Guerra entre Rusia y Ucrania

"Sentí que hacía falta estar ahí": la historia del fotógrafo argentino que ayudó a los refugiados

Nestor Barbitta es un fotógrafo y artista audiovisual que estuvo ayudando a refugiados en la frontera de Ucrania con Polonia. "Cuando pasamos la frontera es un impacto fuerte. Realmente hay mucho coraje, las imágenes son aplanadoras", comenta.
Marcos Marini Rivera
por Marcos Marini Rivera |
Juegos de niños en la frontera. (Foto Nestor Barbitta) 

Juegos de niños en la frontera. (Foto Nestor Barbitta) 

Nestor Barbitta

Cuando comenzó la guerra entre Ucrania y Rusia, Nestor Barbitta, un fotógrafo y artista audiovisual argentino, se repitió a sí mismo que era el momento de actuar. Registrar las vivencias de los refugiados a través de la lente de su cámara fue la manera de expresarse y ayudar.

En la frontera entre Ucrania y Polonia, las imágenes ya quedaron para siempre en la memoria de Nestor. Una señora, exhausta, camina a paso lento mientras carga sola los bolsos con su perro que no para de tironear. La sonrisa permanente de una abuela que se reencuentra con sus nietos. Familias que trasladan como pueden a sus mascotas. Personas que se despiden y vuelven hacía la nada absoluta.

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“Los medios a veces hacen una selección que tiene que ver con muchas cosas horribles de la guerra, pero no terminan mostrando el espíritu de supervivencia que tenemos los seres humanos”, dice Nestor a A24.com.

Nestor vive en Berlín. Hace unas semanas, recibió un llamado de Jakob Schottstädt, un fotógrafo alemán que está casado con una argentina. Le propone hacer un viaje a la frontera. Nestor no estaba seguro, pero acepta. Todo surgió de manera espontánea.

La situación de vulnerabilidad de los que cruzan la frontera

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"Había una cola de siete personas de ancho a la que no le veías el final. Todas mujeres y muchísimos niños", dice Nestor.

Con Jakob se les ocurrió abrir una propuesta de donaciones para cubrir los costos de combustibles del viaje y algunos gastos para la cobertura. “Todo el excedente de nuestros gastos irá donado a distintas instituciones y movido a gente que tenga la necesidad. Muchos amigos y conocidos nos brindaron su ayuda y así pudimos ir”, reconoce.

El objetivo era ir a la frontera y narrar todo lo que se vivía. “A nosotros nos dieron pañales, elementos de higiene, cierto tipo de abrigo, alimentos enlatados, comida para perros. Muchos alemanes empezaron a ir a Cracovia porque está a unos 500 kilómetros. Llenamos la camioneta a tope e hicimos la mitad del trayecto hasta Cracovia, dormimos en un hostel y la mañana del sábado fuimos directo a Medyka, en la frontera con Ucrania”.

Ahí, dice Nestor, empezó la verdadera historia.

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Los niños escapan como pueden con sus mascotas.

Los niños escapan como pueden con sus mascotas.

“Pusimos un pie en la zona de la guerra. Cruzamos a Ucrania, fue una hora como máximo. Había una cola de siete personas de ancho a la que no le veías el final. Todas mujeres, algunos ancianos y muchísimos niños. El control lo hacen lo más rápido posible y tenés que tener pasaporte. Cuando pasamos la frontera es un impacto fuerte. Realmente hay mucho coraje, vimos mucho sufrimiento, las imágenes son aplanadoras”, comenta.

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"Al día siguiente cuando me levanté en Berlín, le empecé a contar a mi mujer y no podía parar de llorar. Empezaba una oración y lloraba", recuerda Nestor.

—Al entrar en una zona de guerra, con un peligro real para tu integridad física, ¿dónde queda la conciencia acerca de si una foto es buena o mala?

—No puedo calificar desde la conciencia si una foto es buena o mala. Me parece que hay una parte ética. Por ejemplo, nosotros trajimos a tres refugiadas hasta Berlín y una de las cosas que sentimos es que no daba sacarles fotos para que no se sientan un objeto expuesto. Y no lo hicimos. No tenemos registro de imágenes de ellas, solamente la de un perro de una persona mayor. Ella estaba muy contenta de estar con su mascota y decía que le encantaba hacerse fotos. No creo que valga la pena exceder ciertos límites. Vos podés contar la crudeza de la guerra siempre, pero si esa persona tiene una necesidad, lo tenés que ayudar. No puedo ser un testigo del momento, me parece que te tenés que involucrar.

Hay preguntas que están en la cabeza de Nestor en todo momento de la charla. ¿Qué decidís llevar en la valija? ¿Llevás tus recuerdos? ¿Llevás algo super necesario?

"Mucha gente estaba como perdida, las veías caminar y no sabían para donde ir"

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"Yo fui con ideas en la cabeza pero también abierto a vivir la experiencia y ver qué surgía", comenta Nestor sobre todo lo que retrató.

"Me impactó mucho ver familias enteras llevando a sus mascotas. Esa sensación de que no hay un retorno. Muchas llevaban más alimentos y cosas para los perros que para sí mismos.. Eso fue lo que más me quedó en la cabeza. Las despedidas me quebró a nivel emocional. Había llegadas felices también. Recuerdo una de las empleadas de aduana que se había puesto un osito de peluche en el pecho y le daba golosinas a los chicos. Un grupo de hindúes montaron un puesto y le daban comida vegetariana a la gente. Ciertas cuestiones de barrera racial, se rompían. Un pibe se tomó un avión de Canadá para venir a ayudar. Ignoramos todo eso que pasa en las guerras y da un poquito de esperanza", confiesa con la voz entrecortada.

Es un momento de reflexión, reconoce Nestor. “Yo fui con ideas en la cabeza pero también abierto a vivir la experiencia y ver qué surgía. También creo que es importante no estructurar lo que ves a lo que vos querés ver, sino a lo que experimentas. Mucha gente estaba como perdida. Las veías caminar y no sabían para donde ir”, agrega.

Lo difícil, para él, fue volver. "Al día siguiente cuando me levanté en Berlín, le empecé a contar a mi mujer y no podía parar de llorar. Empezaba una oración y lloraba. Claro, nosotros estuvimos tres días sin derramar una lágrima. Como que teníamos un objetivo en la cabeza, pero nunca nos desconcentramos de ese objetivo. Y cuando llegamos acá nos cayó toda la angustia junta y nos dimos cuenta que cuando contábamos las mini historias, descargábamos. Y ahí creo que lo que intenté volcar en las imágenes que seleccioné, es que la guerra no tiene ningún tipo de beneficio más que dolor".

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"Vos podés contar la crudeza de la guerra siempre, pero si esa persona tiene una necesidad, lo tenés que ayudar".

El valor de la empatía y el dolor de la guerra

La sonrisa de algún chico o una chica que tocaba la guitarra en la frontera esperando a sus compatriotas. Como momentos así son muy emotivos. Jakob captó justo el momento de una familia que se reunía. O se encontraba un nieto con una abuela. El abrazo y la sonrisa de una abuela que estaba en una silla de ruedas. Y creo que por ahí por ese lado es por donde me interesaba narrarlo. Mostrar algo del dolor pero no un regocijo en eso. Todos tenemos empatía y nos impacta, pero también mostrar la voluntad de la esperanza. Y que a pesar de la estupidez de la guerra, hay gente que pone todo para que el otro esté bien.

—¿Cuándo consideraste que era necesario hacer el esfuerzo para ir a retratar esas postales?

—Cuando me enteré y empecé a ver imágenes del éxodo, sentí que hacía falta estar ahí. O por lo menos a mí me hacía falta. El esfuerzo fue puramente emocional. La distancia no era tanta. Yo traté de prepararme para lo emocional y me di cuenta que no estaba preparado.

Su pasión por las fotografías, Nestor la heredó su papá. "Nunca se dedicó a la fotografía a nivel profesional pero ganó algún que otro premio chiquito. Era muy apasionado, tenía un laboratorio en casa. Me acuerdo que de muy chico, si yo me iba a algún lado de viaje, él me incentivaba a llevarme una cámara. Después me fui copando, fui haciendo fotos. Soy diseñador de imagen y sonido. Estudié en la Universidad de Buenos Aires, así que me formé en el área audiovisual. Con las vueltas de la vida, también fui fotógrafo en el Ministerio de Cultura de la Ciudad, después en el Centro Cultural San Martín", explica.

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Las historia de las refugiadas que llevaron a Berlín

Antes de emprender el regreso a Berlín, fueron a la estación de tren. Habían visto que otras personas agarraban un cartelito y le ponían el destino al que iban. Convencidos, agarraron una hoja y le escribieron "Berlín".

—Se acercó una señora con un perrito. Venía a Berlín y tenía una dirección de su familia. Me quedé con ella para que se quede tranquila que iba a venir con nosotros. Y después Jakob agarró la hoja y se fue entre la gente a buscar a alguien más. Apareció con dos mujeres que eran amigas que habían estado tres días viajando a la frontera. Agarramos a una traductora que había ahí en la estación. Arreglamos y arrancamos.

La complicación fue que las mujeres solo hablaban en ucraniano y ruso. "Se nos empezó a hacer un poco difícil porque nosotros queríamos que se sientan cómodas. Bajé un traductor en ucraniano, después lo pasé a ruso. Y así nos fuimos comunicando.

—¿Qué pudieron reconstruir de esas mujeres y qué saben hoy de ellas?

—Marina es pediatra, vivía en Kiev y venía a ver a su hermana a Berlín que vive desde hace 15 años. Cuando llegamos a las cuatro de la mañana, salió la hermana corriendo del departamento llorando. Me abrazó a mí y yo lloraba con ella. El perrito festejaba y jugaba. Toda una escena muy tierna. Después nos estuvimos mensajeando y sabemos que están bien y que están tranquilas. Tenemos la idea de encontrarnos más adelante. Y las otras dos mujeres se llamaban Helena. Las dejamos en un centro acá de organización de refugiados. Nos despedimos de ellas, nos agradecieron, lloraban. Sabemos que ahora están muy bien en Colonia, en el oeste de Alemania.