Otro punto que destacan algunos especialistas es que muchas decisiones cotidianas no tienen consecuencias irreversibles. Por lo tanto, incluso si el resultado no es el esperado, siempre existe margen para corregir el rumbo más adelante. En ese sentido, actuar con un 90% de certeza permite ganar tiempo, experiencia y aprendizaje.
Además, este enfoque también ayuda a fortalecer la confianza personal. Al tomar decisiones con mayor rapidez, las personas desarrollan una relación más directa con su intuición y su propio criterio. Con el tiempo, esa práctica puede mejorar la capacidad para resolver problemas y enfrentar situaciones complejas.
Quienes aplican esta regla en ámbitos profesionales suelen usarla especialmente en contextos donde la rapidez es clave, como el mundo empresarial, el emprendedurismo o la gestión de proyectos. En esos entornos, esperar la información perfecta puede significar perder oportunidades frente a quienes actúan antes.
Por supuesto, los expertos aclaran que no todas las decisiones deben tomarse de esta manera. Situaciones que involucren salud, riesgos financieros importantes o consecuencias legales requieren análisis más profundos. Sin embargo, para la mayoría de las elecciones cotidianas, la regla del 90% puede ser una herramienta útil para simplificar la mente.
En tiempos donde la sobreinformación genera cada vez más dudas, esta estrategia busca recuperar algo que muchas personas sienten haber perdido: la capacidad de decidir con confianza y seguir adelante. Porque, según esta lógica, esperar la certeza total puede ser justamente lo que impide avanzar.