El tren se encontraba repleto de gente. Él, uno más de los pasajeros, permanecía inmóvil. Y no por culpa del poco espacio para circular en el vagón, sino por los comentarios hirientes que le hacían: lo paralizaba el miedo, la bronca y la angustia. Soportó palabras, risas, burlas... Se quedó sentado sin poder contestar. Aquel día volvió a su casa y lloró como nunca, pero también optó por intentar lograr un cambio.





