reflexión sobre la incomodidad. Si esa sensación puede funcionar como una señal que invita a revisar determinadas cuestiones, aceptar su presencia puede abrir la puerta a modificaciones personales.
No se trata de buscar permanentemente situaciones incómodas, sino de no interpretar toda incomodidad como algo que necesariamente debe ser eliminado de inmediato.
Una mirada sobre el desafío de vivir con mayor conciencia
Las distintas reflexiones de Pilar Sordo durante la entrevista mantienen un punto de conexión: la necesidad de prestar atención a aquello que muchas veces se intenta evitar.
El miedo puede aparecer antes de asumir un desafío. La incomodidad puede surgir cuando una persona necesita modificar alguna parte de su vida. Las palabras pueden faltar cuando se intenta expresar una emoción. Y una conversación puede fracasar si ninguno de los participantes está dispuesto a escuchar realmente al otro.
En todos esos casos aparece una invitación a detenerse y observar qué está ocurriendo.
La psicóloga chilena plantea así una mirada en la que el crecimiento personal no se reduce a buscar bienestar permanente, sino que también implica atravesar dudas, revisar certezas y aceptar que determinadas experiencias pueden generar cambios.
Su análisis sobre el lenguaje también apunta en esa dirección. Recuperar palabras para describir lo que sucede internamente supone dedicarle tiempo a aquello que se siente y, al mismo tiempo, ofrecerle al otro la posibilidad de comprenderlo.
En tiempos de intercambios cada vez más rápidos, la conversación profunda requiere paciencia. Y esa paciencia, según el planteo de Sordo, necesita existir tanto para hablar como para escuchar.
Finalmente, su reflexión sobre el diálogo interno vuelve a colocar al individuo en el centro: la manera en que una persona se habla puede influir sobre la forma en que se mira, interpreta sus experiencias y construye sus vínculos.
El miedo, las palabras, la escucha, la incomodidad y la autopercepción aparecen así como partes de una misma cuestión: la posibilidad de atravesar la vida con mayor conciencia de aquello que sucede tanto en el mundo exterior como en el interior de cada persona.