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Humedales: a la espera de una ley vital para "las esponjas de la tierra"

Humedales: a la espera de una ley vital para
Barrios inundados tras desborde de arroyos de la cuenca del río Luján, en 2016 (Foto: archivo).

Son las cuatro de la tarde de un día de semana y María Boero abre uno de los ventanales del living de su casa. Se escuchan más intensos los pájaros y el césped brilla. A unos doscientos metros asoma una hilera de árboles. Hay especies autóctonas, como los talas o los sauces, y otras exóticas. Detrás está el arroyo Carabassa, que forma parte de la cuenca del río Luján y recorre todo su terreno. Es un día fresco de primavera.

Hace unos treinta años María construyó el hogar donde crió a sus hijos sobre un bañado, una zona baja de Pilar. Quería vivir en contacto con la naturaleza. Pero mientras los chicos crecían el lugar cambiaba. Frente a su lote construyeron un barrio privado sobre un humedal. Para eso elevaron los terrenos rellenándolos con tierra extraída de otros humedales. Ahora cuando sale al jardín, María ve esas casas más altas que la suya. Lo que no se ve es el daño que produjeron. Hasta que llueve fuerte.

“En la inundación más grande, dentro de mi casa el agua llegó a los dos metros y medio”. Fue en agosto de 2015, cuando el río Luján se desbordó y dejó cientos de damnificados. “En la zona superó las aberturas de las ventanas, llegó hasta los techos, nunca había pasado eso”, asegura la mujer, voluntaria de la Reserva Natural Pilar.

María Boero, vecina del barrio Carabassa, en Pilar.
María Boero, vecina del barrio Carabassa, en Pilar.

Los emprendimientos como el del barrio Carabassa provocan un gran desequilibrio. “Se convierten en tierras de un valor inmobiliario altísimo. Hoy, en Buenos Aires, tenemos diez mil hectáreas de humedales destruidos”, dice la licenciada en química y miembro de la Fundación Humedales, Adriana Anzolín.

Un humedal es algo extraordinario. Actúa como una esponja. Retiene agua cuando hay crecidas de un río y las suavizan”, explica. “Fueron como los patitos feos de los ecosistemas”, agrega. Pero con la Convención Ramsar -un acuerdo que promueve su conservación y uso racional, al que suscribe la Argentina junto a otros 167 países- se empezaron a valorar sus funciones.

Entre ellas, una estratégica: “Son los riñones del planeta. Purifican el agua, un bien que va a ser cada vez más escaso porque cada vez hay más agua contaminada”, explica. Además son centrales para la biodiversidad: cerca del 40% de las especies se cría o habita en ellos.

Letras chicas

El tema volvió a la agenda tras los incendios en las islas de Delta del Paraná que llenaron de humo Rosario y hasta nublaron la ciudad de Buenos Aires. Entre las dos Cámaras del Congreso circulan catorce proyectos de ley para proteger este ecosistema.

Es la cuarta vez que la cuestión llega al Congreso. Las otras tres naufragó por falta de acuerdo entre posiciones contrapuestas respecto de la definición de humedal: científicos y ambientalistas por un lado, productores rurales, por el otro.

“Tener una ley no implica, como sostienen sus detractores, establecer una reserva ecológica de todos los humedales”, dice el diputado Leonardo Grosso, presidente de la Comisión de Recursos Naturales y Conservación del Ambiente Humano. Se trata de “cómo el Estado puede regular la actividad para proteger las capacidades de este ecosistema”.

Los humedales ocupan cerca del 21% de la superficie del país. Los más grandes están en las provincias de Buenos Aires, Santa Fe, Entre Ríos, Corrientes, Misiones y Córdoba. Es la zona con más cantidad de población y actividades productivas.

Otra de las actividades que perjudica a los humedales es la ganadería intensiva. Es posible tener animales, sin embargo cuando se sobrecarga el suelo el ganado lo apelmaza. Según Anzolín: “Podés poner cinco vacas y ponen diez”.

Por su parte, las arroceras en Corrientes han modificado el flujo del agua, asegura la experta. Los ejemplos siguen. “En el Delta las empresas forestales llenaron de diques y arruinaron los humedales. Hay muchos problemas en el norte con el tema del litio que se saca de salinas, que son unos humedales especiales.”

María viste una remera de algodón y no oculta sus canas. En su celular conserva unas pocas fotos de cómo quedó su casa en 2015. Pero las imágenes más potentes son sus recuerdos. Desde hace años, con la ONG Confiar asiste a familias con alimentos y ropa ante cada crecida. “Ahora las aguas vienen sumamente caudalosas, llegan con mayor velocidad e inundan más barrios”.

“Cuando vivís una situación que te pone en un límite de desesperación no te lo borrás nunca. El agua te trae animales muertos -perros, cerdos, gallinas, ratas- un montón de basura. Se lleva todo: troncos, zapatillas, juguetes, mochilas, ropa. Y cuando baja es un panorama desolador. Tenés que desinfectar. Mucha gente tiene que empezar de cero”. Con el agua estancada surgen las enfermedades: gastroenteritis, problemas de piel, respiratorios.

Así, lo que ganan algunos termina en una deuda ambiental financiada por otros. “Se inunda Luján. ¿Y quién paga esas obras? El Estado nacional, las provincias, los municipios”, dice Grosso.

Según la Convención Ramsar, desde los años setenta los humanos somos responsables de que se haya perdido cerca del 35% de los humedales del planeta. Países como Holanda o Estados Unidos trabajan en desandar la intervención de la mano humana sobre el paisaje.

En Argentina se busca una ley que garantice fondos mínimos para no dañar lo que aún tenemos. “Uno no está en contra ni del progreso ni de los emprendimientos”, aclara María. “Lo que queremos es que se respete la naturaleza y se cuiden espacios que son de vital importancia para que tengamos calidad de vida”. En palabras de Anzolín, “en un humedal, el flujo de agua es como el corazón del ecosistema, al cambiar eso cambia todo”.

por Luciana Arias
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