De todos modos, Vanessa decidió transformar el dolor en compromiso. Tras el juicio, comenzó a trabajar junto a la Municipalidad de La Plata, donde acompañó y asesoró a otras mujeres que atravesaban situaciones de violencia. Su experiencia y su fortaleza la convirtieron en una referente y un símbolo de resiliencia, brindando contención a quienes iniciaban el difícil camino de la denuncia.
Sin embargo, quienes la conocían aseguran que los años posteriores al juicio no fueron sencillos. Atravesó una compleja situación económica y social, enfrentando las secuelas que muchas víctimas padecen incluso después de que la Justicia condena a sus agresores.
La noticia de su fallecimiento provocó una ola de mensajes de despedida y reconocimiento. Familiares, amigos, colegas, organizaciones feministas y vecinos destacaron su valentía y el enorme legado que dejó en la lucha contra la violencia de género.
Con su muerte, además del dolor por la pérdida de una mujer que logró convertir una tragedia personal en una causa colectiva, vuelve a quedar expuesta una realidad que atraviesan muchas sobrevivientes: las consecuencias del horror no terminan cuando llega la sentencia judicial